Economía

Las cinco claves de la Cumbre Europea que decidirá el lunes el futuro de Grecia

¿Se atreverá la canciller Angela Merkel a poner en cuestión la moneda única por solo 2.000 millones de euros? Ésa es la apuesta del Gobierno heleno...

Yanis Varoufakis en la Unión Europea.
Yanis Varoufakis en la Unión Europea. EFE

Nadie esperaba un acuerdo sobre el futuro de Grecia en la reunión de ministros de Finanzas europeos celebrada este jueves. Pero según se desprendió de las palabras del presidente del Eurogrupo en la rueda de prensa, ni siquiera parece que se lograse algún tipo de avance: “Grecia tiene que cumplir con lo comprometido en el programa pero no está ni siquiera cerca”, comentó Jeroen Dijsselbloem.

Todo se deja para una nueva cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que se celebrará el próximo lunes y en la que se dirimirá el futuro de Grecia. A continuación, les ofrecemos cinco claves que definirán este encuentro:

La primera es la naturalidad con la que ya se asume una hipotética salida de Grecia del euro. Por más que el presidente del Eurogrupo insistiese en que el único plan ahora mismo era alcanzar un acuerdo, en un momento dado de la conferencia explicó casi de pasada que, por supuesto, las instituciones tenían ya completamente preparado el riesgo de “eventualidades”, algo que antes nunca se habría pronunciado con tanta ligereza. Dijsselbloem lo dejó caer casi como si fuese una cosa aceptada. A cada día que pasa se trasluce de manera más clara que los países del euro no formarán unos Estados Unidos de Europa, sino más bien un club de Estados muy dispersos que tienen que cumplir unas reglas si quieren seguir en él. Durante la rueda de prensa, se insistió mucho en que Grecia tenía que convertirse en un país “financieramente independiente”. O lo que es lo mismo, la solidaridad va a estar muy limitada, y eso nos tiene que llevar a una competencia permanente y que en el caso de los peor preparados puede causar cierta extenuación, sobre todo frente a una Alemania muy industrializada con la que es harto complicado competir.

En segundo lugar, los griegos están empujando las negociaciones al límite en busca de una suerte de decisión política que les perdone otro sacrificio. De cara al consumo doméstico, para Tsipras es esencial distinguirse del anterior Gobierno de Samaras escenificando que ha peleado hasta el último minuto. Los griegos se muestran partidarios de permanecer en el euro y son conscientes de que fuera de la moneda única hará mucho, mucho frío. Pero a la vez brindaron a Tsipras en las elecciones un mandato inequívoco de acabar con lo que se entendía como una actitud genuflexa de sus gobernantes. Se trata ya de una cuestión de orgullo nacional, sin importar que en el intento la economía pierda muchísimo más que si se hubiesen aplicado los recortes que se pretenden evitar.

Tercera clave: ¿dónde se han estancado ahora las negociaciones? Pues hay dos medidas que lo han complicado todo. La primera consiste en el recorte a las pensiones más bajas. Y la segunda es la subida del IVA aplicado a la electricidad y las medicinas. Bruselas no tiene ningún problema en que estas iniciativas se sustituyan por otras que surtan los mismos efectos en términos de ajuste. No en vano, considera que ha reducido mucho el esfuerzo fiscal que Grecia debe abordar. Es más, cree que el alivio va más allá del impacto producido en las cuentas por la recaída en la recesión. Sin embargo, los griegos argumentan que ya han recortado todo hasta el tuétano. Sólo les queda meter la tijera a las pensiones y los salarios públicos, que ya han sido varias veces podados. En su opinión, restan muy pocos ajustes que ofrecer a cambio de esas dos medidas. Y en consecuencia han decidido no ofrecer nada más. Pese a que Bruselas les reclama una propuesta, una y otra vez los griegos vuelven a la mesa de negociación sin más medidas. “Lo que proponen es demasiado poco como para ser seriamente incluido en un acuerdo”, aseguró Dijsselbloem. La exasperación hizo decir a la presidenta del FMI, Christine Lagarde, que estaba deseando tratar de nuevo con “adultos”.

Cuarta: el ajuste que están exigiendo a Grecia asciende a los 2.000 millones de euros, ¿pero qué son 2.000 millones cuando lo que está en juego es el futuro de Europa?, ¿cuánto vale entregar la posición geoestratégica de Grecia a Rusia o China? En principio, el BCE debería ser capaz de aplacar con su artillería cualquier turbulencia que se generase a corto plazo en los mercados. Pero de cara a las próximas crisis, ¿cuánto vale perder la sensación de que el euro es algo irrevocable?, ¿cuánto puede encarecer eso a la larga la deuda de la periferia?   

Quinta, la opinión de Merkel. Como ya hemos mencionado, Grecia juega con que en última instancia será una decisión política. Las instituciones europeas repiten hasta la saciedad que la bola está en el tejado de Grecia. Pero los griegos en cambio no ofrecen nada y esperan a que el reloj corra entreteniéndonos con un show de declaraciones, amenazas e intervenciones grandilocuentes. “Mi mujer me dejaría si me rindiese”, fue el último comentario de Tsipras (sic).    

Con Hollande diluido por su situación en casa, el dilema de qué hacer con Grecia queda en las manos de Merkel, quien a su vez está asediada en su propio partido y por su propio ministro de Finanzas. El todopoderoso e influyente Schäuble lidera una sección de la CDU que se muestra abiertamente partidaria de dar la patada a los helenos para poder reforzar la Unión Europea. Mientras Grecia esté, no se podrá avanzar en la integración europea, manifiestan sin reparo algunos insignes germanos en privado. En la concepción teutona de la Unión, no habrá Mezzogiornos que se aprovechen del tirón del Norte.

Y la sospecha es que Tsipras quiere que la Troika esté fuera de Atenas porque es esencialmente alérgico a las políticas necesarias para seguir siendo competitivo en el euro. Quiere aumentar la contratación pública, pretende tener empresas estatales, y busca aumentar los salarios sin tener en cuenta la productividad. En cualquier momento, la cabra tirará al monte.

La desconfianza respecto a los griegos ha arraigado, máxime cuando Irlanda, Portugal, España, Estonia e incluso Chipre han demostrado que las recetas de choque de la Troika funcionan aunque sea a costa de una tremenda factura social. Y todos los artificios y juegos de Syriza tampoco ayudan. Es a todas luces evidente que los helenos aguardan al último minuto para forzar a la canciller a firmar una condicionalidad más suave. Como ya hemos apuntado, ¿se atreverá Merkel a poner en cuestión la moneda única por solo 2.000 millones de euros? Ésa es la arriesgada apuesta griega...


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