Economista ciudadano

Rebelión en las aulas contra el pensamiento único

Durante décadas la Universidad siempre fue un foco de progreso y vanguardia que facilitaba las transiciones entre las distintas fases y ondas del capitalismo. El pensamiento fluía, se gestaban las grandes teorías y ciencia aplicada que luego servirían de señuelo para la industria y el resto de agentes económicos para el crecimiento económico, la  mejora de la calidad de vida y la búsqueda de la equidad social.

La Universidad siempre ha sido la vanguardia de pensamiento y progreso social

Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos lustros y la Universidad, aunque no en todos los casos, ha dejado de ser un referente de vanguardia, para convertirse en un nido de mediocridad, endogamia y seguidismo del poder establecido. Paradójicamente este repliegue se produce cuando florecen las tecnologías de la comunicación, como en su día fue la imprenta, que permitiría la difusión del conocimiento fuera de las fronteras universitarias.

El problema es que la nuestra universidad se ha escondido del mundo, seguramente por comodidad, pero también por cobardía e inseguridad, y asiste impasible al devenir de la realidad sin apenas participar y aportar su saber, forjando un sentimiento antiintelectual que raya en lo patético. Es llamativo, a este respecto, la escasa aportación universitaria a los conflictos civiles actuales, incluidas las crisis sociales o las guerras. En dirección contraria, el universitario ha asumido su papel secundario, haciendo dejación de su obligación de crear, pensar y razonar. El resultado es un ser abúlico, siempre con excepciones, que permiten albergar cierta esperanza. Dicho de manera cruda: el humanista ha sido aniquilado por el burócrata.

La reciente historia ha marcado una involución de la Universidad hacia la endogamia y la muerte del humanista pensador

Históricamente el valor de un buen docente se atribuía a su capacidad para enseñar bien, así como su afán investigador, pero especialmente era labor de divulgador y escritor de libros relevantes en su área de conocimiento. Precisamente esta última tarea era decisiva para facilitar el vaso comunicante entre la universidad y la sociedad. Los libros, particularmente si son buenos libros, era el instrumento básico en la vertebración de la cultura y, simultáneamente, el desafío que debía afrontar el profesor que aspiraba a la madurez intelectual. Todo nuestro acervo cultural está trufado de publicaciones que reflejaban el reto del gran docente. Como complemento de esta tarea muchos profesores trataban de comunicarse con el público más amplio posible mediante la intervención en revistas y periódicos.

Pero en esto que ha llegado la era del paper, ese fetiche que condiciona la vida profesional y académica del docente. En la actualidad una gran mayoría de profesores ha descartado la escritura de libros como labor primordial para concentrarse en la producción de trabajos, que apenas leerán unos cuantos del mismo departamento y aledaños, y que deberán ser publicados en revistas supuestamente científicas, sin apenas lectores. Como quiera que sea, el nuevo microcosmos en el que se encierra a la universidad traza una kafkiana red de relaciones y hegemonías notablemente opaca para una visión externa a la institución. Estos textos con frecuencia herméticos, aunque con un gran poder, ya que son las únicas que cuentan en el momento de evaluar al universitario. En consecuencia, los profesores, sobre todo los jóvenes y en situación inestable, hacen cola para que sus artículos sean admitidos y así poder vegetar tras la consecución de la plaza de titular en las numerosas, y en muchos casos, malas universidades. La ilusión o vocación de escribir obras densas, pensadas y trabajadas en el tiempo, debe aplazarse, quizá para siempre.

La dictadura del paper ha sacralizado el seguidismo y el pensamiento único en la Universidad

Esta profunda crisis de pensamiento, y también de organización, ha llegado a las aulas en el Reino Unido. La espita que ha desencadenado esta ansia de cambio lo constituye la estafa intelectual de seguir enseñando el mismo modelo económico en todas las Facultades de Economía. El germen de este movimiento se ha situado en Manchester, y responde al movimiento denominado Post Crash Economics Society. Las falacias sobre el modelo económico neoclásico, esas cantinelas del individuo racional, agente representativo, homogéneo que hemos estudiado durante décadas han empezado a ser cuestionadas por muchos estudiantes, docentes, pero también por agentes económicos exógenos. Las teorías del dinero, en las que la velocidad de circulación es constante, del mundo competitivo que no existe, del equilibrio permanente a largo plazo entre oferta y demanda o del origen de problemas de oferta en todas las crisis, han empezado a ser derribados al albur de la profunda crisis financiera en la que estamos inmersos.

La rebelión universitaria ha nacido en Manchester de la mano de Post Crash Economics Society

Las enseñanzas de economía que niegan el carácter humanístico de dicha ciencia, que no internaliza el comportamiento y el anhelo social del ser humano no pueden seguir siendo la base del relato económico y político de nuestra sociedad. La existencia de múltiples escuelas de pensamiento económico, postkeynesiana o marxista entre otras, es negada y hurtada en los diferentes planes de estudio, cercenando la libertad de pensamiento para miles y miles de estudiantes que ahora empiezan a darse cuenta. Pero mientras las principales revistas científicas, que tienen la llave de acceso a los plácidos puestos de profesores titulares  o catedráticos, sigan copadas por insignes neoclásicos, nada de esto cambiará, salvo que políticos y gestores universitarios valientes cambien las formas de acceso a la Universidad. Mientras, algunos seguiremos clamando y creando células de pensamiento heterodoxo, como ya hicieron nuestros mayores en el franquismo. 


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