Desde la Tarima

Entre médicos y curanderos

Un dictamen del Dr. Perogrullo

Partiendo de la tautológica afirmación de que para salir de la crisis hace falta crecer (¿en qué otra cosa puede consistir salir de la crisis sino en lograr que la economía vuelva a crecer, precisamente?), se plantea el problema de cómo conseguirlo. El cambio en el panorama político europeo que ha supuesto el resultado de las elecciones presidenciales francesas, quebrando el eje franco-alemán del “recorte y tentetieso”, parece situar el margen de maniobra de la política económica en un escenario un poquito más keynesiano. Conviene recordar que la farmacopea keynesiana es muy grata a los políticos, porque les permite salir del paso a corto plazo. Es sabido que al epónimo economista británico, Mr. Keynes, le interesaba escasamente el largo plazo, porque a ese horizonte temporal tan lejano, decía, “todos estaremos muertos”. Como economista que procura tomarse su oficio lo más en serio posible, siento cierta envidia de los médicos. Los galenos poseen unos saberes, cada vez más eficaces, que ellos mismos aplican, mientras nosotros, los economistas -con independencia de la eficacia de nuestros conocimientos- no solemos ser los que los aplicamos, sino que son los políticos los que lo hacen por nosotros. Y esta mediatización puede explicar muchas cosas. Por ejemplo, que se recurra a los parches Sor Virginia (planes E zapateriles, por 5.000 millones de euros, nada menos) para remediar dolencias que requieren tratamientos mucho más rigurosos, e incluso la cirugía (reformas estructurales, como son las del régimen político de las Autonomías o la propia consolidación fiscal). Y es que el remedio paliativo de los célebres parches los tolera mejor el cuerpo electoral que otras medidas más drásticas y dolorosas. Por eso, digo, los políticos suelen preferir los remedios del curandero o la medicina paliativa, a la propiamente curativa.

¿Fueron a abrazar al Santo?

La pasada semana han coincidido en Santiago de Compostela nuestro ministro de Economía y el de Finanzas alemán. El primero de ellos, señor De Guindos, ha coincidido con el segundo acerca de la conveniencia de cohonestar la consolidación fiscal (ya saben, eso de los ajustes entre ingresos y gastos para ir reduciendo el déficit público hasta su eliminación total… y luego poder inflarlo otra vez) y la necesidad de acometer una política de gastos que propicie el crecimiento. En principio, parece que eso es lo que fueron a pedir ambos ministros al Señor Santiago, patrón de España, porque no consta que el apóstol haya sido destituido de tan comprometido cargo. Y han hecho muy bien en ir los dos juntos, porque la sentencia aquella de Ortega y Gasset –el gran Espectador- que afirmaba rotundamente: “España es el problema y Europa la solución”, tendríamos hoy que reformularla: “España es el problema,…y Europa también”. De modo que a Santiago, a pedir árnica al Santo.

Bien, pues creo sinceramente que para lograr dicho propósito no hace falta ningún milagro, bastaría con la dosis necesaria de realismo y voluntad política. Sí, me parece que la consolidación fiscal y una discreta expansión de determinados gastos públicos pueden ser perfectamente compatibles. Diría incluso que la combinación de ambas políticas constituye una buena receta para lograr la superación de la crisis y un crecimiento económico más sano y sostenible.

Mucho menos gasto por aquí,… y un poquito más por allá.

 La consolidación fiscal debe lograrse fundamentalmente por vía de la reducción del gasto público consuntivo así como por el redimensionamiento del propio Sector público (estatal, autonómico, provincial y municipal), el cual ha de replegarse al desempeño de las funciones que hoy le atribuye la teoría de los fallos del mercado (el Estado, entendido en sentido amplio, debe hacer únicamente lo que la sociedad no puede hacer por sí misma y, sin embargo, es necesario hacer), sometiéndose a las limitaciones y controles que se desprenden de la teoría de la elección colectiva, al objeto de evitar sus excesos e ineficiencias. Hace unos días negaba el presidente del Gobierno la revisión del Estado de las Autonomías (“ni se plantea”, dijo); si bien después, en el acto de toma de posesión del nuevo presidente del Consejo de Estado –esto es, en sede del organismo más claramente prescindible del Estado, al decir de conspicuos administrativistas- declaró imprescindible “repensar y evaluar” seriamente la cuestión para evitar duplicidades y costes excesivos. Pero no se trata de tener buenos pensamientos sino acertadas decisiones, aunque, en honor a la verdad, hay que decir que el acuerdo del último Consejo de Ministros de reasumir las competencias en materia de cuencas hidrográficas, puede constituir un indicio esperanzador.

 Hablamos de gastos superfluos y hay que decir, una vez más, que el mejor camino para recortarlos es recortar directamente al gastador, porque lo primero vendría por añadidura, con mejora de la eficiencia y ampliación de los espacios de libertad. Tenemos, en efecto, un Sector público metomentodo y glotón, y, como consecuencia de ello, patológicamente obeso. Repetir la larga lista de los organismos y conceptos donde aplicar la tijera, da pereza. Pero nunca hay que perder la oportunidad de recordar que no es función del Estado, por ejemplo, la de imponernos la lengua en que tenemos que hablar, enseñarnos lo que moralmente es bueno o malo, y, en fin, marcarnos el paso “de la cuna a la sepultura”, como suele decirse. Como tampoco es ocioso insistir en que no hay sanidad, educación, ni protección social a coste cero, pues, como decía el presidente Jefferson: “si esperamos que el Estado nos lo dé todo, será el Estado quien nos lo quite todo”.

En cuanto al marasmo regulatorio derivado de la amplísima capacidad normativa reconocida a las Comunidades Autónomas -fuente de inseguridad jurídica y de toda clase de distorsiones económicas interterritoriales, además de factor disuasorio para la inversión directa extranjera en España-, baste con mencionar la principal conclusión del reciente informe de CEOE sobre la ruptura de la unidad de mercado en nuestro país. Aplicando al caso español la metodología del Informe Checchini sobre El coste de la no-Europa (1988), obtendríamos como resultado una pérdida de crecimiento económico potencial de unos 45.000 millones de euros anuales. Añádase a este dato el exceso de gasto corriente incurrido por las duplicidades administrativas de dichas Comunidades, estimado por la Fundación UPyD en 26.000 millones, y tendremos una idea, siquiera aproximada, del coste de oportunidad y del coste directo del régimen autonómico. Son cálculos muy groseros, sin duda, pero expresivos.

¿Entonces, qué gastos cabría aumentar para conseguir eso de ”preservar la austeridad sin dañar el crecimiento”, al decir de la señora Lagarde? Con carácter general, hay que responder que, en todo caso, aquellos gastos que contribuyan efectivamente a mejorar la eficiencia del sistema económico, la integración del mercado interior, la productividad y la cohesión nacional. Se afirma reiteradamente que España ha realizado en estos últimos tiempos un gasto excesivo en infraestructuras y que ocupamos a este respecto un puesto en el ranking internacional que no se corresponde con nuestro  verdadero nivel económico. No obstante, la dotación presupuestaria del Estado para este capítulo, en 2012, se ha incrementado en un 39% respecto a la de 2011, pasando de 3.199 millones de euros a 4.448. Se echan en falta, ciertamente, las argumentaciones de los keynesianos de hogaño acerca de las ventajas que, para impulsar el crecimiento y el empleo, posee el multiplicador de la inversión, una vez demostrados los perniciosos efectos del keynesianismo vulgar cifrado en el gasto meramente consuntivo.

¿Y cómo se financia todo esto?

Un país como España, que en 2012 tiene que afrontar el pago de unos intereses de la Deuda de 29.246 millones de euros; que al final de este mismo año tendrá un volumen de endeudamiento público del 79´8% del PIB (2011 se cerró con un 68´5%) y de deuda exterior total casi el cuádruplo de su PIB ; que ve cómo minora la capacidad recaudatoria de sus principales impuestos (después de haber elevado sustancialmente la presión fiscal por vía del IRPF y el IS, y con el proyecto de intensificarla pronto por la del IVA y otros  impuestos sobre el consumo); un país así, repito, que ve deteriorarse progresivamente el rating de su Deuda soberana (BBB+, según la última calificación de Standard and Poor´s) y aumentar su diferencial con respecto al bono alemán de referencia ( hasta los 456 p.b., a fecha de ayer mismo), no tiene otra alternativa que proceder a una profunda reforma de sus instituciones económicas, empezando por la de su hipertrófico e ineficiente Sector público.   

Como las históricas de Mendizábal y Madoz en el XIX, se impone hoy una nueva desamortización, esta vez del patrimonio prescindible de las Administraciones públicas. Causa estupor la cifra -seguro que corta- de los 55.000 inmuebles que mencionó la vicepresidenta del Gobierno en una de sus primeras comparecencias ante los medios de comunicación. Lo mismo que la mayor parte del sector público empresarial, con un censo de más de 4.000 entidades del más diverso pelaje. Una medida así generaría importantes ingresos de capital y un significativo ahorro de gastos corrientes para el futuro.

Por último, hay que insistir, una vez más, en la necesidad de revitalizar el principio del beneficio como criterio de reparto de la carga fiscal. No es razonable que un Estado que presta tantos servicios que se traducen en beneficios individuales y divisibles, sólo prevea obtener por el capítulo “Tasas y otros ingresos” el 2% de los recursos presupuestados en concepto de “Ingresos impositivos”. Ciertamente, no sólo de impuestos debe vivir la Hacienda, pues, además de las tasas, existen las contribuciones especiales y, fuera del ámbito estrictamente tributario, los precios públicos. Una aplicación ortodoxa de estos conceptos de ingreso contribuiría, sin duda, a la consolidación fiscal mejorando la equidad en el reparto de las cargas comunes y la eficiencia económica.       


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba