Economista ciudadano

La cultura pierde el último bastión en Francia

La cultura no es solo un aspecto esencial en el desarrollo personal del ser humano, sino que además es una fuente de riqueza material, a pesar del desprecio y desdén con la que es tratada por numerosos gobernantes en casi todo el mundo.

La cultura es una fuente de riqueza espiritual y material, a pesar del desprecio político

El caso más paradigmático era, ya en pasado, el de Francia, cuyo modelo de excepcionalidad cultural era una de las señas de identidad de dicho país, algo que enorgullecía a la propia sociedad francesa, pero además, permitía vivir dignamente a todos los trabajadores de la cultura en sentido amplio. Este sistema se asentaba en una defensa de la cultura francesa, y por tanto también europea, frente a al predominio del modelo anglosajón, especialmente en el cine y en la lengua, y así garantizar que el colonialismo cultural, gastronómico e idiomático, no acababa con las tradiciones y las raíces culturales tan ticas, como las francesas y las europeas en general. Este modelo, atacado sin piedad por parte de una parte de la derecha política francesa y en general por la maquinaria de Bruselas que sólo veía en él, una supuesta restricción a la libre competencia, había chocado siempre con la potente maquinaria del sector exterior francés, hasta que llegó Hollande.

Hollande puede firmar el fin de la excepcionalidad cultural en Francia

Sorprende enormemente que el Presidente francés, héroe para los que todavía creen en los Reyes Magos y la socialdemocracia europea como elementos de confrontación para frenar la escalada de desregulación y abandono de lo público, esté siendo el que realice el mayor desmantelamiento del modelo cultural francés, pero también de la estructura de bienestar que Francia siempre había defendido, incluso bajo gobiernos gaullistas. Este Presidente ha comenzado la cuenta atrás para destruir un sistema de protección social para los trabajadores temporeros de la cultura francesa, que presuntamente estaría detrás del enorme déficit francés, ¡¡¡¡un 4,3% del PIB¡¡¡, en un momento como este.

El sistema beneficia en este momento a unos 112.000 trabajadores eventuales y precarios de los 200.000 que se dedican al espectáculo en Francia. El régimen consiste en que los empleados cotizan a la Seguridad Social mientras trabajan en una película o una función teatral, y cuando esta acaba cobran un subsidio mensual que en teoría les permite subsistir hasta el siguiente trabajo. Esta afrenta a la estabilidad presupuestaria permite mantener un sector que, globalmente junto a la lengua, supone un 3,9% del PIB francés, alrededor de 100.000 mill€ corrientes en el año 2013. Despreciar una industria que mueve el 4% del PIB, y que permite a la sociedad francesa ser una de las de mayor consumo de cultura entre los países de la UE, debería ser un orgullo para una sociedad, que no para un gobierno en particular.

El sistema de subsidios a los temporeros culturales permitía vivir con dignidad y retornar el esfuerzo realizado

Esta peculiaridad francesa se entronca, además, con un sentido de que el trabajador cultural tiene una idiosincrasia particular. A diferencia de otros trabajadores, un cantante de lírica o una actriz de teatro u ópera, no tiene una continuidad diaria en su quehacer, como la gran mayoría de trabajadores,  sino que su actividad se espacia entre producciones, lo que sin duda complica la generación de rentas estables para su supervivencia con dignidad. Si además, la excusa de la crisis ha desmantelado buena parte de la producción pública, de la privada mejor no hablar, tenemos en ciernes la desaparición de todo un sector que era uno de los motores económicos en un país como Francia, y que generaba mucha envidia para los que consideramos que la cultura no es equiparable a un mercado al uso de bienes y servicios.  La idea de este subsidio temporal que cobraban los trabajadores del sector cultural, que devengaban a partir de sus cotizaciones durante el periodo de producción, permitía sobrellevar el periodo de inactividad de este colectivo. Ello les permitía poder seguir pagando la vivienda, alimentarse, y por tanto contribuir al mantenimiento de la economía del país, generando rentas adicionales al Estado. Los que no confundimos valor con precio, como bramaba Machado, apreciamos en este tipo de medidas algo más que un mero ejercicio de responsabilidad económica para un colectivo determinado. Lo que destila es poner desde el Estado un muro de contención público para que la cultura no muera, se dignifique y se convierta, indirectamente, en un motor económico para el disfrute de toda la sociedad, que aplaudía este esfuerzo y lo recompensaba disfrutando con sus manifestaciones.

Por eso, la envidia se eleva cuando se compara, por ejemplo, con la situación de este sector en España. Aunque no contamos con estadísticas muy actuales, ni con gran calidad, las Cuentas Satélites de la Cultura del INE son una broma, sabemos que la cultura y la lengua son un sector relevante en el PIB español. Un desarrollo potente de este sector tiene un gran impacto sobre el empleo, es muy intensivo en factor trabajo, pero también sobre la innovación pues tiene un componente creativo significativo. Los problemas más urgentes tienen que ver con las enseñanzas artísticas, la financiación, la valoración social y las infraestructuras culturales estables y accesibles para los creadores. Aunque cuestión más espinosa sigue siendo el respeto y la retribución de los derechos de autor.

España presenta unas cifras de actividad y empleo en cultura muy mediocres

La actividad cultural (VAB) durante el periodo analizado, 2000-2008 creció (con datos previsionales y estimaciones a partir del año 2006) una media acumulativa del 5% y una desviación típica del 2,1%. La tendencia de fuerte crecimiento, especialmente en el trienio 2000-2003, ha ido moderándose a partir del año 2006, llegando a un mínimo estimado en 2008, con una tasa de variación del 1,2%, en línea con el PIB total de la economía española.  A partir de dicho ejercicio, la actividad se ha desplomado, llegándose al culmen con la elevación del IVA al 21% en 2012.

En valores absolutos, el sector cultural representa un 3% del VAB total de la economía española, situándose cerca del sector energético y el agrícola. El número de empresas culturales es relativamente pequeño, apenas supone un 2,0% del total de empresas, siendo su evolución muy estable en el periodo de tiempo analizado. Por sectores, casi un 40% del total están relacionados con la Edición y las Artes Gráficas, seguidas por el subsector otras actividades (42%) y el video y cine (8%). La tasa de variación media del periodo 2006-2012 ha sido del 3,5%, con una dispersión del 3,9%. Los sectores más dinámicos en creación de empresas han sido los de las agencias de noticias (un 17% de media de crecimiento de empresas, aunque con una varianza muy elevada), los de bibliotecas, archivos y museos y empresas de reproducción de soportes y grabados.  Como se ha podido constatar, la cultura tiene un peso relativamente pequeño, apenas un 3,0% de media, y casi un 4,0% si se incluye la propiedad intelectual. Por lo tanto, el volumen de empleo tendrá también una dimensión reducida, acorde con dicho peso y el universo de empresas del sector.

Las condiciones laborales de los trabajadores culturales en España son pésimas

Pero no solo es un problema el escaso tamaño del sector y el bajo nivel de empleo acorde, sino que el escaso empleo sufre unas condiciones de temporalidad, bajos salarios y desprecio social que hace muy complicado el poder vivir del sector cultural, especialmente en los apartados de música, particularmente lírica, teatro,  o cine, salvo excepciones.

En suma, estamos ante una ofensiva en toda regla para acabar con el último reducto de defensa y dignidad del mundo cultura que había en Europa, el modelo francés. Con todos sus defectos y mejoras necesarias, tenía un valor simbólico de poner a la cultura como política de Estado. Pero ha tendí que venir un gobierno de los llamados socialdemócratas, para desmantelarlo para gloria de los hooligans de la austeridad fiscal.  


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