OPINIÓN

España lidera la desigualdad tras la crisis en la UE

El sueño se muchos se ha hecho realidad. España es ya un país cada vez más desigual, más pobre y con menos combatividad social.

España lidera la desigualdad tras la crisis en la UE.
España lidera la desigualdad tras la crisis en la UE.

España, por fin, lidera algún ranking de la UE. En este caso es el ranking de la desigualdad, y en otros indicadores sociales negativos también está en el grupo de cabeza. Esto quiere decir que el diseño de la política fiscal y de las transferencias sociales está lejos de ser coherente con los preceptos constitucionales y de cohesión social que marca, supuestamente, la UE. Esto se traduce, por ejemplo, en que en España el 20% más opulento consigue ingresar algo más de 6 veces lo que el 20% más pobre, frente a 5 veces de la media de la UE, lo que sin duda llena de orgullo a las elites políticas y económicas del país.

España lidera la desigualdad económica y social en la UE

Una de las principales conclusiones del informe sobre empleo publicado por la UE es que la herida social generada en el conjunto de los 28 miembros es muy profunda. La sima producida por la crisis estructural del sistema ha alcanzado de pleno a los países más pobres, pero incluso en los más ricos los mecanismos de solidaridad no han sido suficientes para que una parte no desdeñable de la población caiga en la exclusión social, muchas veces ya con carácter perpetuo.

Las heridas de la crisis no se han podido curar con la política fiscal y social existente en España

Lo que se ha demostrado es que los mecanismos de resolución de crisis sistémicas como la que seguimos padeciendo desde 2008 abocan a una parte importante de la población a la pobreza relativa, a la exclusión social y a la desigualdad. Los esfuerzos por mantener sin daños a las clases más favorecidas se han cumplido con creces, y así las rentas más altas han crecido durante este periodo, recayendo todo el ajuste de gasto y esfuerzo fiscal sobre los percentiles de renta medios, y especialmente sobre los más bajos. Aquí han contribuido, sin duda, la pléyade de economistas que siguen abogando por una fiscalidad regresiva e insuficiente para sostener el ingente esfuerzo que requiere no dejar caer a mucha gente al abismo de la exclusión social.

Los mecanismos de solidaridad interclases ya no son suficientes para reducir la desigualdad

España en este aspecto ha sido un alumno aventajado del nihilismo de la austeridad expansiva, esa aberración intelectual que han sostenido los conservadores convencionales y a la que se han unido con entusiasmo los llamados socioliberales, verdadera cantera de pensadores económicos de lo queda del PSOE. Esta corriente aseveraba que la reducción selectiva de gasto público, mejoraría las cuentas públicas, aliviaría la carga de la deuda y permitiría bajar impuestos, para posteriormente elevar el crecimiento y mejorar la protección social. Ello debería venir unido, como así ha sido, a una reforma profunda del sistema de transferencias públicas en el ámbito social, y también en el sistema público de pensiones.

Se ha logrado inculcar a las rentas bajas que son una rémora para el sistema porque presionan demasiado sobre el gasto público

El mensaje lanzado ha calado entre las élites económicas, pero también incluso entre las clases sociales menos favorecidas. Se ha logrado inculcar a las rentas bajas que son una rémora para el sistema porque presionan demasiado sobre el gasto público y no son excesivamente productivos, lo que genera crisis periódicas, por lo que acaban apoyando las opciones políticas que buscan desterrar el gasto social y un sistema fiscal redistributivo. La tabla de 14 indicadores homogéneos que ha construido la UE permite comparar cómo han atacado los daños de la crisis el conjunto de países de la UE.

La austeridad expansiva ha sido la excusa perfecta para desmantelar el mecanismo de ascensor social en España

Lo que se pone de manifiesto es que España, siendo la cuarta o quinta economía de la UE, es la que menos esfuerzo hace en materia de lucha contra la pobreza y la exclusión social, dibujando un país desigual en el que el mero hecho de tener un empleo no garantiza unos mínimos de subsistencia e igualdad, lo que sin duda hace lo hace muy atractivo para rentas elevadas. El sesgo de la política fiscal sigue siendo regresiva, favorecido por el elevado fraude fiscal que no permite recaudar lo suficiente para poder llevar a cabo una política social homologable a la de los países más avanzados en esta materia, que suelen ser los del norte de Europa y nórdicos, aunque éstos ya iniciaron un repliegue de sus generosos y solventes sistemas de protección social.

Lo que nos recrimina la UE, y por ello nos sitúa bajo vigilancia, es que los efectos de nuestro gasto social sobre la reducción de la pobreza son muy limitados

Lo que nos recrimina la UE, y por ello nos sitúa bajo vigilancia, es que los efectos de nuestro gasto social sobre la reducción de la pobreza son muy limitados, lo que se traduce, por ejemplo, en que un 15% del total de hogares apenas tienen miembros ocupados y que apenas se rebaja un 25% la pobreza monetaria tras las transferencias sociales, sin tener en cuenta las pensiones. Este porcentaje nos acerca mucho a países como Bulgaria o Grecia, y está muy alejado de la corrección de la pobreza en más de un 50% que se produce en los países nórdicos. Esto nos lleva a primera conclusión determinante y es que la política social en España no solo es insuficiente, sino que el propio diseño de la misma es ineficaz, sin que nadie se haya molestado en modificarlo. Por ello, las recomendaciones son claras: una mejora en el diseño de la policía fiscal, de os sistemas de protección social e impulsar la igualdad de oportunidades real en el acceso a la educación y formación, preceptos todos que ninguna formación política que ha estado en el gobierno ha logrado mejorar. 

La política social apenas logra mejorar el 25% de la pobreza monetaria, frente a un 50% en los países nórdicos

El resultado para el sistema es muy goloso. Tener trabajadores pobres, mal nutridos y poco formados en una cantidad muy elevada alivia mucho las reivindicaciones  sociales, rompiendo la solidaridad entre la clase trabajadora que ay solo busca sobrevivir en un mundo deshumanizado y donde prima el beneficio económico a corto plazo. Esto se está traduciendo en un esquema de formación de salarios tan primitivo, como eficiente para el propio sistema. A pesar del supuesto crecimiento, las rentas salariales no crecen, o incluso decrecen, porque al no haber empleo para todos, las migajas que caen por debajo de la mesa son recogidas con satisfacción infinita por miles de trabajadores pobres estructurales, que ya dejaron de creer en el mal llamado ascensor social.

Este modelo de trabajadores pobres es muy goloso para el sistema porque deja sin efecto cualquier demanda social

Pero si esto ocurre entre los trabajadores en activo, se está empezando a librar otra batalla más cruenta, y es entre generaciones por las pensiones. El envejecimiento crónico que sufre la UE, y España en particular, está presionando sobre los que hoy tienen que sufragar las pensiones, con la esperanza de que mañana otros harán lo mismo. Pero el esquema ha variado. Hoy se exige más años de cotización para cobrar una pensión mañana, y las condiciones de trabajo de los que hoy están en el mercado es mucho más precaria que las de las generaciones anteriores, por lo que se podría quebrar la confianza intergeneracional, pieza básica para los sistemas de reparto. Por ello, se sigue recomendando aumentar las tasas de empleo, de productividad y salarios, esos sí complementando la pensión con planes privados, caramelo pensado solo para las rentas más altas con capacidad de ahorro, quimera impensable para millones de trabajadores pobres que bastante tienen para poder comer todos los días, pagar sus viviendas y saca adelante a sus hijos.

La confianza intergeneracional también se está rompiendo lo que puede poner en peligro el sistema de pensiones basado en el reparto

En resumen, el sueño se muchos se ha hecho realidad. España es ya un país cada vez más desigual, más pobre y con menos combatividad social. Son los mismos trabajadores los que han renegado de los logros sociales que se ganaron tras años de lucha, y hoy suspiran por un empleo precario, con salarios de miseria en muchos casos y con un sistema de protección social insuficiente. Con estos mimbres, solo una verdadera alianza entre la sociedad organizada, la clase política y unas elites económicas que entiendan que la cohesión social y la igualdad son valores económicos al alza podrá revertir esta situación. Por supuesto, esto es un sueño del que nunca despertaremos.


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