Desde la Tarima

Los diez mandamientos del profesor Velarde

Deben los discípulos ceder a los maestros el sitio en su tarima  - por  modesta que ésta sea-, cuando imparten lecciones  magistrales desde su  singular experiencia y sabiduría. Con  motivo de su séptimo doctorado “Honoris Causa”, esta vez por  la Universidad  Rey Juan Carlos, el profesor Juan Velarde se ha pronunciado acerca del panorama que ofrece nuestra economía en la actual encrucijada –tomo este término del título del último libro de Jaime Requeijo, de imprescindible lectura-, formulando el maestro su decálogo para superarla. Puede resumirse así: 1º) Revisar la actualpolíticaenergética (renovables, sí; nuclear, no), que hace crónica nuestra dependencia del exterior  y merma gravemente  nuestra competitividad; 2º) Flexibilizar el mercadodetrabajo (especialmente en lo relativo a la negociación colectiva y a otros extremos que dificultan la contratación laboral); 3º) Culminar la reforma de las cajasdeahorro y del sistemacrediticio en su conjunto (especialmente a la vista de los acuerdos de Basilea III, que obligarán a triplicar el capital de calidad de los bancos como medio para aumentar sus defensas frente a futuras crisis financieras); 4º) Replantear el EstadodeBienestar para garantizar su viabilidad y mejorar su eficiencia,  afrontando la situación creada por nuestro “suicidio demográfico”, que impone revisar el exclusivo sistema de reparto en la financiación del sistema de pensiones, así como reparar las graves consecuencias derivadas de la fragmentación territorial de la sanidad pública; 5º) Acometer las reformas institucionales precisas para mejorar la eficacia, transparencia e independencia de los organismosreguladores; 6º) Efectuar la reforma de la “Reforma tributaria Fuentes Quintana-Fernández Ordóñez”, de 1978, que, casi cinco lustros después, reclama importantes cambios para su adecuación a las actuales circunstancias  nacionales y a los imperativos de la economía global; 7º) Reconstruir la unidaddemercado lesionada por el disolvente influjo de las políticas autonómicas de intervención en la actividad económica; 8º) Liquidar el anacrónico sectorpúblicoempresarial que ha ido proliferando a la sombra de las administraciones autonómica y local, en grave detrimento de la economía de mercado; 9) Afrontar una radical reforma delsistemaeducativo - desde la enseñanza primaria a la superior, pasando por la laboral-,  congruente con la fortísima dinámica de la Revolución Industrial, si no queremos quedarnos definitivamente descolgado de ella; y 10) Aprovechar las ventajas que pueden derivarse, sobre todo para el área mediterránea, del cambiodelarentadesituacióndeEspaña, al encontrarse ésta rodeada por el tráfico que une los crecientes mercados del Pacífico y el Índico con la UE,  pues da la impresión –insiste Velarde, desde hace tiempo- de que Valencia ha pasado a ocupar la posición central por su inmediato enlace con Madrid, Cataluña, Francia, la zona del Ebro y el desarrollo forzoso de nuestro SE.

Diez mandamientos de obligado cumplimiento, cada uno de los cuales implica la adopción de numerosas medidas concretas cuyos efectos directos o colaterales no han de ser gratos para muchos. Diez mandamientos que exigen a quienes han de cumplirlos un plus de algo que no está precisamente de moda, aunque no hace mucho se haya exigido airadamente, desde el anterior Gobierno, a quienes en aquel momento se encontraban en la oposición. Me refiero al patriotismo que, en economía como en política, nada tiene que ver con el nacionalismo, lacra y riesgo que algunos atisban en el horizonte de esta malhadada crisis global como  torpe reacción del ¡Sálvese quien pueda! Pues como ha señalado el informe del Foro Económico Mundial, “Riesgos Globales 2012”, los actuales desajustes económicos que, con toda probabilidad, se mantendrán a lo largo del próximo decenio, constituyen una grave amenaza para el crecimiento mundial, un peligroso caldo de cultivo de nacionalismos,  proteccionismos y populismos. Por eso es importante que quienes tienen la responsabilidad de acometer las reformas que para España prescribe el decálogo del profesor Velarde,  actúen con prontitud y firmeza, pues como escribió el maestro Azorín cuando era aprendiz de parlamentario, en los inquietos tiempos de Maura y La Cierva, “…el político no debe […] dejarse arrastrar por el impulso general; si es preciso, tenga el valor de arrostrar la impopularidad; la efervescencia, la pasión pasará, y entonces  todos reconocerán que él tuvo razón”. Así sea.


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