Economista ciudadano

Cerremos bancos y abramos industrias

Los defensores de la regulación y la ortodoxia económica neoclásica iniciaron una batalla ideológica y política a finales de los 80 en EE.UU, cuyo paradigma fue la abolición de la Ley Glass-Steagall que separaba la banca comercial de la de inversión. Esto fue el punto de partida de una revolución a nivel internacional que ha supuesto que la transacción de activos financieros, en una gran mayoría especulativos, sea hoy la principal actividad a nivel mundial, y además sin apenas regulación.

La ausencia de regulación y la abolición de la Ley Glass-Steagall es el origen de la orgía financiera internacional

A mediados de los años 90, el volumen de operaciones financieras era de 25 veces el PIB mundial. Hoy es oficialmente 70 veces y si incorporásemos al cómputo todos los flujos financieros que no se contabilizan en mercados organizados, los llamados mercados OTC, el volumen sería de 250 veces el PIB mundial. Estas operaciones, que no están obligados a rendir cuentas, ni a publicar sus estadísticas, han crecido exponencialmente durante la última década, según el BIS. Entre 1998 y 2008 su valor se multiplicó por cinco, un 50% anual. A partir de 2008, la tendencia se ha mantenido creciente, generando mucho volumen de negocio a las gestoras que intermedian en estos mercados, aumentando el riesgo de pérdida o default para los tenedores de muchos de estos activos.

Los mercados OTC y la expansión del balance financiero mundial ha supuesto una expansión que ha expulsado a la economía productiva

Muchos de estos instrumentos son de reciente creación, por ejemplo las permutas financieras de riesgo de crédito (CDS) empezaron a negociarse en 1990 y su volumen de negociación ha pasado de 919.000 millones de dólares en 2001 a más de 150 billones en 2011. Esto supone casi 150 veces el PIB español.

Esto se ha permitido porque los gestores políticos de los actores principales, EE.UU. a la cabeza, pero la UE también, han cedido a los deseos de los grandes lobbys financieros que han causado un daño cuasi irreparable a la economía internacional. Una de las principales consecuencias es que una gran parte de la UE y EE.UU han preferido reducir o incluso eliminar buena parte de su capacidad para producir, convirtiéndose en meros importadores de bienes y servicios procedentes de países en vías de desarrollo, cuyas prácticas de dumping social y laboral y la ausencia de normas medioambientales permite producir con costes infinitamente más bajos.

La UE, pero también EE.UU., han dejado la labor de producción para dedicarse a importar bienes y servicios, lo que explicaría el desempleo

Pero la recesión de balances y la crisis de deuda en la que estamos inmersos ha puesto de relieve el enorme desequilibrio entre consumo y producción en la UE, y en España en particular. Las políticas industriales llevadas a cabo durante los años del boom se han demostrado ineficientes y contrarias a la lógica microeconómica. La ausencia de una política real de planificación del territorio y de dónde hacía falta la implementación de políticas industriales que cohesionaran las distintas CCAA y especialmente equilibraran las ventajas comparativas de cada territorio. Las cifras industriales en España son terribles. Entre 2000 y 2008, el sector primario disminuyó su actividad en un 1,7%, la industria un 3,8% y la producción de bienes un 4,0% y la industria cultural un 0,3%, liderando la debacle industrial de la UE-27. Solo la construcción creció un 3,3% en este periodo, muy superior al resto de socios.

Sin planificación económica y sin financiación, la industria en España retrocedió un 4% en la última década.

Esta especialización se debe a un desarrollo enfermo y erróneo del sistema financiero y bancario que se dedicó a apostar por un sector que ha acabado por arrastrar a la quiebra a familias, empresas y el propio sector bancario, aunque éste es el único rescatado. Pero también se debe a una apuesta política de muchos ayuntamientos que despreciaron la industria, para instalar urbanizaciones, campos de golf, aún con el riesgo de agotar los recursos naturales o destruir el paisaje.

La apuesta por la industria, como puede ser el ferrocarril, la energía renovable, la aeronáutica, la defensa de doble uso y también la cultural, nos acercaría al modelo del centro de Europa, nos haría más productivos y permitiría extender las bondades de empresas solidas y muy sindicalizadas. Esto es la antítesis de la apuesta por servicios de bajo valor añadido, y poco productivos, pero que sí facilitan la devaluación salarial permanente. Este sector no necesita formación y de ahí el ahorro en este tipo de inversión que han acometido la mayoría de CC.AA.

Las administraciones públicas en España también son cómplices del desierto industrial, ya que se ha preferido el glamour del golf y el adosado, que la apuesta por la industria puntera

Esta apuesta por la economía industrial iría acompañada por el ajuste de tamaño del sector financiero en general, y el bancario en particular. Si conjugamos una nueva era de empresarios, políticos y sindicatos, con la aquiescencia de la sociedad, podremos desenterrar las mejores prácticas de planificación económica, desarrollo industrial y mercado de la vivienda mayoritariamente de alquiler con precios topados.  Lo único malo es que nos pareceremos mucho a Alemania.


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