Economista ciudadano

La economía descalza

Esta semana nos ha visitado un economista muy atípico. Se trata de Manfred Max-Neef, un chileno-germano que ha sido galardonado con el premio Nobel de economía alternativo. Por supuesto nadie del mundo económico y periodístico formal se ha hecho eco de su llegada, ni de su intervención en el I Simposium titulado: ¿Es posible pensar Latinoamérica?Pero yo sí he tenido el placer de poder escucharle, preguntarle y entrevistarle, y reconozco que es toda una bofetada de aire fresco, de discurso nuevo y atrevido en un economista que ha dado clases en Berkeley y ha sido ejecutivo de Shell.

Su intervención tuvo varios ejes, dentro de un cierto caos en la exposición, algo que puso en valor, frente a los que exigen organización y formalismo a todo movimiento político o económico. El primer aspecto a destacar es que es la Universidad la que debería ser la punta de lanza para cambiar un modelo de pensamiento, que claramente languidece entre la indiferencia social y política. En este punto se hizo referencia al episodio recientemente acaecido en Harvard cuando unos estudiantes plantaron a uno de los economistas fósiles que siguen enseñando una supuesta ciencia que data del siglo XIX, Mankiw. Es realmente difícil de entender que la economía sea la única disciplina que mantiene su doctrina desde el siglo XIX, sin que nada, ni nadie quiera cambiarlo. Ni la filosofía, ni la física, ni la literatura o la ciencia en general, mantienen su doctrina ni docencia anclada en el pasado, sin que se deje ningún resquicio al cambio. Max-Neef también contó que el curso de economía crítica que se imparte en Harvard, contraponiendo a Mankiw, no se le otorgan créditos, lo que demuestra la presión del poder establecido.

El segundo eje que supone un reto es la búsqueda de la abolición del gigantismo, es decir lo macro, frente a la necesidad de buscar la micropolítica, microeconomía, lo que en el fondo supone buscar el aspecto humano de la economía, para devolver el su concepto aristotélico, es decir el valor de uso, frente al valor crematístico, que es lo que predomina hoy, alejando de los valores éticos a toda actividad económica. Es por ello que la excusa de que es la realidad la que contradice a los modelos, y no los modelos en sí mismos, es una máxima de los ideólogos del neoclasicismo, por lo que resulta imposible incorporar la ética a dichos modelos, pues reventarían y serían aún más inviables.

En la parte final de la exposición, desarrolló brevemente lo que él denomina la Economía Descalza, título de una de sus obras más leídas. Este término describe muy bien una de sus principales críticas sobre los economistas, que carecen de experiencia, de haber vivido con los conceptos que seguimos analizando y publicando estadísticas. Fue muy emocionante su explicación sobre las sensaciones que vivió cuando convivió con la pobreza en Perú. Se sabía todas las estadísticas, pero fue incapaz de articular un discurso para justificarla. Algo, que según la FAO, se podría solventar con 30.000 mill. $ al año.

En suma, la necrofilia que sufre el análisis económico nos está llevando a perpetuar un modelo injusto, pero sobre todo falso. Las naciones han desparecido, subsumidas por las grandes corporaciones, que imponen planes de estudio ad hoc en las Universidades, que se encargan de fabricar peones asépticos, cuya capacidad crítica queda mutilada al no recibir créditos, que es lo relevante para ser un buen economista neoclásico.


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