Economía

La lección de Larry Summers a Merkel: ¿y si la economía sólo pudiera crecer a fuerza de burbujas?

El debate sobre el papel de Alemania en la crisis se acrecienta. Conozca una versión muy distinta de la tradicional fábula de la cigarra y la hormiga...

Durante la reunión anual del FMI y el Banco Mundial celebrada hace escasas semanas, el exsecretario del Tesoro estadounidense, Larry Summers, recriminó a los alemanes su falta de inversión para combatir el estancamiento de la economía europea. Les presentamos una versión muy distinta de la fábula de la cigarra y la hormiga que tanto se estila en los círculos germanos.

En primer lugar, veamos qué está ocurriendo en la economía teutona. Últimamente, las exportaciones alemanas han sufrido un frenazo. El conflicto de Crimea y las consiguientes sanciones perjudican a Rusia, uno de sus compradores habituales. China ha ralentizado su crecimiento del PIB desde el 10 hasta el 7 por ciento y además intenta reorientar su crecimiento hacia el consumo doméstico en lugar de la inversión. Es decir, pretende comprar menos maquinaria alemana. Y Francia e Italia, que suponen el 38 por ciento de la zona euro y son los principales socios comerciales de Alemania, siguen mirando hacia otro lado mientras el resto de economías se reforman y compiten para quedarse con mayores cuotas de mercado, lo que se traduce en crecimientos cada vez más paupérrimos de galos y transalpinos.

La combinación de estos factores se ha plasmado en unos indicadores de producción y confianza que descienden y auguran una desaceleración brusca de la economía tudesca. Sin embargo, en Berlín restan importancia al tropezón. De hecho, los últimos datos de empleo fueron mejor de lo esperado. Incluso a costa de la precarización, el trabajo en Alemania está muy repartido gracias a las reformas Hartz que impusieron una suerte de congelación salarial.

Aunque el número de horas trabajadas no aumenta, la tasa de paro ni siquiera alcanza el 5 por ciento. En lugar de ajustarse por la vía de los despidos, el mercado laboral se ajusta vía salarios. Los jóvenes están mal pagados pero encuentran una oportunidad. Estudiantes y jubilados trabajan por muy poco para completar sus ingresos. Y ciertos colectivos que en otros países con Estado del Bienestar estarían percibiendo un subsidio terminan trabajando, aunque sea en precario. La población ocupada engorda, y ello permite a las arcas públicas germanas recaudar como nunca. Para indignación de sus socios europeos y en medio de un parón de la actividad, Alemania presentará déficit cero por primera vez desde la década de los 60. La hormiga sigue trabajando para cuando llegue el mal tiempo y los días de lluvia.

Con la economía europea abocada al estancamiento, algunas voces claman por una vuelta de la inversión en Alemania que eleve la productividad y, por ende, el crecimiento potencial

Sin embargo, éste es sólo un lado de la historia del éxito alemán. Cuando se examina la productividad, ésta no aumenta. Lo mismo que las horas trabajadas. La inversión pública y privada se sitúa en niveles muy bajos. Los empresarios se quejan de las condiciones de las carreteras que conducen a sus fábricas. La apuesta por las renovables y la supresión de la energía nuclear está encareciendo los costes energéticos hasta el punto de que empresas como Siemens se planteen mudarse a Estados Unidos, donde los precios de la energía bajan y la demanda crece. Faltan algunos tipos de trabajadores cualificados. Se precisan mejores guarderías para que las mujeres puedan trabajar. Partes importantes del sector terciario alemán se antojan poco competitivas. En la innovación más puntera, Estados Unidos les come el terreno. Y la apuesta por la expansión hacia la Europa del Este se ha visto frenada porque desde 2008 los bancos occidentales repatriaron sus capitales y, como consecuencia, estos países carecen de la financiación para invertir igual que se hizo con la periferia europea durante los años buenos de la Unión.

Así las cosas y con la economía europea abocada al estancamiento, algunas voces claman por una vuelta de la inversión en Alemania que eleve la productividad y, por ende, el crecimiento potencial, al tiempo que brinda al resto de Europa el tirón de la demanda que necesita. Máxime cuando algunos de los países de la periferia han acometido las reformas y tan sólo precisan de una demanda que les compre.

Sin embargo, el escepticismo alemán hacia las inversiones es comprensible cuando se observa cómo la proliferación de carreteras, trenes y aeropuertos no hicieron mejorar tanto la productividad en la periferia. O cuando los gobiernos que más reclaman la inversión son precisamente los que menos se reforman.

Además, Alemania rara vez ha sido una locomotora como tal. Su demanda nacional siempre ha estado en cotas bajas. Su juego más bien consistía en aprovechar la demanda de los otros, en ejercer de paganini de la Unión a cambio de unos pingües retornos comerciales.

A fuerza de sacrificios salariales, Alemania ha forjado una industria casi imbatible en el exterior que le reporta superávits por cuenta corriente del orden del 8 por ciento del PIB. O lo que es lo mismo, es una especie de monstruo que produce mucho más de lo que demanda. ¿Y qué hacen los alemanes con los ingresos que esto les reporta? Pues en lugar de destinarlos a la inversión productiva en casa, o bien se los llevan fuera o bien se los guardan en previsión de un invierno demográfico en los próximos años.

Según denuncia el Geneva Report, los niveles de endeudamiento se han disparado aún más durante la crisis y han adquirido dimensiones insostenibles

Y el actual entorno puede incluso empeorar estas dinámicas: tal y como denuncia el prestigioso Geneva Report, los niveles de endeudamiento se han disparado aún más durante la crisis y han adquirido dimensiones insostenibles (Lean esta pieza para entender la envergadura de los problemas: Por qué todo está cogido con alfileres). Allá donde se ponga la vista, el crecimiento resulta escaso y caro. Para colmo, el empuje de economías como Rusia, Brasil y China parece agotarse. Y la cotización a la baja del petróleo evidencia que el problema de una demanda débil se está convirtiendo en una enfermedad crónica y global. En la versión alemana de la fábula de la cigarra y la hormiga, resulta fácil concluir que es hora de ahorrar y prepararse para un invierno muy duro. Nada de alegrías con las inversiones.

Pero esta visión de la laboriosa hormiga no es compartida por todos. ¿Qué pasaría por ejemplo si llegase un cambio climático tal que fuese soleado todo el tiempo y compensase mucho más ser la cigarra? ¿Qué pasa cuando los bancos centrales están todo el tiempo repartiendo mucho dinero a un interés muy bajo? ¿Acaso compensa ahorrar cuando puedes tomar el dinero casi gratis?

Pues algo así reprochó Larry Summers al ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, durante las reuniones del FMI celebradas en la segunda semana de octubre. El exsecretario del Tesoro estadounidense manifestó ante el todopoderoso Schäuble su indignación con la actitud de Berlín. En su opinión, si sólo se adoptan reformas se aumentaba la oferta y por lo tanto se bajan los precios, ahondando en el problema de la deflación. Summers defendió que existe una falta de inversión productiva, y que para estimularla hay que aumentar la demanda, lo que elevaría la inversión y, a su vez, mejoraría la productividad y el crecimiento, haciendo sostenibles las deudas. Y como los bancos centrales están inundando el mercado de dinero casi gratis, merece la pena tomarlo para invertir y mejorar el rendimiento de la economía, tal y como se ha hecho en Estados Unidos. O dicho de otro modo, dado que va a hacer sol durante mucho tiempo, merece la pena ser una cigarra en lugar de una hormiga. De hecho, a las hormigas les están pagando por sus ahorros tasas cercanas a cero.

Es más, con unos niveles de deuda cercanos al cien por cien del PIB, antes saltaría el pánico porque nadie lo refinanciaría. Pero ahora los bancos centrales garantizan todas las emisiones de deuda. Y el asunto ha tomado tal cariz que incluso un economista tan prestigioso como Willem Buiter, de Citigroup, ha propuesto recientemente que los bancos centrales compren la deuda y luego simplemente la amorticen y la retiren del mercado en una suerte de gran quita. En una situación ordinaria, estas trampas al solitario generarían una inflación rampante. Pero en este nuevo escenario no hay actividad y el dinero no circula. Tan sólo genera burbujas en los mercados que son las que van tirando artificialmente de la economía, como ha explicado en numerosas ocasiones Larry Summers.

Después de veinte años, Japón no consigue reactivar la economía por más que inunden el mercado de dinero

O sea, que a grandes rasgos lo que habría que hacer es generar una burbuja para cambiar las expectativas y regenerar la inversión

No obstante, está por ver si estas políticas funcionarían en Alemania. Mientras que en Estados Unidos surte efectos, en Japón han tenido que volver a imprimir billetes como si el límite fuesen los bosques del Amazonas. Después de veinte años, los nipones no consiguen reactivar la economía por más que inunden el mercado de dinero. La cosa pinta bastante mal. Y el problema reside en que, puestos a comparar, Alemania se parece mucho más a Japón que a Estados Unidos, ya sea por una demografía que envejece, unos costes energéticos altos, una banca zombi, un elevado gasto público, unos mercados de bienes y servicios menos flexibles, un mercado laboral más rigido, los tipos de empresas o unas expectativas de retornos de las inversiones bastante menores. Se parece tanto que la curva de tipos de Alemania traza un dibujo exactamente igual a la de Japón. Es decir, las expectativas de inflación y de actividad son las mismas que las de los nipones. Alemania y con ella la zona euro ya está pisando un terreno muy pantanoso… sin que Europa tenga la misma cohesión social que Japón.


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