Detalles al natural

Las caras ocultas de Bankia

Faltaba más de un mes para acabar el 2011 y la fusión por absorción de Bankia por Caixabank estaba hecha. Pero los egos y la política se imponen en complejas cuestiones al análisis riguroso. Muchos se asombrarían – más aún-  si supieran con la ligereza con la que se toman algunas decisiones estratégicas en las alturas a golpe de personalismos.

Fainé

A Fainé, que es de los escasos dirigentes bancarios actuales procedentes de las antiguas cajas que saben perfectamente el estado en que se encuentran todos los herederos de los SIP – los bancos y cajas nacidos al amparo del demencial engendro 'zapateril'-, no se le podía escapar el alcance de tamaña operación para constituir el primer banco estrictamente nacional con unas expectativas de negocio tan enormes como difícilmente cuantificables. En todo caso, le colocaban a él y a su entorno al frente de las finanzas nacionales. Y eso, para un hombre curtido en las tradicionales cajas de ahorro con los clásicos banqueros siempre enfrente, y además catalán, era el colofón extraordinario para una carrera profesional de excepción.

Rato

A Rato, que todavía albergaba cierto cosquilleo de la cosa política y del papel que podría jugar con su PP triunfante – ese instinto nunca lo ha perdido –, empezaba a quedársele pequeño encabezar la jauría de grillos que tenía encima en Bankia lidiando una farragosa integración de culturas empresariales y técnicas derivadas de las siete cajas fusionadas, amén del embolado en que le habían metido con Bancaja y los enredos que le llegaban desde Valencia. Y veía en la operación con los catalanes una forma de quitarse de en medio esperando tiempos mejores encaramado a cualquier cargo bien retribuido de pasta e imagen en la propia Caixabank o en otra opción presidencial que sus antiguos compis de partido le brindaran.

Las dudas 

Pero no intuyó en su antiguo amigo Fainé las cosas muy claras respecto a lo anterior; él ya sabía con la practicidad y el poco boato con que manda el jefe de La Caixa. Ni tampoco en el cinturón de hierro de Rajoy en el PP vislumbró que le pudieran dar la cancha que su sacrificio por la gran operación financiera en ciernes pudiera merecer llegado el momento. Así que se vio sentado en cualquier sillón con poco que hacer y menos que decir, con el PP de Génova dando el visto bueno al asunto, los mandamases de la Generalitat dando palmas, el Banco de España frotándose las manos con el gobernador a la cabeza, y su otrora subordinado – cuando mandaba en España –, amigo y después jefe, Fainé, esperando el besamanos de todo 'quisque'. Y empezó a maniobrar.

Aguirre

¿Y con quién podría aliarse para desbaratar lo apalabrado sin quedar él mismo en evidencia? Pues con el único peso pesado que hasta ese momento no había terciado en el asunto confiando en la capacidad del exitoso antiguo vicepresidente económico para manejarse en ese tipo de situaciones. Efectivamente, con la presidenta de Madrid que, además de figura relevante entre los conservadores españoles, une a sus éxitos en la Comunidad una facilidad asombrosa para acometer batallas en solitario contra quien sea en defensa de sus convicciones y creencias. ¿Y con qué argumento? Eso era lo más sencillo. Exponerle en privado la verdad que ella desconocía: que aquello no era una fusión entre pares, que se trataba de una absorción por la difícil situación que se había encontrado en Bankia debido a los grandes desequilibrios aflorados, en especial de Bancaja, y de la pesada herencia que le había dejado su antecesor, Blesa, en la propia CajaMadrid. Y añadir, en clave política, que las finanzas valencianas iban a estar en manos catalanas – con la CAM ya en el Sabadell – y ahora también las madrileñas y las de otras cinco regiones españolas. ¡Total Totana! Y, lógicamente, añadiendo – sin duda creyéndolo – que, a pesar de las dificultades, Bankia podía salir adelante en solitario encabezada por él a poco que el próximo gobierno de Rajoy le ayudara en el empeño.

Dª Esperanza, que dos años antes había dado su visto bueno a una posible fusión de CajaMadrid con la Caixa – cuando sí se podría haber planteado casi de igual a igual con el añadido del prestigio del 'laureado' Rato en la operación- pensó que el poder catalán iba a ser inmenso y que había que pinchar el globo.

El aborto

Así que la operación se deshizo en privado exponiendo en Génova los argumentos necesarios tanto por Rato como por Aguirre. Rajoy y sus centuriones pecaron de incautos seguramente embriagados aún por las mieles del éxito que tenían en la mano. Ahora, con la bomba de relojería que tienen encima con Bankia, estarán lamentando amargamente aquel aborto.

La realidad actual

Porque con Caixabank, como bien saben los actuales dirigentes de Bankia, el tema hubiera salido bien. El agujero no es de 24.000 millones de euros. Esa es la cifra para partir de cero sangrando todos los riesgos ciertos, los por venir y los imaginados en el peor escenario posible, con la finalidad de que a partir de esa capitalización todo lo bueno se deba a su trabajo. Recuerden aquello de que lo que no vea la novia el día de la boda… Lo tendrán a huevo.

Y mientras, Rajoy y su gente tratando de arreglar el nuevo desaguisado sin poder echarle toda la culpa a los anteriores, quienes, salvo por Elena Salgado, M.A. Fernández Ordoñez y su segundo, más la coletilla de que Rubalcaba era el vice - que tampoco es moco de pavo –, poco han tenido que ver en el tremendo desenlace. Por eso el mutuo interés inicial de echar tierra al asunto.

Pero Carme Chacón y Tomás Gómez probablemente sí saben todo lo anterior, y más. De ahí la nueva pirueta socialista exigiendo las necesarias explicaciones debidas.

Si no fuera tan grave el asunto, con España jugándose el presente y el futuro, parecería un sainete. Mientras no se penalicen las malas decisiones con repercusiones tan graves como sus consecuencias seguirá la ruinosa ficción que padecemos.


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