Detalles al natural

Caminando sobre mentiras

Así es como sobrevive en elecciones una buena parte de la política y de la economía en España, por dos embustes tan enormes como diferentes.

Automentiras básicas

El primero, sobre el que pisamos ciegamente, encierra a su vez un doble engaño que muchos tienen por merecido o conquista, como un conjunto de derechos, e incluso se sienten a gusto en él: el de la viabilidad del actual Estado de bienestar y el no menos ruinoso Estado de las autonomías, creyendo que otorgan más justicia y libertad, ambos sustentados sobre una insaciable política fiscal que arruina a los contribuyentes que no pueden eludir las obligaciones impuestas por los sucesivos gobiernos y los partidos que los mantienen; verdaderos nidos de vividores en demasiados casos, que aprovechan su situación para vivir del cuento y de los demás. 

No nos engañemos. Nos estamos haciendo trampas en el solitario de la requisa fiscal que sufrimos para mantener esas dos grandes falacias. Además de los impuestos directos, según los ingresos de cada cual, pagamos los indirectos del IVA y los que gravan servicios básicos como la energía eléctrica o los carburantes con la mitad de sus precios finales. Si estimamos una media del veintitantos por ciento de los directos y le sumamos el otro veinte indirecto de lo que consumimos, más el cuarenta por ciento largo de los impuestos energéticos, llegamos a la demostrada conclusión de que trabajamos bastante más de medio año para permitirnos el lujo del engañoso bienestar que tantos defienden, sobre todo los partidos autollamados de izquierdas, y el de esa falsedad de Estado que derechas, centro e izquierdas, dicen necesario defender. Siete meses largos de nuestro trabajo para mantener esas dos enormes mentiras. ¡Tremenda estafa y falaz autoengaño!

Habría que hacer un esfuerzo de sinceridad con nosotros mismos, de pedagogía política y de eficiencia, para disponer de una sanidad y educación pública, por ejemplo, que las hiciera excelentes a un precio sostenible

Habría que hacer un esfuerzo de sinceridad con nosotros mismos, de pedagogía política y de eficiencia, para disponer de una sanidad y educación pública, por ejemplo, que las hiciera excelentes a un precio sostenible. Deberíamos disponer de las instalaciones, medios y aparatología más adecuadas, así como de los médicos, enfermeros, profesores y gestores públicos más cualificados, con sueldos que les permitieran ejercer con dignidad y suficiencia, sin tentaciones oscuras, o de complementarlos en la actividad privada, pero poco más. Es decir, los mejores profesionales técnicos específicos con una retribución acorde a sus categorías, y todo lo demás subcontratado en el mercado libre: auxiliares, oficios, mantenimiento, etc. Eso permitiría reducir hasta límites insospechados el coste para los contribuyentes, sin menoscabo de seguir cumpliendo con la exigible calidad y cantidad de sus prestaciones en un Estado moderno y avanzado socialmente.

Además, si hubiera verdadera equidad en el sufragio de algunos de esos servicios básicos y en el de los demás: justicia, hacienda, infraestructuras, seguridad, ocio, cultura, deporte, etc., aportarían más quienes más los disfrutaran, aunque fueran costos modestos y testimoniales, y en conjunto sí tendríamos un Estado de bienestar asumible, justo, merecido, conquistado, deseable y con un futuro sin sombras.

Como aviso a los demagogos, esas tasas o copagos, que tan mala imagen tienen en la ciudadanía, engañada como está de que es posible el todo gratis para todos; dejarían a salvo a quienes materialmente no puedan asumirlas y que sería injusto desamparar.

En pensiones, se deberían contemplar, aparte de unos mínimos suficientes ocasionales, toda la vida laboral y las aportaciones individuales de los beneficiarios, en lugar del disparatado sistema actual, al que todos los indicadores tachan de inviable. Algunos irresponsables, véanse las proclamas de IU o Podemos, afirman que si quiebra la hucha de las pensiones también se deberían pagar con más impuestos. De locos.

Como demencial es el mantra de que las rentas básicas generalizadas que prometen, y los inabarcables costos de la arcadia feliz de su estado igualitario, saldrían de subir los impuestos a los ricos y a las grandes empresas y de la lucha contra el fraude fiscal. Esa cantinela, que todos tenemos la tentación de aplaudir alguna vez porque es tan pegadiza como facilona, y hasta ideal si fuera posible, solo nos llevaría a la ruina irreversible total. ¿Es que no han aprendido nada de la deriva de los fallidos estados comunistas? Sí, pero engañan alevosamente.

Mentiras instrumentales y retóricas

El segundo gran embuste — sobre este nos hacen vivir — es voluntario y tiene que ver con el manejo de las cifras.

Sin ser exhaustivos, ahí van unos ejemplos gubernamentales, que serían similares a otros de gobiernos pasados:

  • El paro ha bajado en medio millón de personas, pero no matizan que es equivalente a la disminución de la población activa desde el 2011.
  • Los intereses de la deuda están en mínimos, pero no explican que se debe básicamente a la manguera y política de precios del dinero del BCE; en mínimos tan históricos que están a punto de ser negativos.
  • Somos líderes en turismo, pero no señalan que España es refugio para los millones de turistas que buscan el sol mediterráneo; toda su ribera sur y la oriental está enfangada en terrorismo o guerras; aparte de que los precios están contenidos por la notable bajada del petróleo y el euro depreciado, que también explica mucho del éxito de nuestras exportaciones.
  • No nos han rescatado. Y es verdad en puridad jurídica, pero mentira de facto: se debe a la política de pajera abierta del citado BCE. Pasamos de trescientos mil millones tras González y Aznar a seiscientos mil con Zapatero, y a un billón con Rajoy. Es decir, del 49% y el 70% del PIB al 100% en tres años. ¿Qué es tan impagable como la de otros? Sí, pero no presumamos de éxito menospreciando a Portugal o Irlanda.

Algunos argumentan que algunas de esas realidades valdrían para países como Francia, Alemania, Holanda, Italia, etc., ocultando arteramente que ellos no sufrieron tanto la crisis que todavía padecemos. Es más fácil crecer en cifras relativas estadísticas cuando mayor fue la caída en las mismas.

Y así podríamos seguir, como aquella pegadiza canción italiana que decía “palabras, palabras, palabras...”, o el celebrado bolero de “la mentira”.


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