Desde la Tarima

¿Por qué VOX?

Vieja y nueva política

Ha transcurrido un siglo exactamente desde que Ortega y Gasset pronunciara en el Teatro de la Comedia de Madrid su célebre conferencia “Vieja y nueva política”, una de esas piezas oratorias memorables porque expresan momentos decisivos en la historia de los pueblos. Lo dramático es que, en la de esta España nuestra, tales momentos se reproducen con pasmosa semejanza, si no identidad. De aquella conferencia procede la distinción entre esos dos mundos -al parecer inconciliables- de la España oficial y la España real. Permítame el lector reproducir alguno de sus párrafos: “La España oficial consiste […] en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de una ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios [Gobiernos] de alucinación […]. Dos Españas que viven juntas y que son perfectamente extrañas […] Asistimos –añadía Ortega- al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos y hasta de su vocabulario […]”. No, ciertamente, estas palabras no son de hoy; fueron pronunciadas hace cien años, pero pueden repetirse hoy. Desgraciadamente, no son extemporáneas.

Vamos a ver, ¿recuerdan ustedes el turnismo de los partidos de los señores Cánovas y Sagasta en el gobierno de la nación? ¿Y lo de la oligarquía y el caciquismo de don Joaquín Costa? Bueno, pues en eso mismo andamos, aunque ahora bajo formas más sofisticadas. Pero en cuanto a lo que denunciaba el oscense, ya digo: oligarcas, caciques, corrupción, falsificación… con todo ello parece funcionar nuevamente la política en este sufrido país.

¿Renovación… regeneración?

Ambas cosas no son lo mismo. Renovar es hacer de nuevo, y esto, en política, es muy difícil. Me atrevería a decir que, en ocasiones, puede incluso resultar temerario. La oportunidad de haberlo hecho bien desde un principio pasó lamentablemente. Esa será siempre la mácula imborrable de la Transición. Más bien parece el momento de regenerar, es decir, de “dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo”. Cuando una nueva formación política se compromete a defender el Estado de Derecho; el imperio de la ley; la unidad de la nación española; la defensa y promoción de la cultura de la vida y de la institución familiar; unas nuevas leyes electoral y de partidos que garanticen la auténtica representatividad de éstos; la independencia del Poder Judicial; un sistema económico donde el protagonismo corresponda a la iniciativa social convenientemente disciplinada; una Hacienda que reparta la carga fiscal de forma equitativa y sólo para financiar el gasto público estrictamente necesario, evitando el endeudamiento disparatado e insostenible; un replanteamiento de nuestro degradado sistema educativo… en fin, cuando un nuevo partido cuyos promotores podrían haber seguido vegetando cómodamente a la sombra de otro de los partidos ya desacreditados, aunque hegemónicos, ese nuevo partido, digo, merece, cuando menos, el beneficio de la duda.

¿Por qué Vox? cuestionaba estos días un amigo y contertulio. Y otro le respondía: porque se compromete a impulsar lo que se presumía iban a hacer, y no están haciendo, quienes actualmente gobiernan (¿he dicho, gobiernan?). De modo que el voto a Vox vendría a ser el de los votantes del PP desengañados. Y parece que son muchos los que así piensan.

Vieja o nueva, que esté basada en principios

Antes y ahora, lo que se echa en falta en la política española son los principios. Es sabido que hay dos clases de ética: la deontológica y la utilitarista. La primera orienta la conducta hacia lo que es debido; la segunda, a la consecución del placer (“el mayor placer para el mayor número”, según la conocida fórmula, de Bentham a Mill). Lo que sucede con harta frecuencia es que el consecuencialismo o utilitarismo ético implica la justificación de los medios por los fines. Es conocida la sentencia de aquél tribunal alemán que, tras la II Guerra Mundial, condenó a un conjunto de médicos nazis por practicar la eutanasia a enfermos mentales con el pretexto de salvar la vida a otros muchos enfermos psíquicamente normales. Y lo que también sucede es que en política –en esa política con minúscula a la que nos tienen acostumbrados- las decisiones se adoptan en función de los resultados de lo que podríamos llamar análisis, no económico, sino electoral, del coste-beneficio. Lo de menos es el imperativo del deber. De lo que se trata es de mantenerse en el machito o de encaramarse a él.

La rentabilidad, incluso electoral, de mantener los principios

Y esto, ¿a santo de qué viene? Hablando del nuevo partido Vox cuyas sanas intenciones programáticas he recogido más arriba, se advierte cierta confusión respecto a un asunto fundamental, a un asunto en relación con el cual decía Julián Marías que permitía apreciar la verdadera temperatura moral de una sociedad. Me refiero a su actitud frente al aborto. Se trata de una cuestión de principios, y los principios no admiten componendas relativistas o coyunturales; menos aún su sometimiento al criterio de la mayoría. Este criterio es útil para muchas cosas, pero es irrelevante en materia de principios. Como conozco a varios de los promotores de la nueva formación política y me consta su actitud personal al respecto, me sorprende la ambigüedad con que la cuestión es tratada por uno de sus miembros –no el de más bajo nivel intelectual ni moral, por cierto- en un video que circula por la red. En efecto, si la defensa de la unidad de España no precisa, considerada como principio, del refrendo de un congreso de Vox posterior a las inmediatas elecciones europeas, no se comprende por qué la postura respecto al aborto sí ha de requerirlo. Por la misma razón, aducir que tal cuestión sólo interesa a 0,7% de la población española –si es que ello fuera así, naturalmente-, tampoco es un argumento relevante. Argüir que pueden plantearse situaciones de conflicto entre los derechos del niño y los de la madre, carece de sentido cuando antes se ha afirmado rotundamente que el aborto es un crimen y nunca un derecho. Sorprende, en fin, que pueda decirse que el orden político es distinto del orden moral. La acción política supone siempre elección: elección entre lo bueno y lo malo; entre lo mejor y lo peor; entre hacer y no hacer. Porque la palabra ética viene de ethos, que significa conducta. Por eso la moral es rigurosamente inseparable de la política.

Hago votos porque Vox -esta nueva y refrescante opción electoral- aclare extremo tan importante como el que señalo. Se ignora que, con frecuencia y paradójicamente, la política de principios –la Política con mayúscula- proporciona a la postre más bienestar y felicidad que la utilitarista, e incluso mayor rédito electoral.


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