Economista ciudadano

Las exportaciones no nos sacarán de la recesión

La estructura económica española descansa fundamentalmente en dos variables claves para su crecimiento: el consumo de las familias y la actividad de los servicios de bajo valor añadido. Esto nos acerca a países en vías de desarrollo y nos aleja de las economías punteras, con las sólo compartimos divisa.

La estructura económica española se asienta en servicios de bajo valor añadido y en el consumo de las familias

La clave para este devenir es ancestral y tiene que ver con la reticencia que tiene España a liderar procesos de cambio tecnológico, máxime en un contexto en el que la educación, formación y excelencia en el empleo han sido despreciadas por todos los agentes económicos y sociales. Tras más de una década de consumo y endeudamiento desbocado, la mayoría de empresas españolas pensaron que se había alcanzado el dorado, pues la cuenta de resultados no paraba de arrojar cifras escalofriantes. En ese periodo se fomentó el cese de actividades industriales y se aupó la construcción residencial, cimentándose el drama que hoy vivimos del abandono escolar prematuro al calor de los ingresos fáciles.

Este progresivo abandono de la actividad industrial, especialmente en Comunidades como la de Madrid, Andalucia o el Levante español, dibuja hoy de forma nítida y contundente el mapa del desempleo masivo, y la pérdida de empleabilidad de una gran parte de los parados EPA. Lo más llamativo es que este proceso de acumulación de renta y riqueza inmobiliaria no vino acompañado de una inflación salarial, sino de una gran inflación de márgenes empresariales. Este proceso se cimentó en una estructura laboral muy flexible, con más de un 30% de trabajadores temporales, con bajos salarios y nulo poder de negociación sindical. Este auge de los servicios de bajo valor añadido, y su homónimo en la construcción residencial y obra civil, favoreció la explosión del consumo y el endeudamiento de empresas y familias, siempre bajo el aplauso de políticos y representantes empresariales, que veían en este escenario un proceso irreversible de crecimiento sin límite.

España abandonó la industria, la investigación y el mapa del desempleo responde a esta transición hacia la construcción

Mientras esto ocurría, y a pesar de un esfuerzo presupuestario público en I+D+i tan elevado, como mal planificado, el país se fue descapitalizando y se fue gestando la dualidad en la que hoy nos encontramos. Las grandes multinacionales españolas, que sí vieron lo que se nos venía encima, comenzaron un proceso de internacionalización apoyado en regalos fiscales y en financiación muy barata, gracias también a la acumulación de beneficios internos fruto del oligopolio en el que operaban la mayoría de ellas en España. La otra parte del país mantenía la orgía vendedora y consumista, con una dimensión ridícula y atrapada por la ilusión monetaria de los hogares que, a pesar de salarios de miseria, cayeron en la trampa y la estafa del crédito hipotecario por un lado, y por el ahorro en productos tóxicos por el otro.

Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y la entrada en una recesión de balances muy profunda, las dos grandes corrientes de pensamiento se han definido nítidamente a la hora de plantear soluciones. Por un lado, la corriente imperante y mayoritaria, y la que ha fracasado estrepitosamente,  es decir la llamada neoclásica o liberal, aboga por una deflación interna muy profunda, reducir gasto e inversión pública y fiarlo todo al aumento de las exportaciones, vía aumentos de competitividad. Su contraparte, muy disminuida y marginal en los gobiernos de Occidente, recomienda procesos de reestructuración ordenados de deuda privada, impulso de la inversión pública y recuperación de la demanda efectiva, única fórmula para poder crear empleo suficiente en países como España.

Los partidarios de que serán las exportaciones las que nos sacarán de la recesión y el desempleo no han analizado bien la estructura económica española

La receta neoclásica sería factible en España si España tuviese un peso exportador muy superior al que tiene, si tuviese una correlación con el PIB del G-20 grande y si la composición de sus exportaciones revelase que es un país con un grado de desarrollo elevado. Ninguna de esas premisas se da. España, con altibajos, mantiene una ratio de exportaciones sobre PIB cercana al 32%, frente al 56% alemán, y sus principales socios son la UE, con un 69%. La correlación del sector exportador español respecto al PIB del G-20 es del 0,17, por debajo de países como Turquía, Argentina y muy alejada de la que mantienen nuestros principales socios comerciales, como Alemania o Francia.

España tiene una correlación muy baja con el PIB del G-20, apenas un 0,17 y un peso exportador insuficiente para darle la vuelta al ciclo.

La reciente evolución de la balanza de pagos muestra dos cosas muy claras. Que la demanda interna se ha desplomado por los efectos de la recesión y que las exportaciones han repuntado ligeramente, pero se sitúan cerca de la media de los últimos años, lo mismo que el grado de apertura que alcanza el 0,63%. Lo más significativo sigue siendo la composición. Esta demuestra que nuestra fortaleza exportadora es el automóvil, y su sector auxiliar. Si a esto sumamos carburantes, llegamos casi al 30% del total de exportaciones. Si miramos las importaciones, tenemos el fenómeno simétrico. Importamos los componentes necesarios para ensamblar los vehículos. Le siguen los sectores de alimentación, textil y farmacia, lo cual revela el grado de tecnificación que aporta el sector exportador español. 


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