Economía

El Frankenstein fiscal de Montoro sigue vivo: hay un recorte de impuestos pero no una reforma

Montoro ha comenzado a deshacer alguna de las numerosísimas subidas tributarias que han acabado creando un auténtico Frankenstein fiscal. Sin embargo, las medidas que el ministro ha anunciado tan sólo suponen una rebaja de impuestos, no una reforma fiscal que desactive al monstruo.

Cristóbal Montoro durante una rueda de prensa
Cristóbal Montoro durante una rueda de prensa GTRES

Montoro ha comenzado a deshacer alguna de las numerosísimas subidas tributarias que han acabado creando un auténtico Frankenstein fiscal. Sin embargo, las medidas que el ministro ha anunciado tan sólo suponen una rebaja de impuestos, no una reforma fiscal que desactive al monstruo.

En medio de la fatal tormenta de los mercados, con el país al borde del abismo, Montoro se encuentra al llegar al poder con un sistema fiscal que hace agua por todos y cada uno de sus conductos. Trufado de exenciones, deducciones y bonificaciones, se recauda menos que en Grecia aunque los tipos nominales sean muy elevados.

Aprovechando la excesiva diferencia entre el tipo del IRPF y el de una pyme, demasiadas rentas altas se escapan al tipo más bajo de Sociedades y encima se deducen gastos. Apenas se tributa por las rentas inmobiliarias, y en general todo lo que no sea una nómina esquiva el IRPF con una facilidad pasmosa.

El sistema de módulos también se ha identificado como una fuente de baja tributación y, sobre todo, de estafas, al permitir que muchos moduleros puedan emitir facturas sin límite que otras empresas pueden deducirse.

Tras las todavía recientes alzas del IVA, los propios expertos que elaboraron la propuesta de reforma fiscal detectan un agujero de 7.000 millones en la recaudación por esta figura que puede achacarse a un mayor fraude.

¿Y a qué viene eso de subvencionar también a los ricos con un IVA reducido o superreducido cuando se dan un homenaje en un restaurante o compran el pan? ¿Acaso no sería mejor recaudar todo ese dinero y compensar a las rentas bajas de otra forma mucho más barata, quizás mediante una ayuda directa en el IRPF? Por no hablar de que la desgravación por compra de vivienda simplemente alentó unos precios inmobiliarios aún más inflados.

Por lo que respecta a las grandes empresas, éstas recurren a una planificación fiscal agresiva que les permite reducir su factura fiscal en cuanto las rentabilidades se contraen, aunque bien mirado ya se les proporcionó mucho antes importantes incentivos fiscales para internacionalizarse a golpe de deuda, de forma que ahora consiguen el grueso del león de sus beneficios del exterior y, por lo tanto, no lo tributan aquí. 

Y para colmo de males, unos tipos marginales altísimos desincentivan el trabajo y la declaración de las rentas, máxime después de haber sumado unos recargos autonómicos del IRPF habitualmente considerados confiscatorios. En definitiva, el sistema fiscal español constituye una suerte de anomalía basada en los ingresos extraordinarios de la burbuja inmobiliaria. El día que un ciudadano pagaba más impuestos era aquél en el que compraba una vivienda, ya fuese por el IVA, el ITP y el AJD, el IBI, la tasa de basuras o el recibo eléctrico. Amén de las enajenaciones de suelo de los ayuntamientos. Pero en cuanto se secó la venta de viviendas, se vino abajo el chiringuito.

El nacimiento del Frankenstein

Los impuestos sencillamente no funcionaban. Y descartada la operación de adelgazamiento de la Administración, del Estado del Bienestar y de las Autonomías, a fuerza de alzas tributarias indiscriminadas, el profesor Montoro resucitó en la mesa de operaciones a un auténtico Frankenstein fiscal, voraz como el solo y parcheado hasta la médula.

Había que alimentar el monstruo con menos gente contribuyendo, y eso provocó que la presión fiscal obviamente se disparase hasta máximos históricos en 2013. Prácticamente en ningún país de nuestro entorno se grava con un tipo del 47 por ciento las bases a partir de 53.000 euros o con un 40 las bases de 33.000. Sólo así se logró que se estabilizasen los ingresos por IRPF en los 70.000 millones, una cifra obtenida a pesar de contar con casi cuatro millones menos de empleos y que sólo se había dado en 2007 y 2008, justo en el pico de la burbuja.

Pero incluso así, pese a una serie de alzas impositivas cuyo impacto se calcula en unos 30.000 millones, la mala noticia es que la recaudación apenas subió. Los ingresos del conjunto de las Administraciones todavía se sitúan en el entorno del 38 por ciento del PIB, muy por debajo de la media europea y menos que en Grecia. “Este país tiene un gran problema con la política fiscal. Por lo general se percibe que se soportan muchos impuestos, y sin embargo la recaudación es baja”, explica un exalto cargo.

Después de haber aprobado medio centenar de alzas tributarias y haber llevado la presión fiscal por IRPF e IVA a máximos históricos, el ministro de Hacienda por fin anunció este viernes que revierte parcialmente alguna de las subidas de impuestos con las que ha machacado el bolsillo de los contribuyentes en los dos últimos años. ¿Ha llegado entonces la hora de desconectar el Frankenstein tras un año entero publicitándolo?

¿Adiós al Frankenstein?

Pues la respuesta va a ser que no. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. No hacía falta una comisión de expertos y un debate abierto en canal durante más de doce meses para luego concebir una simple reconfiguración de tipos.

Aunque en realidad no se trate de una simple reconfiguración de tipos. De hecho, con tal de salvar la recaudación, Montoro al principio sólo quería una rebaja centrada en la parte inferior de las rentas. Pero las elecciones europeas dieron un vuelco a todo el escenario político y de una rebaja a 12 millones de contribuyentes, acuérdense, hemos pasado a una reforma que se extenderá hasta los 20 millones. Moncloa exige que se haga notar el recorte del IRPF entre aquellas rentas más altas que puedan votar a los populares. ¿Y cómo se hace eso sin ocasionar una abrupta caída de la recaudación?

Pues modulando las bajadas de tipos y compensándolas con pequeñas subidas en algunos tramos que son muy nutridos y en los que hay pocos votantes potenciales del PP. Pese a que se decía que la rebaja iba a afectar a todos los tramos, ésa no es la realidad. En el tramo entre los 12.450 y los 17.707 euros en verdad se pagarán 0,25 puntos más en 2015. Y lo mismo ocurre con el tramo que se comprende entre los 22.200 y los 33.007 euros, que se elevará en 2015 en un punto. Parece evidente que los tipos se van bajando pero que, de repente, se echa el freno en algún segmento para no perder tanta recaudación. Y como ya hemos apuntado, curiosamente se frena en aquellos tramos muy nutridos y en los que hay menos votantes desencantados del PP. ¿Por qué si no se sube el tipo entre los 22.000 y los 33.000 euros y en cambio se baja a partir de los 33.000 euros hacia arriba?

Lo lógico sería que proporcionalmente hubiese una rebaja mayor para las rentas entre 22.000 y 33.000 euros. Sin embargo, debido a esta peculiar modulación de la rebaja de tipos, lo normal será que el recorte sea proporcionalmente igual, o incluso en algunos casos mayor, entre los 33.000 y los 60.000 euros. Todo sea por ganar las próximas elecciones generales.

La película de terror continúa

Pero lo peor de todo es que se desaprovecha la oportunidad idónea para desmontar el Frankenstein. Sin tener por qué perder recaudación, era el momento para ser valiente y llevar a cabo una reordenación de los impuestos que paliase muchas de las anomalías existentes en el marco tributario español. Montoro tan sólo tenía que ceñirse a las recomendaciones del grupo de expertos que él mismo constituyó.

Por un lado, se trata sencillamente de eliminar reducciones, deducciones y bonificaciones con el fin de poder repartir la carga tributaria de una forma más acorde con la capacidad de pago y lograr así unos tipos impositivos más bajos y que, por consiguiente, incentiven el trabajo y desincentiven el fraude. Y, por otro lado, se tendría que reordenar la fiscalidad hacia unos impuestos más eficientes y menos onerosos para la actividad económica. O dicho de otro modo, el intercambio de los impuestos directos que encarecen el trabajo por los indirectos que gravan las importaciones pero no las exportaciones.

Es más, esta reformilla comete el gravísimo de error de pasar de largo de los dos principales retos de la economía española: la pérdida de competitividad con respecto al exterior y el déficit público.

La disminución de impuestos no ataja el problema de la recuperación de competitividad. Han bastado unos meses de crecimiento de la economía para que las importaciones vuelvan a dispararse y poner en peligro el reequilibrio de nuestro saldo exterior y, por ende, el pago de nuestras deudas con foráneos. Cuando lo que se necesita es seguir recuperando competitividad para exportar más y sustituir más productos extranjeros por nacionales, el Gobierno se concentra en lugar de ello en bajar el IRPF al objeto de estimular de nuevo el consumo doméstico. La reforma fiscal es por lo tanto una oportunidad perdida para haber bajado cotizaciones y propiciar una segunda ronda de devaluación interna del factor trabajo sin tener que recurrir a los dolorosos despidos o recortes salariales.

El recorte tributario tampoco contribuye a corregir el drama del déficit público. La mayor parte de analistas y la propia Comisión Europea consideran que en 2015 harán falta mayores esfuerzos para reducir el desfase presupuestario en unos 13.000 millones de euros. Si además se bajan los impuestos sin compensarlos con alzas de otras figuras, por mucho que haya un efecto Laffer, se antoja harto complicado el cumplimiento de las metas de consolidación fiscal.

En la mesa de operaciones, Montoro ha renunciado a aplicar el bisturí y desconectar el monstruo. Demasiado problemático con unas elecciones por delante. Así que el Frankenstein fiscal seguirá muy vivo y coleando para gran disgusto de los españoles de a pie.


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