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Cuarenta años después de la Revolución de los Claveles, Portugal languidece por la dureza de la Troika

Cunde el desencanto entre la población con los políticos portugueses y la sensación de que la libertad conquistada en aquel insólito golpe militar está hoy secuestrada en manos de los hombres de negro del BCE, la Comisión Europea y el FMI.

Concentración el pasado viernes para conmemorar el aniversario del 25 de abril.
Concentración el pasado viernes para conmemorar el aniversario del 25 de abril. EFE

Until debt tear us apart” ("Hasta que la deuda nos separe)". La pintada, una suerte de homenaje al grupo británico Joy Division que decora un muro cualquiera en Lisboa, resume la mezcla de desesperanza e ironía (pese al tópico de la saudade) con la que los portugueses soportan una de las peores crisis de su historia reciente. A 40 años de aquel 25 de abril de 1974 en el que, con un insólito golpe militar que se tornó revolución, el país vecino asombró al mundo al desalojar sin derramamiento de sangre a la dictadura más longeva de Europa (48 años), el aniversario de la Revolución de los Claveles ha llegado con la población inmersa en la sensación de que la libertad conquistada entonces está hoy secuestrada, en buena medida, por los hombres de negro.

Especialmente, para los más jóvenes, que componen el grueso de los más de 100.000 portugueses que han abandonado el país en los últimos dos años en busca de mejores oportunidades. En las radios lusas, son habituales las cuñas publicitarias con consejos prácticos para quienes planean hacer el petate y cambiar de aires; en un país de larga tradición migratoria, la generación más preparada de su historia (como sus vecinos españoles) busca suerte en otras latitudes.

El Portugal actual se parece muy poco al de la oscura época salazarista, cuando la tasa de analfabetismo era de un 25,7%, el país sufría una de las mayores tasas de mortalidad infantil de Occidente (60 por cada 1.000) y un 36% de los hogares carecían de electricidad y más de la mitad (53%), de agua corriente. Y aunque hoy nadie, salvo cuatro nostálgicos, añora la dictadura, el sentimiento de decepción con los políticos que tomaron el mando tras la revolución es palpable.

Tras la consolidación de la democracia, los nuevos dirigentes dilapidaron buena parte de los fondos europeos recibidos (casi 81.000 millones de euros desde la integración en la UE en 1986 hasta 2011, el año del rescate), que se fueron, por ejemplo, a construir kilómetros y kilómetros de autopistas (de los 74 de 1977 a los casi 3.000 de ahora) que la mayoría se cuida hoy de transitar porque la mayoría son actualmente de pago.

Esa amargura la resumía el pasado viernes, en el acto celebrado en el Parlamento luso para conmemorar el aniversario, la joven diputada del Bloco de Esquerda Mariana Mortágua. La parlamentaria, de 27 años, lamentó que el país esté hoy “en manos de sus acreedores” y haya “quien se desencante” con el devenir que ha tomado el país después de la revolución. “Al final, rindieron nuestra democracia a la dictadura de los mercados y gobiernan en su nombre”. Del acto se borraron, entre otros, el expresidente Mario Soares y los militares que capitanearon el golpe militar, en protesta contra las políticas del Gobierno.

"El estímulo de los portugueses para trabajar más y mejor es cada vez menor", escribía esta semana la periodista Sílvia de Oliveira

Pese a lo que predica uno de los integrantes de la Troika, el Fondo Monetario Internacional (FMI), “el estímulo de los portugueses para trabajar más y mejor es cada vez menor. En un país donde la expectativa es, en el mejor de los casos, la de una congelación de los salarios, se compromete la productividad, se condena a la economía”, escribía esta semana la periodista Sílvia de Oliveira.

Tres años después de pedir un rescate internacional de 78.000 millones de euros para evitar la quiebra, el pulso macroeconómico del país parece empezar a remontar el vuelo. Mientras el Gobierno conservador de Passos Coelho, que esta semana ha sido objeto del último examen periódico de la Troika, debe decidir en breve si, como Irlanda, declara su autonomía financiera sin el apoyo de una línea de crédito de sus socios europeos o pide nuevas ayudas, hay algunos signos de mejora.

Así, aunque la deuda pública todavía supone el 129% del PIB, el déficit estuvo en 2013 un punto por debajo de lo esperado al situarse en el 4,5%; el desempleo bajó dos puntos, del 17% al 15%, tras crearse más de 128.000 nuevos puestos de trabajo, y esta semana, el Tesoro luso colocaba su primera emisión de bonos en tres años, 750 millones de euros en bonos a diez años con una rentabilidad del 3,58%.

Pero esos frutos de la draconiana austeridad no llegan a las calles portuguesas, que este fin de semana disfrutaban de uno de los pocos puentes que les quedan, tras el recorte del número de días festivos aprobado hace dos años. Con el IVA al 23% para buena parte de los productos y servicios, los recortes de sueldos públicos y privados (vía supresión de la paga extra, que se queda el Estado, y subida de cotizaciones) y las bajadas de pensiones dictadas por el triunvirato formado por el BCE, la Comisión Europea y el FMI, el sufrimiento de la población es palpable.

Un 18,7% de los portugueses (unos dos millones de personas) sobrevive con poco más de 400 euros al mes y el salario mínimo lleva tres años congelado en 565,83 euros. Un salario mínimo cuya instauración, por cierto, fue una de las primeras medidas que adoptó el Gobierno interino surgido tras la rebelión de los Capitanes de Abril mediante un decreto del 27 de mayo de 1974 que lo fijó en 3.300 escudos mensuales.

Fue uno de los primeros logros tras aquella jornada histórica que, según declaraba esta semana, fue “el día más importante y más bello” de la vida de José Manuel Durao Barroso, entonces un jovenzuelo maoísta radical (tenía 18 años) que hoy, ya reconvertido en respetable liberal conservador, preside la Comisión Europea.


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