OPINIÓN

Patriorismo de banderita

El patriotismo no es sacar un trapo y vestirse con él, o pintar la cara a niños para que les vean los vecinos, mientras sus padres defraudan a Hacienda o insultan a cualquier que hable catalán, incluso en la intimidad. Ser patriota es defender lo público.

Patriorismo de banderita.
Patriorismo de banderita. EFE

En los últimos días se han sucedido las demostraciones de patriotismo o nacionalismo español a lo largo de la geografía nacional, en respuesta al desafío independentismo de Cataluña.  Así, se ha disparado la venta de enseñas, tanto nacionales como catalanas, en un ejercicio infantil y pueril cuyo único objetivo es demostrar al mundo qué nacionalismo es más numeroso: el catalán o el español.

El patriotismo español de bandera ha salido a la calle para hacer bulto frente al nacionalismo de enfrente 

Lo más curioso es que los que denostar el sentimiento catalanista lo hacen invocando la globalidad, tratando de ridiculizar el hecho de querer crear microestados dentro de una tendencia imparable: la globalidad sin fronteras. Esta globalidad, que es una realidad constatable, se debería aplicar también a la exaltación irracional de tantos compatriotas que, en un alarde de acción reacción, llenaron las plazas de banderas y, sobre todo, animaron como hacía años el desfile del día de la Fiesta Nacional. Todo fueron parabienes para el ejecutivo y el Rey, quedando ya lejos aquellos días en que se pitaba e insultaba sin tino al Presidente Zapatero. Por supuesto que el patriotismo de banderita tiene su corazón y respeta las instituciones, siempre que les sean afines a su modo de pensar y sentir la patria.

Frente a la globalidad, se critica el patriotismo catalán, defendiendo el español

Esta exaltación de lo español, tan cercano al futbol, al jamón serrano o a los toros, choca frontalmente con lo que debería ser un verdadero amor al país, más allá de un trapo o el grito de júbilo cuando desfila el ejército o la policía. Así, tenemos otros ejemplos muy cercanos en los que nos deberíamos mirar si queremos ser patriotas de verdad. Francia puede ser un espejo para entender lo que es un verdadero patriota. Lo primero que choca cuando uno convive en el país vecino es cómo miman y defienden el patrimonio público. Este patrimonio engloba todo, no solo el patrimonio físico (monumentos o un simple banco en la vía pública), sino la riqueza inmaterial que supone la lengua, el cine, la cultura francesa por encima de todo. Pero también defienden, en una suerte de chovinismo económico, sus empresas y sus productos propios. Es decir, son franceses de verdad, y no solo de himno o banderita cada 14 de julio, donde se plasma la exaltación de lo que fue un hito en la historia europea: La Revolución Francesa.

El concepto de patria que debería ser reivindicado es el francés, donde de verdad se defiende lo público, la lengua y cultura francesa

Los valores que salieron de esa revuelta, Igualdad, Libertad y Fraternidad aún perduran en el imaginario francés, aunque los sucesivos gobiernos, tanto de la derecha, como de la supuesta izquierda, con la ayuda de la UE, estén intentando minar el espíritu y sobre todo la obra ingente del ideario republicano en materia de derechos y protección social. Con todos sus posibles defectos, la maquinaria pública en Francia sobrevive a los diferentes gobiernos, incluso desafiando las absurdas leyes de la UE. La vieja idea de apoyo a los más débiles, utilizando la redistribución económica vía impuestos, ha calado tanto entre los franceses, que será difícil romper esta férrea coraza que permite a los franceses sortear mucho mejor los ciclos económicos. Son conocidas las medidas, por ejemplo, para apoyar la familia y el nacimiento de hijos, o para defender en el marasmo cultural anglosajón, la excepcionalidad del cine francés y la lengua francesa, infinitamente más apoyada que el castellano, aunque se hable menos a lo largo del mundo globalizado.

Francia sí defiende de verdad lo francesa, más allá del futbol o la comida y el sol

Pero también defienden con uñas y dientes a las empresas que salen fuera a exportar. Su sector exterior goza de un apoyo presidencial que hace muy difícil competir con empresas francesas fuera de nuestras fronteras, lo que aporta potro elemento real de lo que significa amor al país. Por supuesto, y eso contrasta mucho con la práctica en España, los investigadores, los maestros o los médicos en Francia, tienen mucho más aprecio social que los futbolistas o personajes de la farándula, lo que explica la diferencia en esfuerzo económico que hace el país vecino en materia de educación  o investigación.

Francia defiende a sus empresas fuera, a su ciencia, a sus maestros o a sus médicos

Otro factor que determina el patriotismo debería ser el grado de compromiso con la hacienda pública. Cuando uno defiende lo español y ama su patria debería ser consciente que cada euro que se escapa por fraude o deslocalización fiscal, su querida patria lo acusa, ya que se enriquecen otras economías, pero tal vez este sentido de la patria no casa con aquellos cuyo ejemplo debería ser el faro que guiase al resto. En este punto, España es un gran país que se sitúa en lugares privilegiados en lo que se refiere a fraude fiscal, superando en el ranking a Francia. Son muchos deportistas, músicos y empresarios que utilizan todos los vericuetos, legales, alegales e ilegales, para sacar el dinero del país estafando a su querida bandera, y con ello a todos los súbditos pobres que carecen de fondos para hacer lo mismo. Por eso resulta tan grotesco y maniqueo el ejercicio de meter miedo a la población catalana al constatar que un grupo numeroso de empresas catalanas hayan trasladado su sede social, o incluso fiscal fuera de Cataluña. Este ejercicio, que lleva siendo así muchos años en todo el mundo, no se confronta con la deslocalización fiscal de empresas y particulares, que llevan años sacando su dinero a Andorra mientras dure el secreto bancario.

España saluda con la bandera, salvo cuando tiene que pagar impuestos que entonces se hace fan de Andorra o Mónaco

Por todo esto, sorprende cuando se trata de presentar a España como un gran país, frente al desvarío nacionalista catalán.  Esta grandeza choca con una realidad palpable que desmonta toda esta exaltación de lo español, que llega a lo grotesco con el bolsito que mostró Cristina Cifuentes en el desfile de la Fiesta Nacional. Un país que desprecia su lengua, se escribe y se habla cada vez peor, y apenas se dotan recursos para su defensa fuera de nuestras fronteras. Un país que vomita bilis contra su cine, sus cineastas y sus productores, achacándoles sus veleidades izquierdistas. Un país que ha abandonado a su suerte a millones de investigadores, a la ciencia en general, y que prefiere primar a folclóricas o futbolistas como ídolos nacionales. Un país que ha dejado desamparados a maestros y profesores que tienen que luchar día a día contra la desidia de familias y poderes públicos a la hora de dignificar la educación. Y por supuesto un país que no cuida a sus mayores, ni a los sufridos inmigrantes que vienen a trabajar y a aportar su ilusión por levantar la nación que les ha acogido, en general, con indiferencia, cuando no con desprecio.

España no es un gran país, sino uno muy mediocre que desprecia a sus creadores, científicos, enseñantes e inmigrantes

La psicología colectiva ha generado un mantra peligroso en contra de la identidad cultural o lingüística española. Por un lado, no se cuida la lengua castellana, como sí hacen los franceses, pero por otro también ha estigmatizado la pluralidad lingüística que supone tener otras lenguas oficiales, como el catalán, euskera o gallego. Su uso normalizado debería suponer un orgullo como pueblo civilízalo y no ser utilizado como arma arrojadiza contra los ciudadanos, a la postre españoles también, que la usan como lengua vehicular, haciendo uso de un derecho constitucional ahora tan en boga por quienes incumplen la carta magna diariamente. 

La riqueza lingüística plurinacional se concibe como un mal, en un ejercicio de enanismo cultural propio de países atrasados

En suma, cuando España deje de ser un país que solo saca la bandera como elemento de confrontación futbolística, o política como es el caso que nos ocupa, se le podrá considerar patriota. El patriotismo no es sacar un trapo y vestirse con él, o pintar la cara a niños para que les vean los vecinos, mientras sus padres defraudan a Hacienda o insultan a cualquier que hable catalán, incluso en la intimidad. Ser patriota es defender lo público, el patrimonio material e inmaterial, es dignificar la vida de maestros, médicos, investigadores, es defender la lengua y la cultura, aunque sus creadores se declaren de izquierdas y saber que cuando sales al extranjero, tu servicio exterior te defiende, te apoya y no se limita a asistir a las mejores fiestas de países exóticos. Ser patriota no es llorar cuando gana la Roja, sino brindar cuando todos cumplimos con Hacienda y ningún divo de ninguna profesión se pasea con la bandera, mientras tributa en Andorra, Mónaco o las Islas Vírgenes.

Por todo ello, España solo le sale la vena patriota cuando saca la bandera para confrontar un falso sentido patrio contra un supuesto enemigo exterior, se llame Cataluña o cualquier selección de futbol en un mundial o Eurocopa.  Qué triste y qué lejos de nuestros vecinos franceses.


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