Detalles al natural

Así acabaron con las Cajas de Ahorros (II)

Hablábamos anteriormente de cómo había empezado este nefasto asunto con la entrada de los políticos en las Cajas y la desacertada intervención del Banco de España y los poderes autonómicos, con el RIP del Gobierno central en su acto final y el telón de fondo de la pérdida de valores como causa profunda del desastre. Pero en el seno de las propias entidades fueron anidando otras dos causas ‘cajicidas’.

La desregulación

La primera de ellas  fue la notable desregulación que sufrió el sector para equipararlas a los Bancos, pudiendo funcionar como tales en todos los sentidos y en todo el territorio nacional sin estar sujetos al criterio de sus accionistas ni a retribuirles como cualquier sociedad anónima, y con una asimétrica particularidad: los Bancos podían ser comprados por ellas pero no podían comprar Cajas porque éstas no tenían dueños al ser una especie de bienes mostrencos con apariencia de fundaciones al servicio de las entidades fundadoras. Estos cambios fueron propiciados por las propias Cajas para ganar mercados presionando con fuerza a todos los niveles decisorios con gran enfado por parte de la Banca. Por eso ahora se dice, desde cualificadas instancias, que por fin se han salido los Bancos con la suya y se han quitado de en medio a las Cajas que disponían de la mitad del mercado financiero español; en los últimos treinta años les habían comido el 30% del mercado. Y que, además, con honrosas excepciones, se quedarán sus despojos. Tremendo desenlace de la tragicomedia.

Las ambiciones personales

La segunda causa intrínseca  nació del afán de sus dirigentes por medrar en el panorama nacional. Tanto los profesionales que seguían mandando en las Cajas  como los presidentes impuestos por los políticos eran personas muy relevantes en sus  territorios, como pequeños reyes de taifas, y algunos desearon en algún momento jugar a lo grande. Se trataba de emular a los grandes de las finanzas que flirteaban en Madrid con las primeras figuras políticas, sociales  y económicas de la nación. Para ello iniciaron en la última década del siglo pasado una expansión de oficinas en toda España sin precedentes y clavaron sucursales a modo de embajadas en la capital preparándose para lo que se avecinaba.

La traca final

Y en éstas que nos llega el gran boom económico de  1.998 – 2.006/7, y ya fue el acabose. Crecer a toda costa constituyó el eje central de sus decisiones estratégicas con el fin de dotarse del tamaño suficiente en sus balances para estar preparados ante la batalla  y ser depredadoras en lugar de devoradas. No repararon en medios, desde financiar grandes proyectos allende sus antiguas fronteras geográficas sin descuidar su propios predios, por aquello de que nadie de fuera les pisara el rabo en su patio, hasta constituirse ellas mismas en empresarias variopintas y promotoras inmobiliarias directa o indirectamente porque veían pasar el dinero por sus barbas y se les abrieron todos los apetitos de golpe; que la lujuria económica es la que más adicción crea; con gran enfado de muchos de sus propios clientes a los que les hacían descaradamente la competencia. Al final les pilló el toro a la inmensa mayoría de las otrora entidades ejemplares.  Y es que, ya lo decía en los ochenta Tom Peters en su libro “En busca de la excelencia”: zapatero, a tus zapatos.

Y también, olvidando los dirigentes de las Cajas el viejo aserto popular de que ‘la avaricia rompe el saco’, tanto muchos profesionales como los "mandamases de fortuna" dejaron de lado la sabia prudencia de sus antecesores. Éstos, cuando analizaban la situación de los clientes para ver si tendrían posibilidad de devolver el préstamo que solicitaban,  tenían muy en cuenta el efectivo que tuvieran a mano con disponibilidad inmediata más el que podían general periódicamente, en comparación con las ‘púas’ que tenían y en qué plazo debían pagarlas. De esta manera, naturalmente, se analizaba si el cliente podría ir devolviendo el crédito que solicitaba. Y se les aconsejaba que se financiaran a largo plazo y que cobrasen sus ventas a corto: cobra pronto y paga largo; sabia previsión. Pues bien, ‘los lumbreras’ que diseñaron en esos años de locura las estrategias financieras de las Cajas decidieron, en su demencia, seguramente adquirida en muchos cursos y máster, ‘miércoles’, etc., ir a los mercados financieros a pedir dinero a corto plazo, usando todo tipo de fórmulas, para dar préstamos hipotecarios a quince, veinte o treinta años, olvidando la vieja práctica y aquello de los periódicos ciclos económicos que se estudian en cualquier manual de la cosa económica. Mientras rulara no era chamba; el mundo al revés.

Así que, sin capital relevante ni accionistas que financiaran, chocara enormemente ver que sus balances reflejaban que habían prestado bastante  más dinero del que disponían en las cuentas de sus clientes; garantías y coberturas reales o supuestas al margen. Y que, además, los márgenes financieros que reseñaban en sus cuentas de resultados se estrechaban continuamente; esto es, que prestaban con muy poca diferencia de tipo de interés al que pagaban a quienes se lo debían,  ya fuera a sus propios ahorradores o a otros proveedores financieros normalmente en el interbancario.

¡Ay de los antiguos valores!

Se perdieron los valores para lo que fueron creadas. Con los antiguos valores podrían existir otras reflexiones. ¿Qué se podían embarcar entonces en menos aventuras? Pues sí, ¿y qué? ¿Qué no optarían a tener abultados beneficios? – con el final sabido-  Sí, ¿y qué? Que no podrían atender a los compromisos de sus barandas políticos ni faldar de grandes bancarios. Sí, ¿y qué? Pero lo importante, atender con dedicación exquisita  a sus millones de depositantes y prestatarios, entregados en  total confianza desde tiempo inmemorial, sí que podían hacerlo y muy bien, como siempre. Y las grandezas de todo tipo que se las hubieran dejado, como siempre también, a los bancos, que por cierto se relamían de impotencia y envidia por no poder captar a esos millones de clientes que engrosaban y nutrían con muy pocas exigencias financieras las cuentas de las Cajas. Ése era su mercado de origen, lo otro ha sido la cuenta de la lechera y al final se han dado una ‘leche’ tan mayúscula como ominosa. Las han barrido, vamos.


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