Economía

La economía de la Eurozona despierta: ¿podemos creer en el final de la crisis?

Las recientes cifras económicas de algunos países de la Eurozona han sido una agradable sorpresa. Sin embargo, la gran duda es si tendrán continuidad.

La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente francés, François Hollande
La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente francés, François Hollande Gtres

Albricias, Europa por fin se despereza. En el segundo trimestre del año, el PIB de la eurozona creció un 0,3 por ciento. Una cifra muy exigua, bastante por debajo de los repuntes a golpe de dopaje protagonizados en Japón y EEUU, pero... ¿quizás suficiente para suponer una salida de la crisis?

Enseguida, surgió el eureka, y varios popes de la ortodoxia económica en la UE, entre ellos el ya polémico comisario europeo Olli Rehn o el ministro de Economía alemán Philipp Rösler, se apresuraron a comentar que este dato representaba una señal de que las políticas aplicadas eran las correctas. Sin embargo, ¿de verdad funcionan?

¿Milagro alemán?

Con la llegada del buen tiempo, Alemania y Francia retomaron su vocación natural de motores de la eurozona y se expandieron entre abril y junio un 0,7 y un 0,5 por ciento, respectivamente. Los germanos se beneficiaron del buen clima, que animó el consumo y, sobre todo, reinició la construcción. En pleno año electoral, después de haberse aferrado en sus primeros años al monedero y haber porfiado sobre cada céntimo que soltaba, la canciller Merkel se ha abonado a las alegrías del gasto. Gracias a que tiene un presupuesto saneado y un mercado de trabajo reformado y a pleno rendimiento, se ha permitido aprobar rebajas fiscales y elevar los desembolsos públicos. La inversión del Estado no entiende de austeridad y basta con alzar la vista en la capital alemana para observar grúas por doquier. Hasta el punto de que un reciente reportaje de Der Spiegel ha bautizado Berlín como la nueva legolandia, en parte por su nula estética y ausencia de planificación.

Sin embargo, pese a los buenas cifras arrojadas por las exportaciones tudescas, el lobby de la gran industria alemana hizo sonar las alarmas. Éste prevé una ralentización de las ventas al exterior debido a una caída muy fuerte de la inversión y la desaceleración de los países emergentes. Es decir, el tirón alemán no puede ir mucho más lejos y, por supuesto, no será tan robusto como para remolcar al resto del viejo y lúgubre continente.

¿La pócima gala del crecimiento?

Estamos en el año 2013 después de Jesucristo. Toda Europa está invadida por las políticas de austeridad... ¿Toda? ¡No! En el Elíseo, unos irreductibles galos todavía se resisten. El presidente Hollande sigue posponiendo los ajustes que le apremian desde el FMI a la Comisión, pasando por los inefables pero siempre contundentes mercados. Y ello ha contribuido a que la demanda nacional no flaquee. La nota positiva se halla, no obstante, en las exportaciones, que sí han recuperado competitividad y empujado el crecimiento. La conjunción de ambos factores explica que Francia sorprendiese engordando su PIB el doble de lo esperado.

Sin embargo, los destellos de esperanza carecen de fuerza. Por un lado, Hollande ya ha anunciado que recortará el gasto. Por otro, los beneficios empresariales de las compañías galas se han esquilmado. Y sin la inversión empresarial fruto de la rentabilidad, difícilmente se va a poder crear empleo y consolidar una recuperación al otro lado de los Pirineos.

Desde Roma a Lisboa

Al mismo tiempo, en Italia el PIB ya muestra síntomas de una cierta estabilización y hacia finales de año podría salir de su recesión más larga desde la Segunda Guerra Mundial. No obstante, el Gobierno de Letta continúa a merced de las ocurrencias de un asediado Silvio Berlusconi. El Gabinete ha retrasado las reformas y necesita demostrar a los mercados que le refinancian sus dos billones de euros en deuda pública que tiene lo que hace falta para llevar a buen puerto una agenda reformista. En Roma, el devenir de la política puede apuntalar o echar por tierra cualquier evidencia de recuperación.

Pero la mayor sorpresa de todas en este despertar europeo tuvo lugar en Lisboa. El PIB luso se disparó un 1,1 por ciento en el segundo trimestre, un avance brutal que prestaba argumentos a los defensores del modus operandi de los salvamentos. Sólo que, otra vez, había razones para el escepticismo: durante este segundo trimestre, se anularon en Portugal varios recortes, que más adelante tendrán que ser aprobados sí o sí en otros capítulos; el turismo revivió gracias a unos precios contenidos y la inestabilidad de los países árabes, y el buen dato de exportaciones en parte se atribuye a la apertura de una nueva unidad de producción de petróleo de Galp.

Es decir, los analistas de la economía portuguesa consideran que es demasiado pronto para cantar victoria. Y aunque se encuentra un poco más cerca de una salida ordenada del rescate, el Ejecutivo de Passos Coelho aún ha de superar una oposición muy virulenta a cualquiera de los ajustes pendientes recogidos en el acuerdo de ayuda, entre ellos el despido de hasta 30.000 empleados públicos.

Hay crisis para largo

En definitiva, aunque Europa ha encontrado un respiro en su escalada hacia la recuperación, ésta todavía se dibuja demasiado débil como para solventar los problemas europeos, a saber, un mercado de trabajo en el que las empresas posponen la contratación para mantener bajos sus costes; unos balances bancarios en deterioro y que impiden que fluya el crédito; unos déficit desbocados que generan aún más deuda, y unos mercados todavía fragmentados que encarecen la financiación de la periferia.

O sea, por el momento se ha encontrado un suelo, pero no se atisba nada que pueda arrancar de una vez por todas a la economía europea de la atonía. Y en la medida en que la recuperación sea insuficiente, ni generará empleo ni revertirá el incremento de la deuda y, por tanto, la erosión de la solvencia. De modo que los Estados de la periferia se verán abocados a seguir recortando y ganando en competitividad, lo que a su vez acarreará más sacrificios y, al final, podría socavar la legitimidad de los Gobiernos. Se ha evitado el desastre de la ruptura del euro. Probablemente, bajo la protección del BCE, se hayan conseguido eludir las quitas generalizadas. Pero para mantener la unión y hacer que ésta funcione sin reestructurar deudas, aún queda dieta de adelgazamiento. Administrada por Berlín, esta crisis va para largo en tanto no logremos reducir los niveles de endeudamiento.


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