Desde la Tarima

La necesidad de sanear la sanidad (I)

La paciencia del Rey Prudente

Ante la cada vez más comprometida situación en Flandes, urgía Pío V a Felipe II para que no demorara más un viaje a aquellos dominios suyos, pues consideraba que su presencia allí contribuiría decisivamente a la pacificación de la provincia rebelde. En carta a su embajador, don Luis de Requesens, el Rey Prudente le daba instrucciones para que justificase ante el Santo Padre su tardanza en comparecer personalmente en territorio flamenco: “... su gran prudencia –le decía- debe considerar que estos asuntos tan graves se han de llevar cautelosamente, sin dar ningún paso precipitado, madurando las resoluciones y previniendo los obstáculos que se pueden encontrar en el camino para apartarlos, pues lo que se hace bien nunca se hace demasiado tarde” (el subrayado no es del escribano real, sino de un servidor de ustedes). Lo cierto es que el podrido asunto de los Países Bajos seguiría, eso, pudriéndose, desde la fecha y año de la referida carta (1567) hasta 1648, en que se saldó con la independencia de las Provincias Unidas. Todos sabemos lo que durante ochenta años costó poner no una, sino miles de picas en Flandes. Y es que las cosas, además de hacerlas bien, hay que hacerlas oportunamente.

La parsimonia del Presidente y de su gente

El Gobierno del prudentísimo y oblicuo señor Rajoy ha decidido dar lo que parece ser un primer paso en la reforma del Sistema Nacional de Salud (SNS). ¿O no? cabría inquirir al presidente facilitándole su consabida respuesta desconcertante y elusiva. ¿Para cuándo una auténtica reforma de calado en la Sanidad? Pero vayamos por partes.

Desde luego, no seré yo, que llevo una buena temporada predicando lo del copago sanitario y otros copagos –tengo cualificados testigos de ello, y algún artículo incluso en este mismo digital-, quien se oponga al mismo. Lo que ocurre es que uno queda perplejo, primero, ante la ignorancia de los medios en lo relativo a esta cuestión, y, segundo, por la indecisión de la autoridad competente para aplicarlo en su forma más propia, generalizada y eficaz. He aquí, como muestra de lo primero, algunos titulares incluidos en la prensa de estos días: “Fin de las medicinas gratis” (El Economista); “Sanidad salva del nuevo copago a los parados y a los jubilados con menos recursos” (ABC); “El Gobierno generaliza el copago en fármacos” (Cinco Días); y otros semejantes. Aquí nadie parecía saber que el copago ya existe en relación con las prestaciones farmacéuticas; que en el Régimen General de la Seguridad Social se paga el 40% de los específicos prescritos durante toda la vida activa, y nada a partir de la jubilación; mientras los funcionarios pagan el 30% en la situación de activos, pero siguen pagando el mismo porcentaje aún después de su jubilación (no es del todo cierto, pues, lo que un periódico madrileño titulaba así: “Por primera vez, los jubilados pagarán un porcentaje de sus medicinas”); y, en fin, que los fármacos para el tratamiento de enfermedades crónicas suponen, para unos y otros, el pago del 10% de su importe con el tope de 2´45 euros por envase. La novedad de graduar el copago en función de la renta personal es plausible y éramos numerosos los que hace tiempo veníamos propugnándola.

En cuanto a la ampliación del copago farmacéutico a todos los jubilados, convendría distinguir entre quienes únicamente perciben la pensión como ingreso, e incluso la comparten con su cónyuge no pensionado (otro día podremos ocuparnos del benemérito colectivo de las viudas que ven reducida su única renta a la mitad de la pensión que devengaron sus llorados consortes), y quienes perciben rentas adicionales a partir de un determinado nivel fijado con criterio realista. Porque, en efecto, los pensionistas, que no están exentos del IRPF por sus haberes pasivos, están por lo común sujetos también al IBI, a la llamada tasa de basuras y a otras gabelas locales, además de tener que afrontar los gastos de comunidad de su vivienda (o, alternativamente, el arrendamiento de la misma) y toda clase de pagos corrientes e inevitables (agua, luz, gas, teléfono,…). Y no se diga que tales conceptos constituyen manifestaciones suntuarias en una sociedad civilizada. Por eso hay que ser muy prudentes a la hora de introducir o extender los copagos, sanitarios o no, a determinados segmentos de la población.

De todos modos, el nuevo planteamiento cuantitativo en esta materia parece razonable. Habida cuenta de que en la UE el porcentaje de gasto público farmacéutico recuperado por vía de copago es, como media, del 12%; de que el máximo en el ranking lo ofrece Estonia, con un 54´2%, y el mínimo Holanda, con un exiguo 0´8%; el 6´3%  que actualmente muestra España parece que permitía intensificar esta partida de ingresos. Hay que tener en cuenta, además, que a pesar de nuestra fama nacional como consumidores compulsivos de sanidad (fundada por lo que se refiere a la asistencia médica, pues acudimos a consulta el 40% más de veces que la media UE, y el 30% si se trata de urgencias), el copago por habitante en fármacos es en España de 18´5 euros, frente a los 38´7% UE, los 76´6 de Eslovaquia (el máximo del conjunto UE) y los 14´6 de Italia (el mínimo). Son datos de  Farmaindustria y Eurostat.

Del copago sanitario, nada de nada

No se ha querido, sin embargo, implantar el copago como instrumento moderador de la demanda de servicios sanitarios, esto es, no como medio de financiación parcial de su coste, sino como “ticket” disuasor del uso inmoderado de los mismos. Se trata de algo que no gusta a los políticos de uno u otro signo ni a la gente en general, pero que está muy extendido. En la misma UE, sólo España, Dinamarca y el Reino Unido no han llevado el copago más allá de las prestaciones farmacéuticas. Si consideramos los diecisiete países más importantes de la Unión, 9 lo tienen establecido en la atención primaria, 11 en la especialista, 12 en la hospitalaria, y 12 en urgencias. Esta modalidad de copago, que podemos denominar no financiera (pues suele exigirse por importes muy discretos), admite también su graduación en función de la capacidad económica del paciente y del carácter más o menos necesario de los diversos servicios, así como los mismos supuestos de exención que el farmacéutico. Según un reciente estudio de IESE, la experiencia disponible parece confirmar que el copago en urgencias no influye en los casos realmente críticos, y, aún en éstos, habría que añadir, siempre cabe la posibilidad de reintegro cuando se compruebe que acudir a tales servicios estaba justificado. Configurado adecuadamente, no cabe duda de que el copago sanitario constituye un útil instrumento para mejorar la eficiencia del sistema sanitario y, en alguna medida, para descongestionar sus servicios.

Una versión pintoresca y más discutible de “copago” (en realidad, más bien pago) no farmacéutico, es el cobro a los acompañantes de los enfermos por el uso de determinado mobiliario en las habitaciones de los hospitales. En efecto, se nos informa de que en algunos centros hospitalarios de Cataluña han comenzado a instalarse butacas de pago (5 euros/día) y camas (50-70 euros/noche) con ese fin. No sé, pero esto me recuerda lo de aquellas sillas metálicas que, allá por los años 50 del pasado siglo, el Ayuntamiento de Madrid tenía dispuestas en el Paseo del Pintor Rosales para uso y disfrute de paseantes -civiles y militares, normalmente sin graduación-, al módico precio de 25 céntimos de peseta. ¡Oh tempora, oh mores! Pero esto excede ya de lo propiamente sanitario para situarse en los aledaños de la hostelería con clientela cautiva.

Aparte del tan traído y llevado asunto del copago, hay en las recientes medidas del Gobierno relativas a la reforma del SNS, novedades y omisiones que merecen algún comentario. ¡Vamos! que es lástima que Don Felipe El Prudente no se decidiera a coger el petate para desplazarse a Flandes, de una vez por todas. De esto, sin embargo, como en aquellas novelas por entregas que todavía pueden encontrarse en la Cuesta de Moyano, daremos razón en el próximo capitulo.    


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