Economía

El rapto de Europa: Syriza lleva al proyecto europeo al borde del precipicio para provocar la intervención de Merkel

El objetivo del Gobierno griego siempre ha consistido en elevar las discusiones hasta la mismísima Merkel. Cuanto más arriba estén las negociaciones, más probabilidades hay de que se tome una decisión política que alivie el ajuste y que se pueda vender como una victoria de cara al electorado doméstico.

Alexis Tsipras y Angela Merkel.
Alexis Tsipras y Angela Merkel. EFE

El titular de Exteriores de Eslovenia tenía programada una gira oficial por España y otros países socios del Oeste de Europa. Y allá fue desde Liubliana... ¡en coche! Salía más barato ir de un Estado a otro en un mero utilitario que ir cogiendo aviones de una capital a otra. Otro ejemplo de austeridad lo constituye Eslovaquia, cuya Ley de Estabilidad recoge que tan pronto la deuda sobrepasa el umbral del 53 por ciento del PIB se congelan los salarios públicos. Y así llevan un par de años con los sueldos topados. La austeridad a la que con tanto ahínco se resiste Grecia tiene algunos de sus más exaltados defensores entre los Estados más pobres de la eurozona.

Con los datos de renta per capita de 2012, hasta siete países de la zona euro son más pobres que Grecia: Eslovenia, Portugal, Malta, Eslovaquia, Estonia, Lituania y Letonia. Cinco de ellos tienen salarios mínimos, retribuciones por hora y pensiones bastante más bajas que en Grecia. Sin embargo, eso no ha sido óbice para que tengan que aportar al rescate de los helenos. Es más, prácticamente todas estas economías han sufrido en sus carnes crisis tan corrosivas como la griega. Portugal ha tomado medidas, al menos, igual de lacerantes. Y la debacle de los bálticos se antoja especialmente severa porque se sometieron a la terapia de austeridad de golpe y sin devaluar, vinculando sus volutas al euro. Sólo en un año, Letonia abordó un ajuste fiscal sin parangón, del orden del 11 por ciento del PIB. Entre 2008 y 2010, el PIB letón se desplomó un 25 por ciento y una décima parte de la población emigró al extranjero. El propio economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, confesó en público que no pensaba que lo fuesen a conseguir en tanto en cuanto ligaron sus destinos a la moneda única europea...

Cuando escuchan a Varoufakis quejarse amargamente, los ministros de Finanzas de los países más pobres del euro se muestran más críticos que nadie

Pero los bálticos se ataron los machos y demostraron un estoicismo a prueba de fuego con tal de entrar en el euro y huir del área de influencia de Rusia. Si bien es cierto que se trata de economías pequeñas, abiertas y con costes laborales muy bajos, los países bálticos pronto se convirtieron en guía de la austeridad que con enormes costes sociales han seguido Irlanda, Portugal y España. Cuando escuchan a Varoufakis quejarse amargamente, los ministros de Finanzas de este 'club de los pobres' se muestran más críticos que nadie, incluso más que los halcones Schäuble y Dijsselbloem o que un Guindos que siente el aliento de Podemos en el cogote. Estos países no ceden fácilmente al chantaje al que está sometiendo Grecia al proyecto europeo. Desde luego, no tienen el complejo de ser ricos.

En una reunión tras otra, los helenos se niegan a cumplir con las exigencias de los acreedores a la espera de que al final se les perdone una parte de las reformas. Pero esa contumacia no sale gratis: en cuestión de meses ha generado una incertidumbre tal que ha interrumpido la recuperación que iniciaba la economía helena. Desde que llegó Syriza al poder, el paro ha vuelto a repuntar cuando en 2014 se habían generado 100.000 empleos en el sector privado. Por evitar un ajuste en pensiones e IVA de 2.000 millones de euros a lo largo de tres años, unos 1.000 millones de euros en depósitos salen de los bancos cada veinticuatro horas en los últimos días. Hasta el punto de que el BCE ya le ha prestado en estos meses a las entidades griegas el 35 por ciento del PIB. El pasado viernes, el Consejo del banco central inyectó otros 3.000 millones a las entidades griegas al objeto de que puedan aguantar hasta el lunes, día D en las negociaciones de Grecia con Europa. Si no se alcanza pronto un acuerdo con Bruselas, el BCE no tendría garantías de la solvencia de la deuda griega y dejaría de financiar a la banca helena, provocando la quiebra de ésta.

La estrategia del Gobierno de Syriza se antoja cada vez más evidente. Su intención era la de empujar al límite las negociaciones para que al final éstas se eleven hasta la mismísima Merkel, su principal acreedor. Y en ese sentido el show que han montado ha reportado dividendos. Este lunes podrán discutir directamente con la canciller, saltándose al incómodo grupo de ministros de Finanzas trufado de halcones. Una vez allí, enfrentarán a la canciller con la responsabilidad de romper o no el euro. ¿Qué son 2.000 millones comparados con el futuro del proyecto europeo?, le dirán. ¿Acaso te vas a arriesgar a comprometer la seguridad de la UE entregando una posición geoestratégica en los Balcanes a Rusia?, añadirán. ¿Y quién parará la oleada de inmigrantes que fluirá por ese corredor? ¿O qué impacto tendrá en la credibilidad del euro y del resto de países de la periferia? ¿Encarecerá su ya de por sí alta deuda lastrando la recuperación? ¿Y cómo piensa recuperar todo lo prestado a Atenas si retorna al dracma?

En realidad, tras todo este teatro se esconde la intención de Syriza de consolidarse como un partido de Gobierno: la formación que plantó cara a la todopoderosa Troika

Llegados a este punto, tratarán de extraer algunas concesiones mediante un acuerdo político que sea puramente decisión de Merkel, lejos de un Eurogrupo que se antoja demasiado hostil. Basta con arrancar algo, lo suficiente como para poder trasladar al electorado que nunca se humillaron de la forma que lo hicieron los anteriores Ejecutivos. Aun a riesgo de haber cortocircuitado la recuperación, para Tsipras es esencial distinguirse de la casta de políticos anteriores. En realidad, tras todo este teatro empuñando la bandera del orgullo nacional se esconde la intención de Syriza de consolidarse como una formación de Gobierno: el partido que plantó cara a la todopoderosa Troika.

No obstante, Tsipras está jugando con fuego. Grecia es de largo el que más tiene que perder con esta estrategia. Sin el respaldo del rescate europeo, el BCE desenchufará a las entidades de su línea de liquidez. Al día siguiente, habría que imponer un corralito a una banca sin liquidez y hasta las cejas de deuda pública griega y, por lo tanto, quebrada. La financiación a la banca, el crédito, la inversión y los pagos se detendrían. Privados de euros, la banca podría incluso verse forzada a un bail-in, esto es, una quita a sus accionistas y depositantes...

A menos que el Gobierno salga del euro, acuñe una nueva moneda o pagaré y con eso recapitalice los bancos. Lo que a su vez conllevaría de inmediato una devaluación brutal de la nueva divisa y, por consiguiente, de la capacidad adquisitiva de los griegos. La inflación se dispararía y el ajuste que habría de acometer el Gobierno heleno sería salvaje. Bajo semejante espiral, los pensionistas, asalariados públicos y clases menos pudientes que Syriza quería proteger de los recortes serían los más perjudicados. En cambio, los ricos que hayan sacado sus euros fuera podrían retornar al país más adelante y comprarlo a precio de risa. El Gobierno de Syriza terminaría cayendo. Las ganancias en competitividad tan sólo se apreciarían después de haber empobrecido brutalmente al país. Y el riesgo todavía peor es que los griegos se quedasen descolgados de Europa. Fuera de las instituciones comunitarias, la tentación de los políticos siempre radicaría en devaluaciones monetarias que brindan una respiro temporal pero que postergan las reformas y acaban generando un país más atrasado. Y todo ello lo sabe el grueso de los griegos.

La cuestión central de la reunión de este lunes estriba más bien en si los europeos se hartarán de una vez por todas de Grecia. Aunque tampoco parece que eso vaya a suceder durante esta semana. Los mandatarios son conscientes de los enormes costes que implicaría la salida de Atenas: impagaría su deuda con los socios europeos, habría que orquestar un nuevo rescate de ayuda humanitaria con todavía más recursos y el proyecto de Unión se vería de nuevo en la picota por más que existan instrumentos de sobra para aplacar las turbulencias de los mercados gracias al amparo del BCE. A pesar de que la decisión se halle en manos de una líder procedente del frío y austero Este de Europa, la responsabilidad de romper el euro no es poca cosa. En principio, Merkel no se atrevería.

El verdadero problema de la UE radica en que está formada por países muy distintos, desde la indisciplinada Grecia a la sacrificada Letonia pasando por una Francia alérgica a las reformas y una Alemania que pone un ritmo en cabeza muy duro. No existen mecanismos que alivien estas tensiones

La mejor política oficial que podemos esperar es la de la patada hacia delante. No hay liderazgo para decirle a la gente que se pueden mutualizar deuda y riesgo. De modo que en vez de eso con Grecia se articuló una quita encubierta sin comunicárselo a los votantes del Norte. La realidad es que por un lado se prestaron 20.000 millones de euros para recapitalizar la banca helena. Y por otro se canjeó toda la deuda en manos del sector privado por deuda pública europea con unas condiciones de financiación baratísimas y que pueden alargarse sine die. O lo que es lo mismo, por obra y arte del fondo europeo de rescate y el BCE en la práctica la carga de Grecia se puede convertir en una suerte de deuda perpetua que en verdad supone una quita siempre y cuando no se le diga a los electores.

Así que lo más probable es que en el más habitual estilo europeo se aplique un nuevo parche de este tipo. Pero el problema de fondo no son unos griegos que irresponsablemente engordaron la nómina de sus pensiones y de sus asalariados públicos. El problema tampoco es que ahora incluso quieran recurrir descaradamente a la misma política de recontratar funcionarios. El verdadero problema radica en una Unión Europea formada por países muy distintos, desde la indisciplinada Grecia a la sacrificada Letonia pasando por una Francia alérgica a las reformas y una Alemania que pone un ritmo en cabeza muy exigente aunque necesario. Salvo la disciplina pura y dura, no existen mecanismos que alivien estas tensiones y, en consecuencia, el sistema se basa en un Tourmalet constante de reformas siguiendo al panzer tudesco.

Todos tienen que ser financieramente independientes y se pierden las sinergías que podrían generarse de existir una mayor integración. Del mismo modo que California o Detroit quebraron sin poner en duda la existencia de EEUU, Grecia tendría que haber podido incurrir en el default sin que la banca o unos servicios mínimos estatales dejasen de funcionar. En lugar de integrarnos para poder hacer eso, nos hemos metido a competir dentro de la misma jaula del euro. Y eso ya está siendo extenuante para unos votantes que pueden acabar propiciando un giro contra la Unión Europea. ¿Hasta cuándo podrán aguantar en estas condiciones los partidos de Gobierno convencionales en los países del Sur, incluido Francia?


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