Economía

La Escuela de Filosofía que hizo del banquero Jaime Botín un discípulo de los grandes pensadores

La firma de los artículos de Jaime Botín como alumno de la Escuela de Filosofía ha despertado cierta curiosidad sobre los estudios del menor de los Botín. Pero la pasión del recientemente sancionado banquero no es nueva. Lleva años explorando el pensamiento filosófico y ahora, retirado, puede dedicarse en cuerpo y alma a todas esas aficiones que justificaron en su día su fama de hippie e indisciplinado.

¿Qué es el bien? ¿Qué es Dios? No son éstas las típicas reflexiones de Vozpópuli de un domingo por la mañana, sino los enunciados de algunas de las lecciones incluidas en el temario de la Escuela de Filosofía, esa de la que Jaime Botín presume de ser alumno y aprovecha para promocionar en sus últimos artículos en El País, aunque puede que lo que busque es simplemente promocionarse a sí mismo como una mente inquieta, un profundo conocedor de los maestros clásicos, un erudito. Las opiniones del expresidente de Bankinter -recientemente sancionado por delito societario- sobre la moral católica y, por extensión, la de sus practicantes, dieron que hablar por lo paradójico de su discurso, pero la manera de firmar los artículos como alumno de la Escuela de Filosofía también fue motivo de chascarrillo. Pero, ¿por qué tanto revuelo si Botín siempre ha sido un hombre cultivado, un espíritu libre difícil de amarrar al rígido mundo financiero?

A sus 77 años, el menor de los hermanos Botín no se resigna y quiere seguir ampliando sus ya extensos conocimientos. Pero no es nuevo en esto de la Filosofía, en cuyo estudio lleva sumergido más de seis años. En la Escuela de Filosofía, situada en el acomodado barrio de Arturo Soria (Madrid), tampoco es un recién llegado y ya en 2011 figuraba como uno de los alumnos reseñables. Este centro de estudio, ideado como un lugar para pensar y debatir, es el elegido por importantes directivos, altos ejecutivos y banqueros, pero la propia escuela huye de la etiqueta de elitista y se presenta como un lugar heterogéneo, “para gente de todo tipo y diferente nivel económico” donde también estudian arquitectos, abogados, amas de casa o jubilados. Pero en definitiva, es un oasis de sabiduría donde los empresarios de más de 40 buscan respuestas y encuentran otros puntos de vista con los que afrontar sus retos profesionales.

Directivos, altos ejecutivos, banqueros, pero también jubilados y amas de casa acuden a la Escuela de Filosofía no para conseguir un título, sino para adquirir conocimiento, pensar y debatir

Sin embargo, los precios no son tan populares: 4.750 euros los cursos anuales (9 meses) y 2.375 euros los cuatrimestrales. El sistema de becas que ofrece a través de su Fundación es lo que permite que personas con menos recursos también puedan acceder a la academia. No es éste el caso de don Jaime. La escuela, fundada por Gonzalo Mendoza -economista- y Jorge Úbeda -doctor en Filosofía por la Universidad de Comillas- no ofrece una titulación ni una formación similar a la de un máster, sino conocimiento. Desde el centro explican que no es necesario tener estudios previos, pero que, con toda seguridad, el alumno sale con muy buena formación. Todo gracias al altísimo nivel del profesorado y el reducido tamaño de las clases (grupos de en torno a 15 alumnos).

Escojamos a uno de los más grandes filósofos griegos: Sócrates. Su enseñanza se basaba en orientar a las personas en la búsqueda del bien y de la justicia. El pensador identifica virtud con conocimiento, y vicio con ignorancia, es decir, no se puede actuar de manera justa si no se conoce el bien, pero por otro lado es imposible dejar de hacer lo justo una vez conocido. Es probable que Botín haya pasado de largo sin estudiar las teorías de Sócrates; puede que no comparta sus reflexiones; o todo lo contrario, que las haya integrado tanto que justifique sus escándalos con el desconocimiento.

Puede que el banquero filósofo no supiera que él y otros 11 miembros de la saga Botín debían pagar el IRPF y el Impuesto sobre el Patrimonio por los 900 millones heredados (una cantidad que podría llegar hasta los 2.000 millones) que mantenían ocultos en cuentas suizas del HSBC desde que Emilio Botín padre (1903-1993) trasladara al país helvético su patrimonio para protegerlo durante la Guerra Civil. Según el propio expresidente de Bankinter, “la Administración tributaria nunca me preguntó, ni indagó, ni investigó mis bienes en el extranjero”, algo que desmiente el juez Andreu en su auto de junio de 2011 (puntos 2 y 3). Del mismo modo, puede que Jaime Botín desconociera también que ocultar la posesión de un paquete de acciones en Bankinter (8%) que le convertía en el mayor accionista de la entidad incumplía la Ley de Mercado de Valores. Una infracción “muy grave” por la que ha sido sancionado con 700.000 euros.

Jaime Botín nunca fue el típico banquero tradicional y cosas como irse a navegar en plena agitación financiera o abandonar un consejo por ir al teatro han labrado su fama de indisciplinado 

Un banquero hippie con otras prioridades

Muy poco se sabe del que fuera presidente de Bankinter y vicepresidente del Banco Santander y apenas hay fotos suyas. Pero es así porque él lo quiere de esa manera. Los focos, cuanto más lejos mejor. Jaime Botín nunca fue el típico banquero tradicional, que vive por y para el banco, más bien todo lo contrario. Fuentes del sector financiero aseguran que siempre tuvo fama de hippie (hippie pudiente, se entiende), pero no es una fama infundada, sino ganada a pulso. Y es que Jaime Botín solía hacer cosas impropias de un gran financiero, como desaparecer con su barco durante 20 días en épocas de auténtica efervescencia financiera o levantarse en medio de un consejo para ir a ver una obra de teatro. Para él, navegar o pasar la tarde sentado en un patio de butacas siempre fueron prioridades por encima del deber bancario. No le gustan las reuniones, prefiere jugar al golf.

Cuentan las mismas fuentes que su retirada en 2004, cuando se desligó de la cúpula del Santander y abandonó Bankinter, no fue otra cosa que una muestra de su forma de ser. Quería vivir la vida. Como máximos dirigentes  del imperio bancario, primero su padre y después su hermano Emilio, animaron al díscolo Jaime e intentaron hacer de él un banquero disciplinado. No hubo manera.  

Amante de la poesía, la música -quizá algo alternativa para su tiempo- y la cultura en general, siempre se ha diferenciado de su hermano en ese aspecto y se ha declarado laico, desmarcándose de las profundas creencias religiosas de don Emilio. Mientras él -licenciado en Derecho y Ciencias Económicas por la Universidad de Deusto- domina a la perfección varios idiomas, el presidente del Santander tiene serios problemas con el inglés y, aunque lo intenta, el “good evening to everyone” de los vídeos corporativos de la entidad deja mucho que desear.

Pero las inquietudes culturales no son la única diferencia entre ambos hermanos. Si en algo son radicalmente opuestos es en la forma de asumir sus responsabilidades. Emilio Botín se levanta todos los días a las 6 de la mañana y visita la Ciudad Financiera del Santander. No mucho más tarde ya ha leído la prensa española e internacional y sabe qué dicen los medios sobre su banco. Además, no tiene ningún problema en convocar a su equipo un domingo por la tarde para trazar la estrategia con la que afrontar la semana ni cruzar el océano para cerrar una operación personalmente. Jaime, por su parte aborrece cualquier formalismo y su grado de implicación está a años luz.

Al leer sus artículos en El País, más de uno pensaría, ¿puede este señor hablar de mal ejemplo, ética y corrupción?

Lecciones de honradez de dudosa procedencia

Paradójicamente, y pese a un currículum en el que aparecen las palabras evasión fiscal y delito societario, parece que las clases de Filosofía hayan animado a Jaime Botín a dar lecciones de honradez desde la tribuna que le cede ocasionalmente El País. Su artículo titulado Moral católica -en el que criticaba la moral hipócrita heredada, el colapso ético y el mal ejemplo del Gobierno y las instituciones, algo que “no se puede soportar”- provocó la reacción de otros medios de comunicación, que no hicieron más que plasmar en un texto la idea que le vino a la cabeza a la mayoría de los lectores que leyeron la opinión del exbanquero: ¿puede este señor hablar de mal ejemplo, ética y corrupción? Y Botín respondió en La moral católica y sus practicantes, no sin nuevas réplicas.


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