Desde la Tarima

Rescatémonos primero a nosotros mismos

Lo que hay que hacer antes del limosneo 

Rescate virtual, rescate blando, rescate placebo… Artificios y malabares para sortear o diferir algo a la postre inevitable si no se adoptan las medidas necesarias para sortearlo. Con tasas de crecimiento negativas y el elevado volumen actual de endeudamiento exterior (público y privado), la economía española no puede salir del hoyo de la recesión, crear empleo ni financiar indefinidamente -menos aún achicar- su abultado déficit público. No hay solución a corto plazo. El único remedio -cuyos frutos no comenzarían a cosecharse sino, en todo caso, a plazo medio- consiste en intensificar las tan traídas y llevadas reformas estructurales con decisión y rigor. Pero antes, o al tiempo, hay que hacer algo más. Mucho más. Menos gravoso para los ciudadanos, aunque muchísimo más para los políticos, dueños del establecimiento (establishment, dicen los ingleses).

Suele decirse que, por la atonía de la demanda interna, la única solución para nuestra economía pasa por intensificar su externalización (bárbaro término). Ha de ser la demanda externa la que tire del carro, se afirma. Pero se da la circunstancia de que los problemas actuales no nos afectan sólo a nosotros, sino al conjunto de la economía mundial. Cosas de la globalización. Es cuestionable que el estímulo necesario para la recuperación pueda venir sólo de fuera. El pulso de las economías más sólidas y dinámicas de la Unión Europea parece debilitarse (Finlandia, Holanda, Francia, incluso la propia Alemania, dan muestras de ello), y lo mismo se advierte en relación con las economías del Sureste asiático. También en la de China. La economía norteamericana no se encuentra, desde luego, en la mejor forma. De modo que, de momento, sin renunciar al objetivo de mejorar nuestra competitividad exterior, antes bien, acometiendo lo antes posible las reformas precisas para lograrlo, es imprescindible poner la casa en orden, insistir en las reformas estructurales emprendidas, profundizando en ellas y extendiéndolas a otros ámbitos de la actividad económica y del conjunto de la vida nacional. No se oculta el gradualismo con que las mismas han de llevarse a cabo, sobre todo por razones políticas y de orden social. Mas ese tempolento que impone la prudencia es, precisamente, la principal razón para no demorar su puesta en marcha. La confianza, como la seguridad jurídica, es un condicionante fundamental de la prosperidad económica. Un banco presta porque confía en que el prestatario le devolverá lo prestado y le pagará los intereses convenidos. Una persona física o jurídica solicita un crédito a una entidad financiera para emprender, ampliar o sostener un negocio, porque confía en que lo resultados del mismo le permitirán reintegrar el crédito dispuesto y satisfacer los intereses correspondientes. Una firma extranjera invierte en un determinado país porque confía en que la estabilidad social y política en él, así como la seguridad jurídica, están suficientemente garantizadas. Un banco avala la deuda de un cliente a un tercero porque confía en que aquel cumplirá finalmente con su obligación. No hay economía próspera sin confianza, y la confianza se disipa en la misma medida que aumenta la incertidumbre. Hay que recuperar la confianza, la que debemos merecer puertas afuera y la confianza en nosotros mismos.

Delenda est Estado de las Autonomías

Bien, y esto, ¿Qué tiene que ver con el famoso rescate a España?. Ciertamente, deberíamos preguntarnos, en primer lugar, por qué España necesita ser rescatada. Pues porque, como consecuencia de la crisis internacional, ha salido a la superficie la crisis endógena larvada y generada por los defectos estructurales de nuestra economía y, de una manera especial, por los de nuestro disparatado e ineficiente Sector público. En nuestro país, este sector, por su inadecuada configuración política, orgánica y funcional, y por su sobredimensionado tamaño, se ha convertido más en una rémora para el conjunto de la economía española que en una instancia que la ordene y contribuya a subsanar sus fallos y a suplir sus deficiencias. Enfrentamos una crisis política, económica e institucional. No creo exagerado decir que histórica. Por ello, para remontarla no basta con actuar sobre sus síntomas, sino que es preciso hacerlo sobre sus causas. En definitiva, únicamente mediante una radical reforma política y administrativa que economice medios y permita la instrumentación de políticas eficaces para el conjunto de la nación (es decir, mediante un profundo replanteamiento del disparatado “Estado de las Autonomías”); únicamente a través de una reforma fiscal que, partiendo del principio de equidad en el reparto de las cargas comunes, propicie el ahorro, la inversión y el empleo; únicamente mediante una homogeneización del ordenamiento jurídico que permita la recuperar la unidad de mercado y garantice la más eficiente asignación territorial de los recursos disponibles; únicamente a través de reformas de semejante calado, insisto, podrá ofrecerse la confianza imprescindible en los mercados financieros para superar la presente situación.

Delenda est Cartago,¡Cartago debe ser destruida!”, clamaba en el Senado romano Catón el Viejo al conocer que, tras la segunda guerra púnica, la mítica ciudad fenicia trataba de reorganizarse. ¿Para cuándo, me pregunto yo, la revocación del Estado autonómico que está ya en la mente y la boca de todos, con rara unanimidad, desde hace tiempo? 

Nada de parches Sor Virginia

De menor relevancia es la cuestión de si el rescate a nuestra economía ha de venir del Eurogrupo o de cualquier otra instancia, de si ha de ser virtual o real, total o parcial, directo al Estado o a las entidades financieras averiadas, sin mediación estatal. El llamado rescate virtual –ya denegado por Alemania, por cierto- no constituye sino una forma de aval en relación con nuestro endeudamiento al objeto de lograr que mejore nuestro rating (nuestra capacidad estimada para pagar la deuda o, lo que es lo mismo, del riesgo de invertir en ella), y nuestra prima de riesgo (o interés extra que tienen que ofrecer los bonos españoles a diez años, por encima del que ofrecen los bonos alemanes al mismo plazo). El rescate virtual sería, todo lo más, un aval que trataría de suplir interinamente la desconfianza que inspiramos a nuestros inversores y prestamistas foráneos. Se considera que el mero hecho de contar con una línea de crédito disponible suficientemente amplia, aunque no se disponga de ella efectivamente, ha de redundar en una sustancial mejora de los indicadores anteriores. Pero esto no deja de ser un tente mientras cobro, porque esos indicadores miden los síntomas, no las causas del mal que padecemos. Si nos fijamos en el déficit, más que cómo entretenerlo se trata de cómo reducirlo y de cómo evitar que se reproduzca. Y esto sólo es posible lograrlo mediante las reformas apuntadas, que incluyen un profundo replanteamiento del desgraciado modelo territorial autonómico que padecemos, y porque únicamente por medio de ellas a España le será factible recuperar la confianza perdida para mejorar el coste de su financiación, y, sobre todo, porque sólo a partir de ellas podrá retomar el camino de un crecimiento equilibrado y sostenido, además de sobrevivir como nación.

Unas palabras de San Agustín para reflexión de losseñores Mas, Urcullu, …y Rajoy

La unidad de España es un bien moral protegible, en efecto. Porque la unidad propicia la solidaridad, y ésta facilita la supervivencia. Axiológicamente, pues, la unidad es superior a la división. Sí, también en lo económico. Esto lo digo yo, con perdón, y, más o menos, ya lo dijo la Conferencia Episcopal Española, de la que deben formar parte monseñor Sistach y cierto epíscope incontinente, colaborador suyo. Dice así el de Tagaste: “La piedra, para que sea piedra, debe tener sus partes y naturaleza trabadas en sólida unidad. Lo mismo el árbol, para que sea tal, debe ser uno […] La esencia de la amistad consiste también en la tendencia a lo uno. Y cuanto más unidos sean dos seres, tanto más amigos serán. El pueblo es una ciudad a la que no conviene la disensión”. Por algo le llamaban El Águila de Hipona.


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