Desde la Tarima

Nuestra única Esperanza

Como en el apólogo del Conde Lucanor

 “Yo no soy monedita de oro, yo digo lo que pienso”. Lo hadicholaPresidentaEsperanzaAguirre, Condesa consorte de Murillo. Grande de España lo es, además, por mérito propio. O sea, dos veces. ¿Y qué ha dicho la Presidenta? Pues ha dichoalgoquelamayoríanoqueríaver, que el Estado de las autonomías, creado para integrar a los partidos nacionalistas catalán y vasco, no ha servido para lo que se pensó, sino para complicar más las cosas, para encarecer el funcionamiento del Estado o, mejor, el de estos diecisiete miniestados en que nos hemos convertido. Y ha dicho más. Ha dicho que debe suprimirse la financiación pública de partidos políticos, sindicatos y patronales. Por una razón muy sencilla, porque se “debe dejar de sostener a los que se pueden sostener”. Que se lo pregunten, por ejemplo, a norteamericanos y alemanes, ciudadanos de democracias al parecer incipientes e inmaduras. Para enderezar la situación, la Presidenta ha empezado por proponer la reversión al Estado de las competencias en materia de sanidad, educación y justicia, transferidas irresponsablemente [esto lo añade un servidor] a las Comunidades Autónomas. De modo que, sólo con esto, según sus cálculos, nos ahorraríamos 48.000 millones de euros. Y luego andamos buscando dónde recortar. Esta es, aproximadamente, la cifra a la que asciende nuestro déficit público estructural, es decir, la parte del déficit que no procede de lo mal que vienen dadas sino de las malformaciones anatomofisiológicas de nuestro Sector público, si se me permite la expresión.

La reacción no se ha hecho esperar. El presidente de la Generalidad de Cataluña, señor Mas, ha declarado que la propuesta de Aguirre le parece muy bien, “pero siempre y cuando estas devoluciones [las de las competencias en sanidad, justicia y educación] afecten sólo a las autonomías creadas artificialmente y no a territorios como el País Vasco o Cataluña, con una voluntad secular de autogobierno”. Es decir, que el Honorable insiste en que no es posible lo del “café para todos”, aunque él sí, él merece café y también copa y puro, es decir, la fantasmagoría esa del pacto fiscal catalán, o sea: lo mío (¿) es mío y lo tuyo nuestro. Por eso el ex-honorable Pujol (¿acaso la pérdida del cargo implica la del honor merecido?) ha amenazado diciendo que “o pacto fiscal o independencia”. Claro que sus socios del norte, los nacionalistas vascos (¿cuándo volveremos a llamarlos por su nombre, es decir, separatistas?), hacen lo propio anunciando la inminente secesión de “Euskal Herria”, ese nuevo país, “en pie de igualdad con España”, “como los demás de Europa” –al decir del señor Urkullu-, que va a formarse con las viejas Provincias Vascongadas, el País Vasco francés y Navarra.

La réplica que menos cabía esperar

Del lado del Gobierno de la Nación, la réplica a la presidenta Aguirre ha sido también inmediata. El presidente Rajoy no está por la labor, porque su propuesta no cabe, al parecer, en la Constitución. Por muchas vueltas que doy a los artículos 148 y 149 CE, no encuentro fundamento para tan contundente afirmación. Lo que sí estamos viendo todos es que el partido en el Gobierno de España sostiene gratuitamente al Gobierno socialista del señor López en Ajuriaenea; que la presidenta del PPC, señora Sánchez-Camacho, manifiesta airada y contundentemente que si CIU se decide por la secesión de Cataluña, el PP “no va a estar ahí” (con un par,… eso se llama firmeza); y que la misma presidenta del PPC, que contribuye a sostener con sus votos al gobierno de CIU, se desplaza solícita y presurosa a La Moncloa para defender que el Gobierno central debe garantizar la liquidez de las autonomías. Cueste lo que cueste y con independencia de la causa de sus agobios. Lo que no vemos ni veremos nunca es el recordatorio, por lo menos, de lo previsto en el artículo 155 CE. No lo busque el lector, si no lo tiene a mano, se lo transcribo yo. Dice así: “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general”. Creo recordar que las autoridades políticas de la Nación –autonómicas o centrales-, cuando toman posesión de sus cargos, juran o prometen cumplir y hacer cumplir la Constitución. Pues con frecuencia, ni lo uno ni lo otro.

España sin pulso

Y mientras esto sucede, todos los indicadores políticos y económicos se vienen abajo o parpadean débilmente: las ventas minoristas; el índice de producción industrial; el paro; la prima de riesgo; el Ibex-35; la tasa de variación del PIB; las expectativas empresariales y de las familias… Sí, todo parece venirse abajo y resulta inevitable recordar el célebre artículo de Francisco Silvela publicado en “El Tiempo”, el 16 de agosto de 1898: “España sin pulso”. España acaba de perder Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sus queridas Provincias de Ultramar, parte entrañable de ella misma, porque nunca fueron consideradas Colonias. El político conservador, encabeza su escrito con un párrafo del salmo IV del Libro de Isaías: “Varones ilustres, ¿Hasta cuándo seréis de corazón duro? ¿Por qué amáis la vanidad y vais tras la mentira?”. Ante el Desastre del 98, Silvela anhela una reacción del cuerpo social: “Quisiéramos oír esas […] palabras brotando del pueblo, pero no se oye nada”. Y añade con dramatismo: “…donde quiera que ponga el tacto, no se encuentra el pulso”. España sin pulso. Sorprende la actualidad del siguiente fragmento del artículo: “…el menosprecio de un país respecto a su Poder central es el mismo que en todos los organismos produce la anemia y la decadencia de la fuerza cerebral: primero la atonía, y después, la disgregación y la muerte”. Sólo ha cambiado una cosa desde entonces, y es que ahora las provincias en riesgo no están en Ultramar. No se trata sólo de economía, que, tarde o temprano, mejor o peor, remontará.

Poca fe, poca caridad… pero mucha Esperanza

Ayer por la mañana asistí a la entrega de los “Premios de Investigación 1911, de la Comunidad de Madrid”, en la decimonónica Real Casa de Correos. Premios con los que fueron distinguidos un joven colega, colaborador de este mismo diario, Juan Ramón Rallo, y el más veterano de los economistas de nota españoles: el profesor Juan Velarde.

Cerró el acto la presidenta Aguirre con un discurso en el que puso de manifiesto importantes realizaciones y proyectos relativos a la educación y a la investigación científica en nuestra Comunidad. Convincente e ilusionante, la presidenta estuvo magnífica porque, además, su alocución estuvo exenta de la retórica en que suele envolverse este género de discursos. Al término de la misma recordó unas palabras de Julián Marías que, en la actual situación de España, a mí me pareció que le iban a ella misma perfectamente: “Por mí, que no quede”. Eso creo que ha hecho con sus declaraciones al pie del Palacio de La Moncloa, reclamando un Estado más fuerte, cohesionado y eficiente.

Al finalizar el acto, tuve la oportunidad de departir unos minutos con la presidenta gracias a la presentación del profesor José Raga, querido colega mucho mayor que yo en sabiduría y menos en edad, porque en lo del gobierno debemos andar ambos por el estilo, o sea poco. Confirmé mi magnífica impresión personal acerca de la señora Aguirre. Quizá sea verdad lo que ella dice: “Yo no soy monedita de oro [que gusta a todos], porque digo lo que pienso”. Pero creo, sin embargo, que como lo que piensa y dice son verdades como puños, nuestra presidenta nos gusta a muchos. Además, todo parece indicar que ella es nuestra única y más firme Esperanza. Que Dios nos la conserve muchos años.


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