Desde la Tarima

Las catedrales pesan mucho

Más sobre juramentos y sobre “El discurso del Rey”.

Un conocido digital publicaba días atrás una columna en la que el autor se felicitaba por un hecho notable: la ausencia del crucifijo y de la Biblia en el acto de proclamación del nuevo rey. Informaba también de que, al parecer, y a partir de ahora,  “[…] los nuevos cargos públicos podrán jurar o prometer sin tener delante la Biblia y el crucifijo”. Atribuye al monarca esta novedad protocolaria, pues “[…] ha tenido que ser don Felipe VI, un rey conectado al latido de su tiempo, el que se remita a un derecho fundamental […] que sea el individuo llamado a protagonizar la ceremonia quien decida si quiere o no la presencia de dichos símbolos”. El aludido derecho fundamental resulta ser, para el columnista, el de “libertad religiosa”. Nada menos.

Muchas son las juras o promesas de cargos públicos a las que he asistido en estos años, algunas de ellas colectivas; en todas, junto a un ejemplar de la Constitución, se habían colocado una Biblia y un crucifijo. En todas también, los nuevos cargos pusieron libremente su mano sobre el Texto constitucional o sobre la Biblia, prometiendo o jurando cumplir las obligaciones inherentes al puesto que aceptaban. Creo sinceramente que ni unos ni otros, al optar por una de las alternativas que se les ofrecían, sintieron mermada su libertad de ninguna clase. No, desde luego, la religiosa. Salvo, naturalmente, que a alguno de ellos le resultase insufrible la presencia del crucifijo, cosa que sólo sucede en las películas de vampiros.

Del nacional-laicismo al anticatolicismo.

En anterior columna decía yo que este implacable acoso del nacional-laicismo a cualquier manifestación pública de carácter religioso suponía -en la interpretación más benévola- confundir democracia con irreligiosidad; cuando, en realidad, de lo que algunos tratan es de combatir el catolicismo con el pretexto de la aconfesionalidad. “No nos engañemos…”, decía yo también. Rectifico ahora: que no nos engañen. Un botón de muestra: “Desde el aplastamiento del régimen republicano en 1939 –escribe el aludido columnista-, la Biblia y el crucifijo habían estado presentes en los actos civiles de cierta solemnidad. También en los años de democracia recuperada en1978”. Dos matizaciones. Primera, que el régimen al que alude el columnista se llevó por delante a varios miles de sacerdotes católicos, religiosos y religiosas, obispos y fieles, además  de incendiar y saquear numerosas iglesias, criptas, colegios y monumentos que, como expresión de la religiosidad secular de España, se extendían a lo largo y ancho de su territorio. Segunda matización, que la democracia manifiestamente mejorable  que ahora disfrutamos en modo alguno constituye recuperación de lo de 1931-39. Por la sencilla razón de que aquello no fue nunca una democracia, de principio a fin.. Ignorar esto revela un escaso conocimiento de la historia. La alucinógena y alucinante “memoria histórica” del presidente Rodríguez Zapatero no ha hecho sino suscitar una copiosísima bibliografía –reediciones y producto de nuevas investigaciones- que, confirmando lo que casi se había olvidado, ha puesto las cosas en su sitio. Quien tenga ojos para leer, que lea.

Lo dramático es que parece que hay quien quiere que volvamos donde solíamos. La Junta de Andalucía pretende suprimir las capillas de los hospitales públicos. El rector Carrillo y el decano de Geografía e Historia de la Complutense han decidido transformar la capilla de esta Facultad en un aula para clases. Son éstos sólo algunos hechos del día, pero la cosa viene de atrás. Las citadas autoridades académicas parecen ignorar que la Universidad Complutense fue creada -como las demás universidades clásicas españolas y europeas- por bula pontificia, porque la institución universitaria, como tal, es una creación de la Iglesia católica. De modo que expulsar a ésta del recinto universitario viene a ser como expulsarla de su propia casa.

El Estado español no es ya confesional, lo que, por otra parte, no sería incompatible con la democracia. Dinamarca y el Reino Unido, por ejemplo, poseen estados confesionales, y no parece que precisen lecciones de democracia ni de libertad religiosa. El vecino Marruecos -aunque un poquito menos democrático- es igualmente confesional. Con exquisito respeto lo han asumido los reyes en su reciente visita al reino alaui, al cubrir doña Leticia su cabeza con el preceptivo velo en los actos oficiales. Otra cosa es el Estado laicista, que aspira a la erradicación de la religión  del ámbito de la vida pública (¡Ay, si pudiera hacerlo también de la privada!), y que, como señala Sánchez Cámara, va más allá de la mera neutralidad religiosa, pues lo que hace es asumir y promover una posición determinada: la increencia. Ciertamente, la Constitución Española asume la neutralidad religiosa, pero no el laicismo, ni la eliminación de la religión de la vida pública. Más aún, en su artículo 16.3 establece que “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”.  Que no nos engañen. Saben bien a dónde quieren llevarnos.

No todos los símbolos se dejan quitar.

Es fácil quitar de en medio un crucifijo o una Biblia. Pero no una catedral. Ni tantos monasterios, iglesias y santuarios como pueblan la geografia española. Tampoco es sencillo tachar de un plumazo lo mejor de nuestra literatura, de nuestra pintura, de nuestra música, de nuestro arte y cultura populares,…empapado todo ello, como está, de valores cristianos. Forman parte de nuestro genoma nacional. Pesan demasiado, y no sólo físicamente. Por eso se equivoca Benigno Pendás cuando quiere rellenar de fundamentos kantianos y volterianos esa incógnita “Monarquía renovada para un tiempo nuevo”, invocada por Felipe VI en su discurso de proclamación. No se engañe nadie, en España la legitimidad de origen de la Monarquía, de la que cabe esperar su legitimidad de ejercicio, no procede de la Ilustración precisamente. Si esto se ignora, como dice Juan Manuel de Prada, “[…] la monarquía ya no se puede defender sino mediante subterfugios, como ocurre siempre que se defiende algo escamoteando su verdadera naturaleza”. Es lo mismo que escribió aquel experto en cantárselas al lucero del alba, que fue el caballero santiaguista don Francisco de Quevedo y Villegas: “El medio más cierto para conservar un rey sus reinos es el de poseerlos con las condiciones antiguas que lo hubieren heredado. Porque la costumbre se vuelve en naturaleza y dice el refrán español: ‘mudar de costumbre, a par de muerte’”. Mal hacen quienes al monarca sugieren otra cosa. Que no piensen que con ello convertirán en sinceros y leales monárquicos al rector Carrillo y a su compañía, pongo por caso.    


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