Economía

La tecnología también tiene fecha de caducidad, una artimaña para obligarnos a usar, tirar y volver a comprar

La economía solo crece si hay consumo y si para fomentarlo hay que acortar la vida útil de los productos cotidianos, que así sea. Es la reflexión en la que se basa la obsolescencia programada.

¿Recuerda cuánto le duró su primer móvil? Seguro que todavía lo tiene en algún cajón ‘por si acaso’ y hasta sigue funcionando. Y su moderno Smartphone, ¿cada cuándo necesita renovarlo? Por no hablar de la batería… La tecnología móvil es una de las que más ha sucumbido a la obsolescencia programada. Los fabricantes se aseguran de que cada dos años (como mucho) nos veamos obligados a aceptar una de esas atractivas ofertas con las que nos bombardean los operadores para cambiar nuestro terminal y, de paso, contratar nuevas tarifas. Y lo aceptamos. Porque queremos tener un móvil de última generación, mejor que el de nuestro cuñado, claro.

En la sucesión interminable de nuevos modelos de móviles es quizá donde más notamos el efecto de la obsolescencia programada. Rubén Sánchez, portavoz de FACUA, tiene claro que se trata de una estrategia de venta: “No es que se descubran nuevas prestaciones cada año, es que, en lugar de comercializarse al mismo tiempo, se aguantan para incorporarlas poco a poco a nuevos modelos, generando en el consumidor la necesidad o el deseo de comprar lo último”. No faltan en la red curiosas parodias, como el cortometraje Idiots, que ilustran la absurda situación.   

Cómo funciona

“La obsolescencia programada existe con absoluta malicia”, denuncia Sánchez, “hasta el extremo de que se fabrican impresoras capaces de generar un número limitado de copias”. Esta maniobra puede afectar a cualquier producto tecnológico. En el proceso de fabricación se puede establecer la caducidad de dos maneras: por avería, el aparato deja simplemente de funcionar –como las impresoras que alcanzan su máximo predeterminado–, o por la comercialización de nuevas prestaciones que provocan esa necesidad de renovar un producto que sigue cumpliendo su función, pero no es el ansiado último modelo –el caso de los móviles es el más paradigmático–.

La obsolescencia programada es “el motor secreto de nuestra sociedad de consumo”

No reaccionamos igual con  todos los productos. Nuestro coche nos parece viejo en menos de una década, pero nos molesta tener que renovar los electrodomésticos de la cocina cada diez años, su media de vida actual. Si se le rompen todos a la vez o empiezan a fallar justo cuando ha vencido la garantía no es que sea usted gafe o le persiga la ley de Murphy… está siendo víctima, de nuevo, de lo que algunos expertos llaman “el motor secreto de nuestra sociedad de consumo”. Así describe el fenómeno de la obsolescencia programada la directora Cosima Dannoritzer en su muy recomendable documental Comprar, tirar, comprar, una de las mejores y más reveladoras investigaciones realizadas en relación con este tema.

Crecer por crecer

¿Cuántas veces ha escuchado eso de “mejor compre uno nuevo, no vale la pena arreglarlo”? La economía crece si hay consumo. Es como funciona el mundo en el que vivimos. Por eso el crecimiento deja de estar enfocado a cubrir las necesidades de la sociedad, es necesario fomentar el gasto privado y si para ello hay que acortar la vida útil de los productos, que así sea. Es la reflexión que hicieron empresas y fabricantes de Estados Unidos en los años 20, mientras construían los cimientos de la sociedad de consumo que hemos heredado.

Todo empieza con una bombilla

La bombilla de Livermore lleva encendida más de un siglo. Se instaló en el parque de bomberos del pueblo de California que le da nombre en 1901 y a finales del siglo XX se convirtió en todo un atractivo turístico, desde que Lynn Owens, uno de los empleados de la estación, se percató en 1972 de que era la única que no habían tenido que cambiar en décadas. Una hazaña que bien merece, pensaron algunos, una página web propia para aunar alabanzas y homenajes a la querida Centennial Bulb.  

La bombilla fue el primer producto que vio reducidas su horas de vida deliberadamente. Hoy es el estandarte de la lucha contra la obsolescencia programada

No es casualidad que la bombilla se haya perfilado como el símbolo de la obsolescencia programada, pues fue el primer producto afectado por ella tras la revolución industrial, cuando acortaron deliberadamente sus horas de vida (de 2.500 a 1.000) para fortalecer el negocio, y ahora es el estandarte de la lucha contra el mismo fenómeno consumista, y no solo gracias a Livermore, ya puede adquirirse en España la primera bombilla (de la era moderna, se entiende) que dura 80 años. La ha creado Benito Muros, fundador del Movimiento SOP (Sin Obsolescencia Programada) y ex trabajador de OEP Electrics, una de las pocas empresas que apuesta por fabricar productos con mayor durabilidad.

Los vertederos tecnológicos y su impacto sobre el medio ambiente

No solo nuestros bolsillos sufren. El ritmo del usar y tirar afecta de manera creciente y muy preocupante al medio ambiente, pues los productos que renovamos continuamente se acumulan en la basura. Para Rubén Sánchez, los fabricantes son responsables directos del impacto de la obsolescencia programada sobre nuestro entorno: “Las empresas participan en campañas de defensa del reciclaje de forma cínica, porque son ellas las que lo fomentan diseñando sus productos con fecha de caducidad”.

Y los mayores afectados no son precisamente los que se benefician de la sociedad de consumo; África se está convirtiendo en el vertedero tecnológico de los países ricos, una denuncia que recoge el documental de Dannoritzer. Como en tantos otros asuntos, sus habitantes pagan por los errores de otros.

¿Podemos acabar con la obsolescencia programada?

Una nueva generación de consumidores trata de poner freno a lo que consideran “un abuso” por parte de los fabricantes. Sánchez encuentra complicado terminar con la obsolescencia programada: “Como consumidores lo exigimos, pero legalmente no todos los casos son denunciables. Si se introduce una tara programada para que una impresora, por ejemplo, deje de funcionar cuando alcanza su número máximo de copias, es un fraude; en cambio, cuando un producto tiene una previsión de que, pasado un tiempo determinado, va a ir perdiendo calidad, no puede demostrarse que se haya fabricado con fecha de caducidad”, explica.

Numerosas iniciativas privadas promueven el reciclaje y el "hazlo tú mismo" para recuperar artículos que no funcionan

Ante este panorama, FACUA propone que sean los consumidores los que apuesten por las marcas que no programan la obsolescencia de sus productos y las recomienden para primar su presencia en el mercado. Así funciona el Movimiento SOP, que en su página web presenta empresas que forman parte de esta lucha. Por su parte, la consultora Eco Intelligent Growth propone producir de manera más eficiente. “Reduce, Repair, Reuse, Recycle” (reduce, repara, reutiliza, recicla) es el lema del programa Common Threads Initiative, de la empresa Patagonia. La web IFixit, promueve el "hazlo tú mismo" con orientaciones para reparar toda clase de artículos. Son solo algunas de las muchas iniciativas privadas.

Pero el mayor obstáculo somos nosotros mismos. “Vivimos en un mundo pensado para que tengamos deseos constantes de comprar, para que pensemos que nos hace falta renovar los productos cada cierto tiempo”, se lamenta Sánchez. “Así funciona la sociedad capitalista”.


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