Economía

Schäuble vuelve a negar una reestructuración de la deuda que el FMI considera imprescindible

La eurozona traslada a Grecia que no espere un alivio a la deuda en un futuro cercano. Sin embargo, el FMI insiste en que se aplique una quita, cosa a la que se aferra Syriza. Pero, ¿cuáles son los motivos de unos y otros?, ¿es comparable la quita que tuvo Alemania en 1953 con la actual griega?, ¿y quién tiene razón, Berlín o el Fondo?

El primer ministro griego, Alexis Tsipras y la canciller alemana, Angela Merkel
El primer ministro griego, Alexis Tsipras y la canciller alemana, Angela Merkel EFE

El ministro de Finanzas alemán, el todopoderoso Wolfgang Schäuble, volvió a negarse una vez más este martes a recortar la ingente montaña de deuda griega. "Quienquiera que conozca los tratados europeos sabe que una quita no se permite en los rescates", dijo tajante a la entrada del Eurogrupo en el que una vez más se iba a discutir la asistencia a Grecia. Y ello a pesar de que el FMI acaba de publicar un estudio en el que considera imprescindible una reestructuración del endeudamiento heleno.

En concreto, el informe del Fondo sostiene que hace un año la dinámica de deuda se antojaba "sostenible aunque vulnerable". "Si el programa se hubiese implementado como se esperaba, no habría hecho falta más alivio de la deuda", afirma la institución sita en Washington. Básicamente, el organismo dirigido por Lagarde esperaba que el crecimiento y la generación de superávits antes del pago de intereses solucionasen el problema del excesivo endeudamiento. El análisis incluso destaca cómo Atenas había recobrado un cierto acceso a los mercados colocando varias emisiones de bonos.

Sólo que entonces llegó Syriza, al que el FMI critica muy duramente: "Desde principios de año, cambios muy significativos en las políticas y las perspectivas han resultado en un incremento sustancial de las necesidades financieras", concluye el estudio. Un desplome de la recaudación, la paralización de las privatizaciones, un crecimiento más bajo, la acumulación de pagos atrasados en el sector público y los nuevos agujeros de capital ocasionados en la banca hacen que las necesidades financieras de Grecia entre octubre de 2015 y finales de 2018 asciendan a los 50.000 millones de euros. En esas condiciones, no cabe asumir que el Estado heleno pueda registrar durante una década entera un superávit antes del pago de intereses del orden del 3 por ciento, la cifra que garantizaría la autonomía financiera del país y, por lo tanto, la reducción de la deuda. Y como además el acceso a los mercados pinta imposible, encima eso lo tendrían que seguir financiando los acreedores oficiales.

Los europeos exigen medidas menos duras que el FMI. Pero como no se fían de los griegos exigen que las reformas se implementen antes de poder hablar de un alivio a la deuda helena

Es decir, hay que exigir mayores ajustes, poner más dinero y practicar una quita a la deuda. A juicio de los técnicos del Fondo, tan sólo aplicando cuanto antes ese 'todo en uno' puede restablecerse la sostenibilidad de la economía y las cuentas helenas. En realidad, se muestran mucho más duros que los europeos con las medidas que demandan, pero a cambio ofrecen por delante la zanahoria de la reestructuración de deuda que, por otra parte, se antoja necesaria. Aprovechando que nadie se lee los informes, obviamente Syriza omite todo lo demás y se agarra a la parte de la reducción de la deuda para reclamar que se apruebe ya una quita como condición 'sine qua non' de cualquier pacto.

Sin embargo, esta opinión del Fondo choca frontalmente con la de los europeos. Para éstos lo primordial es que el país retorne antes al crecimiento. Sólo eso hará de verdad sostenible la deuda y, lo más importante, que los mercados la refinancien. En el fondo, los europeos piden unos ajustes menores. Pero como no se fían de los griegos exigen que éstos se aprueben primero. Sólo cuando se hayan completado las medidas, se podrá discutir la reestructuración de la deuda, que además debe hacerse ajustando los intereses y atrasando los vencimientos, sin que se toque el valor nominal para que los mandatarios no tengan que reconocer pérdidas de vuelta en casa. Entretanto, dar el dinero sin asegurar de nuevo el crecimiento es como regalarlo a un pozo sin fondo.

"Es una lástima. La reestructuración de la deuda está sobre la mesa desde 2012. Se planteaba como un premio a cambio de culminar las reformas. Cierto es que todavía quedaban algunas importantes por hacer, pero ya no suponía algo tan traumático porque la economía crecía a ritmos del 3 por ciento y en 2014 se crearon 100.000 empleos en el sector privado. Incluso ya se estaba hablando de que lo siguiente fuese una línea precautoria y no un programa de rescate. Sin embargo, el escenario se ha dado la vuelta y ahora sí que tenemos que negociar un salvamento mucho más duro, con el serio agravante de que para colmo se ha perdido la confianza en que el Gobierno heleno quiera de verdad aplicar las reformas. De ahí la imperiosa necesidad de que en primer lugar las implementen y, más adelante, se hable de un alivio de la deuda", explican varias fuentes consultadas al tanto de las negociaciones.

La deuda, caballo de batalla de Syriza

Aun a riesgo de haberse autoinfligido un tiro en el pie, los líderes de Syriza han hecho de la quita a la deuda su objetivo irrenunciable. Por lo general se aferran a tres argumentos para exigir un tajo inmediato: por un lado, esgrimen que los programas de rescate han disparado la deuda todavía más hasta el entorno del 175 por ciento del PIB. Por otro, afirman que sólo una pequeña parte de la ayuda ha terminado en manos de los griegos de a pie. Y, por último, recuerdan la quita que se brindó a Alemania en 1953 tras la II Guerra Mundial, la cual ascendió al 50 por ciento de su deuda externa.

Para saber cuál es la opinión al respecto de los dirigentes europeos primero hay que recapitular cuál fue la situación, qué se hizo y bajo qué prisma: si retrocedemos al 2011, el Estado griego experimentó un déficit del 15 por ciento del PIB que tenía que financiar en los mercados y, por tanto, aumentando brutalmente su deuda. Para dar una idea de lo que es eso, en la práctica Grecia estaba financiando con deuda el equivalente a toda la nómina de las pensiones. Y la cosa no se quedaba ahí. También destinaba casi un 7 por ciento del PIB al pago de intereses, un desembolso superior a todo el gasto en Sanidad. Es decir, cerca de la mitad del gasto público griego estaba capturado por la deuda. En medio de un contexto de restricción financiera, la espiral ascendente era imparable y nadie quería prestar a los griegos...

Europa tenía que actuar porque además Grecia amenazaba con extender el pánico como si de un dominó se tratase por dos vías: la banca y los periféricos. En el caso de las entidades, éstas estaban interconectadas por haberse prestado entre ellas y cualquier desplome de una podía acabar arrastrando al resto. En lo tocante a los periféricos, se apostaba por cuáles acabarían saliendo del euro. A su vez, Estados y bancos estaban ligados de forma que si caían unos terminarían empujando a los otros a la bancarrota y viceversa. En medio del pánico, los países se rascaron el bolsillo para prestar a Grecia y luego crear un fondo de rescate que pudiese financiar los salvamentos.

Con ese dinero público europeo se hizo un canje de la deuda griega en manos de acreedores privados. Al sufrir el cambio de bonos, los tenedores encajaron una quita del 50 por ciento en términos nominales y del 70 por ciento en términos reales. Sobre el papel, el título que recibían valía la mitad. Pero si además se tenía en cuenta que los intereses eran más bajos y que el dinero se recuperaría más tarde, entonces los acreedores perdían de hecho un 70 por ciento de su valor presente o real. Por cierto, entre los que sufrieron la pérdida estaban también los fondos de pensiones helenos.

Una vez sustituida la deuda privada por la pública, los acreedores oficiales pudieron ofrecer otra ronda de ayuda y mejorar las condiciones financieras. Hasta el punto de que a fuerza de alargar los vencimientos y bajar los intereses se llevó a cabo una nueva reestructuración de la deuda. Aproximadamente la mitad de la deuda pública griega se encuentra en posesión del fondo de rescate europeo conocido como Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF). Pues bien, a esa deuda se le concedió un periodo sin pago de intereses de 10 años y un vencimiento medio de 30 años. Por dar una idea, la deuda alemana presenta un vencimiento medio de 8 años. Y como bien saben, no vale lo mismo un euro que hay que devolver el año que viene que uno que hay que devolver dentro de 30 años. A todas luces, sin tocar el nominal del bono se está haciendo una quita de su valor real por la puerta de atrás, confundiendo intencionadamente los conceptos de refinaciación, reestructuración e impago.

En una Europa en la que están prohibidas las transferencias, Atenas ha logrado dos quitas: la primera aplicada a la banca por el 70% del valor real de los bonos, y la segunda a la deuda en manos del FEEF por el 50% del valor real

Según los cálculos del FEEF, gracias a este reprofilingel valor real de la deuda que ellos poseen ha descendido un 50 por ciento si se compara con los actuales precios de mercado. El alivio de la deuda que mantiene el fondo de rescate europeo ha sido enorme, y eso permite que la carga financiera haya disminuido drásticamente. Si en 2011 Grecia abonaba en intereses unos 12.000 millones al año, ahora tan sólo desembolsa unos 3.500 millones de euros. Por obra y arte de la ingeniería financiera, los griegos han conseguido la financiación para seguir haciendo frente a sus obligaciones y un ahorro anual de unos 8.500 millones de euros, justo el 4,5 por ciento del PIB que se gasta el Estado heleno en Educación. A pesar de su enorme deuda, Grecia disfruta de unos tipos medios iguales que los de Francia y apoquina por el capítulo de intereses bastante menos que cualquier otro país de la periferia incluido España. Ya quisiera cualquier otro Estado europeo esas condiciones de financiación.

Aunque el Gobierno de Tsipras razone que el volumen de la deuda griega es sencillamente impagable al rondar el 175 por ciento del PIB, un país como Japón la tiene en cotas superiores y nadie en el mercado la trata como si fuese insostenible. La clave reside en los plazos de vencimiento y en lo que abonan de intereses. Los nipones cargan con una deuda del 250 por ciento del PIB, pero su rúbrica de costes financieros tan sólo asciende al 1 por ciento del PIB y eso la convierte en una cantidad manejable que de no ocurrir una catástrofe podría refinanciarse 'ad eternum'. A partir de ahí, la deuda puede bajar porque el crecimiento real sea superior a la carga de intereses.

Por ejemplo, España fue capaz de reducir su deuda casi a la mitad en cuestión de una década, del 65 por ciento del PIB en 1996 hasta el 35 en 2007. Sin embargo, la cantidad nominal de deuda en realidad subió desde los 324.000 millones de euros hasta los 383.000 millones. El incremento del PIB sencillamente diluyó la deuda pública. Sólo que en el caso español hubo además un aumento del endeudamiento privado que facilitó esas tasas de crecimiento. En principio, Grecia no dispondrá de ese recurso fácil al crédito y por lo tanto la obtención de un superávit antes de intereses del 3 por ciento parece demasiado exigente. Sobre todo porque ahora la economía ha descendido de nuevo a los infiernos y habría que sostener esas metas presupuestarias durante muchos años consecutivos en la esperanza de que el crecimiento se mantenga una vez sea recobrado. Históricamente, no existe un país que lo haya logrado durante tanto tiempo seguido dado el carácter altamente cíclico del saldo presupuestario. De ahí que sea necesario un alivio de los pasivos de Atenas. Pero siempre y cuando hayan cumplido con las reformas que aseguren el retorno de la actividad y la inversión.

Respecto al incremento de la deuda, Grecia no tuvo más remedio que recortar un déficit situado en el 15 por ciento del PIB. En tanto en cuanto el agujero no se cerraba, la deuda seguía aumentando a velocidad de vértigo. Además, se tuvieron que destinar unos 12 puntos de PIB adicionales a recapitalizar unos bancos quebrados. Y todo ello al tiempo que el ajuste tenía obviamente un impacto tremendamente recesivo sobre una economía cerrada, muy fragmentada en islas y poco competitiva debido a los altos costes que ocasionan el peso del sector público, los oligopolios, la burocracia y el exceso de regulación. Si para colmo la economía sumergida erosionaba la recaudación y multitud de griegos decidieron prejubilarse en masa ante las perspectivas de recortes de derechos, el cóctel lamentablemente estaba servido. El denominador del PIB y los ingresos se desplomaron haciendo de la labor algo titánico. Algunos técnicos de la Troika admiten el error de no haber incidido más en las reformas, en especial aquellas que hubiesen bajado los precios para hacer más digeribles los ajustes.

Después de una hiperinflación y una guerra mundial, la quita a la deuda alemana de 1953 simplemente reflejó el brutal deterioro de los activos que respaldaban los pasivos, que muchas veces ni siquiera habían sobrevivido a la destrucción de la guerra. Verbigracia, un dinero tomado para construir una fábrica que luego habría sido bombardeada hasta las cenizas. Por no hablar de que muchas eran indemnizaciones de la anterior guerra. En el caso griego, esos activos permanecen además valorados en una moneda fuerte como el euro. En definitiva, Grecia se ha beneficiado de una reestructuración de la deuda incluso mayor que la recibió Alemania. Ha destinado el incremento de la deuda a pagar déficit y recapitalizar la banca para no perder los depósitos. Y todos los griegos se han beneficiado de esos dineros, también por unos tipos de interés más bajos que les permiten sufragar otras partidas. En una Europa en la que están prohibidas las transferencias, Atenas ha logrado extraer varias veces ayuda de sus socios europeos. Es más, si decide tomar por fin el camino de las reformas, le espera al final del camino una nueva reestructuración de la deuda.


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