Economía

Los inversores retornan a los PIGS, pero ¿se enfrenta Merkel a una rebelión en las urnas desde Atenas a París?

Grecia ha recuperado el acceso a los mercados. El euro está a salvo. Pero los siguientes pasos se antojan también plagados de amenazas. La deuda sigue siendo un problema para todo el arco mediterráneo. Todavía hay que reducirla y el nuevo reto consiste en disciplinar a Italia y Francia al tiempo que los populismos cobran fuerza por toda la periferia. Merkel aún tendrá que hacer uso de cierta mano izquierda si quiere que prosigan los procesos reformistas.

El primer ministro griego, Antonis Samaras (d), y la canciller alemana, Angela Merkel (i), se estrechan la mano tras una rueda de prensa.
El primer ministro griego, Antonis Samaras (d), y la canciller alemana, Angela Merkel (i), se estrechan la mano tras una rueda de prensa. EFE

Cuentan que un camarero entró para servir el desayuno en la suite que alojaba a George Best, el gran futbolista del Manchester United premiado con un Balón de Oro y notorio por su relación con las mujeres y el alcohol. Por el suelo, se desperdigaban regueros de billetes, fichas de casino, lencería fina y botellas vacías de Dom Pérignon. En la cama, George Best yacía con una Miss Mundo. Y el camarero no tuvo otra ocurrencia que preguntarle: "Dios mío, George, ¿qué ha podido ir mal?".

Sentado en la barra de un bar de Atenas, el periodista griego y autor de la biografía no autorizada de Yorgos Papandreu, Yannis Symeonides, relataba esta historia al preguntarle cuándo se jodió Grecia. Miles de personas cobraban pensiones de sus familiares difuntos, los jóvenes podían estudiar en universidades extranjeras con todo pagado a cargo del Estado, la evasión fiscal estaba al orden del día, los políticos compraban votos a costa subsidios... Y cuando se vio que ya no se podía más, entonces se mintió sobre la verdadera situación de las cuentas públicas con el resultado por todos conocido.

Cinco años más tarde, los inversores han recuperado el gusto por los PIIGS. Después de haberse convertido en una especie de laboratorio de prueba y error de las políticas de austeridad, Grecia ha conseguido un superávit primario, es decir, que los gastos por fin se hayan ajustado a los ingresos una vez se descuenta el coste de los intereses de la deuda, hecho que no ha logrado por ejemplo el Reino de España. Y esta misma semana el Gobierno heleno ha acudido a los mercados y ha sido acogido con una gran demanda, igual que ocurrió antes con Portugal e Irlanda. La propia Merkel visitó esta semana Atenas con el objetivo de respaldar al primer ministro Antonis Samaras. En España, el interés que reclaman los inversores para comprar nuestra deuda ha caído por debajo incluso del exigido al bono estadounidense o el de Reino Unido. ¿Qué ha sucedido? ¿Por fin estamos saliendo del agujero?

Ciertamente, hay algunos motivos para el optimismo. Se han establecido mecanismos para controlar los desequilibrios presupuestarios y económicos de los distintos países. Aunque todavía a pequeña escala, se ha avanzado en la unión bancaria. Y, en definitiva, se ha despejado el riesgo de ruptura del euro.

Por otra parte, los precios de los activos se consideran bastante bajos por diversas razones: todavía proceden de momentos en los que reflejaban situaciones próximas a la quiebra, la banca necesitaba deshacerse de activos de cara a los test de estrés, el mercado espera una nueva expansión monetaria del BCE y la economía europea en su conjunto aparece mucho más competitiva, sobre todo si se atiende a su balanza por cuenta corriente, que asciende al 2,3 por ciento del PIB en 2013. De modo que en un contexto de liquidez masiva y donde cada vez es más difícil obtener rentabilidades altas, los inversores han retornado en masa a la periferia europea. Incluso a Grecia.

¿El fin de los problemas?

Pero esto no significa que los problemas estén resueltos. En el caso de Grecia, su endeudamiento público alcanza el 175 por ciento del PIB, unos niveles poco sostenibles. A lo largo de todo el arco mediterráneo, la deuda pública sigue al alza y ahogando las economías a la vez que las perspectivas de inflación y crecimiento bajos se instalan y, por lo tanto, hacen más difícil pagar la deuda. La demanda y en consecuencia el empleo no se reactivan con fuerza, lo que provoca que las empresas dejen de invertir. Prácticamente toda la liquidez se destina al gasto público, que a su vez ha recortado la inversión pero mantiene todo el gasto social, mucho más improductivo. Y todos los esfuerzos de la economía por vender se concentran en el exterior, razón por la cual los salarios han de mantenerse a la baja.

Si encima Alemania acumula un superávit por cuenta corriente del 7,5 por ciento del PIB, el resto de países está encerrado bajo la misma moneda con un gigante increíblemente competitivo. Es decir, que los germanos siguen exportando en lugar de consumir para contribuir a la recuperación de la periferia. Y ello les está permitiendo ser los únicos que están reduciendo tanto su deuda pública como privada.

En estas condiciones, Grecia ha perdido durante la crisis un cuarto de su PIB y la eurozona un 4 por ciento. En cambio, el PIB de EEUU ya avanza un 6 por ciento. Si España consigue un interés más bajo que Estados Unidos, este fenómeno se explica porque la actividad y por consiguiente la inflación se espera que sea mucho más baja durante bastante tiempo, ya que el inversor siempre busca protegerse de los repuntes de precios en esa moneda. En realidad, los inversores sencillamente pronostican un estancamiento de la economía.

Mucho por hacer

Aunque la lógica del Gobierno de Atenas consiste en recuperar la confianza, atraer inversión y que finalmente Samaras pueda tener opciones de cara a las próximas elecciones, esa financiación obtenida en el mercado resulta más cara que la de la Troika. Lo cual obliga a preguntarse si el Ejecutivo heleno no estará pagando una prima con tal de poder ralentizar las reformas y los recortes pendientes. Todavía ha de ajustar el gasto público, liberalizar más sus mercados y lograr un superávit primario del 4 por ciento del PIB para hacer sostenible su deuda, una proeza harto improbable.

Así que la alta demanda de bonos griegos simplemente revela unos mercados otra vez a lomos de una burbuja, con los riesgos que ello conlleva. Y tristemente ya sabemos de sobra cuán mudables pueden ser estos inversores.

Si Europa quiere romper con estas dinámicas de una vez por todas, ha de retornar a un crecimiento mayor que el actual, capaz de amortizar deuda. Pese a los indicios de recuperación, el problema radica ahora en que Francia e Italia no consiguen retomar con vigor la senda del crecimiento. Merkel necesita que estos dos países se sacudan la atonía. Sin ellos, la reactivación no puede ganar impulso.

Y en este momento dos personajes que estrenan el puesto de primer ministro se perfilan como instrumentos imprescindibles: los socialdemócratas Manuel Valls y Mateo Renzi han prometido que acometerán reformas del Estado del Bienestar, del mercado de trabajo y del tamaño del sector público. En Francia, el Gabinete de Valls precisa llevar a cabo entre 2015 y 2017 un recorte presupuestario de 50.0000 millones y una rebaja de las cotizaciones sociales por valor de 30.000 millones, mientras que en Italia Renzi ha anunciado una reducción del gasto del orden de los 34.000 millones en los próximos tres años.    

Pero los dos se enfrentarán a una oposición cada vez más feroz y un electorado fatigado por la austeridad que vira hacia los populismos. Desde Atenas a Madrid pasando por París y Roma, el problema también es político.

Rebelión en las urnas

En Grecia, el partido de la izquierda radical Syriza se perfila como el más votado. Los socios de Samaras pertenecientes al Pasok y el Movimiento Socialista Panhelénico pierden apoyos a manos de Syriza. Y el propio partido del primer Ministro, Nueva Democracia, comprueba que una parte de sus bases se radicalizan e incluso votan a la extrema derecha de Amanecer Dorado.

En España, la suma de los dos principales partidos podría quedar por primera vez por debajo del 60 por ciento del voto en las elecciones europeas. Y si no se ha conseguido reconducir el déficit con el PP disfrutando de una mayoría absoluta y controlando casi todas las CCAA, ¿qué pasará con un Congreso fragmentado? Incluso así, la mayor amenaza se halla en la fuerza centrífuga del nacionalismo catalán.

Y en Francia e Italia sus dirigentes se enfrentan a serios obstáculos en el frente político. Valls habrá de superar las resistencias del ala más izquierdista de su partido al tiempo que observa como la extrema derecha de Le Pen engrosa adeptos. Y Renzi aún ha de demostrar que puede forzar al Congreso a respaldar sus reformas y evitar un mayor avance del Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo.

Por todo ello, Valls y Renzi quieren combinar las dosis de reformas con rebajas de impuestos que compensen el sacrificio y que supongan un estímulo, pero que también elevarán sus respectivos déficits públicos otra vez para mayor irritación alemana. Un tren al que además podría intentar sumarse España de cara a los distintos comicios que se avecinan de aquí a finales de 2015.

Si Merkel quiere que el proceso reformista no se interrumpa, va a necesitar de cierta mano izquierda con la que conceder un poco más de margen presupuestario a los galos y transalpinos. No en vano, el canciller Schröder tuvo que aumentar el gasto público para poder aprobar las reformas que hicieron tan competitiva a Alemania. La canciller no debería desaprovechar esta oportunidad que le brindan Valls y Renzi. Podría ser la última antes de que todo empiece de nuevo a ir mal.


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