Economía

El Banco de España rebaja el crecimiento potencial de la economía del 3% al 1,25%

Justo cuando parecía que la economía española se despertaba de su letargo, el Banco de España vierte un jarro de agua fría sobre el Gobierno y se abona a las tesis del estancamiento secular. Tan pronto se agoten todos los factores coyunturales que ahora lo impulsan, el crecimiento a medio plazo se quedará en un exiguo 1,25%.

Justo cuando se vislumbraba una recuperación vigorosa en el horizonte, el Banco de España vierte un jarro de agua fría sobre un Gobierno lanzado a la euforia electoralista. En su Informe Anual de 2014, la institución sita en Cibeles rebaja el crecimiento potencial de la economía española del 3 al 1,25 por ciento para el periodo comprendido entre 2015 y 2026, unas tasas demasiado pobres como para mantener un Estado del Bienestar lastrado por el envejecimiento de la población.

Las alertas han sonado. En estos momentos la actividad avanza con una fuerza inusitada empujada por una serie de factores coyunturales como el precio del petróleo, la depreciación del euro, la mejora de las condiciones de financiación y la corrección de un sobreajuste que dejó muchas empresas con la plantilla en los huesos. Pero esto no puede tirar así para siempre. De acuerdo con las estimaciones del servicio de estudios del Banco de España, en condiciones normales el crecimiento de la economía a medio plazo se situaría a partir de ahora en el entorno del 1,25 por ciento frente al 3 registrado en las décadas anteriores. Como se puede comprobar en el gráfico a continuación, el futuro es menos halagüeño.

Tal y como se puede apreciar en la tabla, el crecimiento se compone del incremento de tres elementos: el empleo, el capital y la productividad. Y la combinación de una crisis de caballo con unos cambios de corte estructural en los patrones de crecimiento tiene efectos devastadores sobre los tres. Una vez corregido el sobreajuste, el empleo no puede crecer mucho debido a una demografía que envejece y unos saldos migratorios negativos. Ya no se podrá añadir fuerza laboral por el mero aumento de la población. Tras décadas en las que la población en edad de trabajar siempre engordaba y aportaba al crecimiento, el Banco de España señala que a partir de ahora presionará a la baja sobre el PIB. Y este problema se verá además agudizado por el enquistamiento del paro estructural. Lamentablemente, después de años en el desempleo, algunos trabajadores, sobre todo los menos formados, corren el riesgo de quedarse fuera del mercado de trabajo y detraer todavía más efectivos de la ya de por sí menguante fuerza laboral.

Y la evolución del capital humano y tecnológico tampoco pinta bien. En un contexto de excesiva deuda y bajos crecimientos, el crédito ya no fluye como solía y la inversión se resiente. Si bien ésta ha crecido bastante durante el último año, lo hace desde unas cotas históricamente bajas tras años de sequía. El propio Banco de España apunta que el capital tecnológico de la economía española se sitúa un 25 por ciento por debajo de los niveles de la zona euro en 2012.

Durante la recesión, la productividad ha mejorado, sobre todo en las grandes empresas. Pero ésta no puede mejorar mucho conforme se incorporan trabajadores que han perdido habilidades. Además, se abusa de la contratación temporal, lo que a su vez tiene un impacto pernicioso sobre la productividad y genera pocos incentivos para la inversión en capital humano y tecnológico. Es más, en comparación con los países de nuestro entorno, el Banco de España indica que la estructura productiva de la economía española sigue estando más sesgada hacia el comercio, la hostelería, el transporte, la construcción, la agricultura y otros servicios, precisamente esos sectores de bajo valor añadido, poco intensivos en capital y por lo tanto poco productivos.

En comparación con los países de nuestro entorno, el Banco de España indica que la estructura productiva de la economía española sigue estando más sesgada hacia el comercio, la hostelería, el transporte, la construcción y la agricultura

Incluso habiendo mejorado las exportaciones y por tanto nuestro saldo con el exterior, el Banco de España señala dos hechos harto preocupantes: por un lado, la capacidad de financiación positiva apenas ha servido para rebajar nuestro endeudamiento con el exterior, que continúa superando umbrales del 90 por ciento del PIB. Por otro, el repunte de la demanda interna ha alimentado un fuerte tirón de las exportaciones, especialmente de aquellas de alto valor añadido. Es decir, a pesar de toda la ganancia en competitividad no hemos sido capaces de sustituir las importaciones de productos foráneos por productos nacionales.

Básicamente, en el Banco de España se abonan a la tesis del estancamiento secular o la japonización de la economía, una idea acuñada por el economista Larry Summers. De hecho, incluso menciona entre sus referencias una obra bajo este título. ¿Y qué significa eso? Pues en resumidas cuentas, el estancamiento secular implica unos niveles de crecimiento muy bajos que obedecen al envejecimiento de la población, la competencia de los países emergentes, el exceso de endeudamiento, la falta de inversión y una productividad muy baja.

Al envejecer la población, hay menos trabajadores y por lo tanto menos crecimiento. Conforme la pirámide poblacional se achata y los individuos se preparan para la jubilación, éstos ahorran más y ese exceso de ahorro provoca un aumento de la oferta de dinero y, por lo tanto, una rebaja generalizada de los tipos de interés. Y si los tipos de interés son extremadamente bajos, la política monetaria no funciona. Pese a las contraindicaciones, los banqueros centrales recurren desesperados al dopaje y acaban generando burbujas con tal de estimular la economía, lo que a su vez lleva a la acumulación de deudas que luego cuesta pagar cuando se desinfla la burbuja en una suerte de esquema de Ponzi. Por si esto no fuera poco, en un contexto de tipos y crecimientos bajos, el capital tiene todos los incentivos para endeudarse y especular a lo largo y ancho de toda la oferta financiera, mucho más líquida, rápida y rentable que la economía productiva. A medio y largo plazo, la falta de inversión real socava la productividad y, por ende, el crecimiento. ¿Acaso no sienten ya una especie de déjà vu?

Justo cuando parecía que la economía se desperezaba de su letargo, el mensaje suena desalentador. ¿Pero acaso significa eso que debamos conformarnos con semejante horizonte de expectativas? Pues ni de broma. Y de hecho el grueso de las reformas que habría que aplicar no son precisamente las más dolorosas. Buena parte de ellas tendrían que concentrarse en la mejora del reciclaje de los trabajadores, la formación, la educación y la innovación. Por más que sea muy renuente al cambio, la universidad española ha de protagonizar un vuelco y centrarse en la investigación y en sus vínculos con la actividad empresarial. Aunque se hable poco de ello, se trata de algo imprescindible para el sostenimiento de la actividad a medio y largo plazo.

Otra pata primordial estriba en engordar el tamaño de las empresas, esencial para poder invertir y elevar el grado de capital tecnológico y humano. En este sentido, el Informe Anual del Banco de España menciona una serie de barreras que hay que atajar como la financiación, la carga regulatoria, los incentivos fiscales a permanecer como pymes, el menor control de la Agencia Tributaria y de la Inspección de Trabajo sobre las pequeñas empresas o la necesidad de un representante sindical a partir de los 49 trabajadores.

"El grado de ambición y el esfuerzo que se dedique a superar estas limitaciones determinarán la velocidad y consistencia del proceso de convergencia de la economía española hacia los estándares de bienestar de los principales países de nuestro entorno", sostiene el Banco de España

Además, hay que extender sí o sí el uso de la contratación indefinida. A juicio del propio Banco de España, una excesiva rotación en el trabajo genera pocos incentivos para la inversión en el capital humano y tecnológico de las empresas, lo cual a su vez se traduce en unos registros de productividad sensiblemente más bajos. De la misma forma que de un día para otro se cambió la legislación del tabaco en los lugares públicos, el establecimiento del contrato único se antoja como la mejor forma de facilitar el tantas veces cacareado cambio de modelo productivo.

A fin de no perder competitividad, parece obvio que debemos ligar los salarios a los incrementos de la productividad y vigilar la evolución de nuestros costes laborales respecto a los países de nuestro entorno. "Resulta importante evitar el retorno a prácticas de indexación salarial ya superadas”, afirma la institución presidida por Luis María Linde.

Por último, si se comparan con otros países del ámbito de la OCDE, los márgenes empresariales resultan mayores en la rama del comercio, los servicios profesionales y, en menor medida, el transporte. De ahí la necesidad según el Banco de España de elevar la competencia en estos y otros sectores.

"El grado de ambición y el esfuerzo que se dedique a superar estas limitaciones determinarán la velocidad y consistencia del proceso de convergencia de la economía española hacia los estándares de bienestar de los principales países de nuestro entorno", aseveran los expertos del Servicio de Estudios de la entidad.

Aunque el Banco de España no entre en esta idea, la globalización, la tecnología y las inyecciones monetarias están causando una redistribución de la riqueza en detrimento de la clase media de los países occidentales y a favor de las naciones más pobres, las multinacionales y las grandes fortunas. En nuestras manos está recortar el gasto no productivo para liberar unos recursos que se destinen a la inversión empresarial y acelerar el proceso de desendeudamiento. En un entorno de competencia global en el que todos nos lanzamos a la vez a ganar cuota exportadora, España y Europa en general tendrán que repensar cómo diseñan su Sistema del Bienestar para una fuerza laboral que envejece. Un debate que siempre está en la cabeza de Angela Merkel, quien siempre recuerda que Europa abarca el 7 por ciento de la población mundial, el 25 por ciento del PIB global y el 50 por ciento de todo el gasto social que se desembolsa en el planeta.


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