Economista ciudadano

EREs corrupto, y tú más

La corrupción política y económica ha crecido de forma exponencial desde la llegada de la democracia, aunque la diferencia con el franquismo es que ahora se descubre y se sanciona, aunque tarde. Esta lacra, en parte, proviene de una falta de control de los poderes públicos, pero también de una cierta sensación social de que la corrupción es endémica al servidor público, lo cual lleva al extremo de defender cada uno a sus corruptos y así perpetuar la especie.

Corruptelas privadas y públicas

La esencia de la corrupción pública, en cualquier caso, refleja también cierta permisividad social con algunas corruptelas en el ámbito privado. La ausencia de conciencia fiscal en el ámbito social favorece que algunos servidores públicos se escuden en ello para justificar sus dolos al resto de la colectividad. Los pequeños o grandes fraudes en el ámbito laboral, por parte de empleadores y empleados, sacralizan ciertos comportamientos, bajo la excusa de que la legislación es lesiva para cada una de las partes. Es decir, la moraleja aquí es tremenda. Si una legislación no me favorece o puede ser injusta, está justificado el fraude o el incumplimiento normativo. Otro foco de fraude es el referido al uso de las subvenciones públicas, cuyo origen y posterior utilización y justificación deja mucho que desear en casos puntuales, sin que se pueda generalizar, aunque la variable mediática de la preferencia por el morbo y gran titular, se fije en la vertiente fraudulenta.

Pero hay otro tipo de corrupción, más de guante blanco, que suele escapar a los focos mediáticos, como es el tráfico de influencias a gran escala, algo que sólo está al alcance de grandes corporaciones y sus agentes elegidos. Esta correa de transmisión entre intereses privados y públicos para perpetuar cierto grado de oligopolio en la producción o prestación de servicios, muy acusado por ejemplo en el Ayuntamiento de Madrid, también supone un cierto expolio de rentas públicas hacia entidades privadas, lo que aleja la maximización del bienestar público.

A la derecha no la castigan la corrupción

Con estos mimbres, no sorprende cómo está asumiendo la sociedad los dos grandes focos de corrupción política en estos momentos. Por un lado la trama Gürtel, que se ramifica entre Madrid y Valencia, por ahora, y que tuvo su epicentro en el núcleo más cercano al antiguo presidente de Gobierno. Solo hay que recordar cómo una parte de los asistentes a la boda de su hija, ahora están imputados y otros siguen o han estado en prisión. Esta cohorte de supuestos corruptos se habría aprovechado de las amplias mayorías absolutas que ha gozado el PP en Madrid y Valencia, lo que les ha ido dando la sensación de impunidad, como así sigue siendo. La respuesta interna ha sido vaga al principio, con una gran dosis de pereza e inmovilismo, para luego, ya con la realidad encima, se han producido las renuncias o los ceses. Aún así, la cúpula del PP sigue defendiendo comportamiento como los de Camps, Fabra o muchos alcaldes de la Comunidad de Madrid. La respuesta ciudadana ha sido la de aclamar electoralmente a la gran mayoría de supuestos corruptos, y la de defender que, a la postre, son sus corruptos.

El PSOE no ha aprendido

En el lado contrario, en el PSOE, la situación no es muy diferente. Después de una negra historia de corrupción en los 80 y 90, el descubrimiento del caso de los ERES en Andalucía demuestra que no han aprendido de la historia. La disección del llamado fondo de reptiles, donde presuntamente se mezclan orgías, prevaricación y dolo hacia la sociedad por el mal uso de fondos destinados a cubrir ceses de empleo en empresas en crisis, ha generado, y más en este contexto, un rechazo social, eso sí silencioso, que se traducirá en un gran castigo electoral al PSOE, al margen del hastío por la gran longevidad del poder en la región.

Lo que sí diferencia a los casos de corrupción entre la derecha y la izquierda es la percepción social. Se ha instalado en el subconsciente que la izquierda requiere de la corrupción para sobrevivir, mientras que la derecha no lo necesita estructuralmente, y los que surgen son algunos que, básicamente, se aprovechan del poder. En suma, el drama está precisamente ahí, que una gran parte de la sociedad asume como propia la corrupción si la practica alguien de su tribu, y otra mitad castiga electoralmente la que practica la izquierda, pero se la permitirá a la derecha, porque siempre es mucho más chic.


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