Desde la Tarima

Rajoy, vicepresidente económico de sí mismo

No malinterprete el lector el lema de esta columna. No trataré de aleccionar a nadie, menos aún de pontificar. A lo largo de unos cuantos años como profesor universitario he procurado valerme de la tarima –ese estrado que se alza ligeramente sobre el suelo del aula- sólo para que los alumnos me vieran y oyesen mejor, y para hacer yo lo propio con los de las últimas filas. Nada más. Soy consciente de que desde la tarima se han dicho y se dicen a menudo muchas tonterías, e incluso maldades. Decía Víktor Frankl que ni Treblinka ni Maidanek habían sido preparados fundamentalmente en los Ministerios nazis de Berlín, sino mucho antes, en las mesas de escritorio y en las aulas de los científicos y filósofos nihilistas. Pero no se asusten ustedes, amigos, mis modestísimas opiniones nunca podrían inspirar las enormidades denunciadas por el catedrático vienés. No doy para tanto. Deseo anticipar también que admiro a muchos colegas que han optado -ocasional o indefinidamente- por el ejercicio de la política adscribiéndose a un determinado partido.

Nada que objetarles. Es más, creo que sería espléndido que fueran más numerosos los que ejercitaran esa opción, siempre que fuese para enriquecer con su sabiduría y buen juicio la manifiestamente mejorable vida política española. Ocurre, sin embargo, que la militancia política implica lógicamente aceptar una determinada disciplina, y es ahí donde creo que puede darse una clara incompatibilidad entre la acción política y el oficio universitario, al menos mientras éste pretenda ser ejercido con la independencia de criterio y la libertad de opinión que le son propios.

Por lo demás, quiero agradecer a VOZPÓPULI y a Jesús Cacho, su director, la oportunidad que me brindan al ofrecerme sus páginas virtuales para tratar de algunas cuestiones que espero sean de algún interés. Y si no, que Dios me lo demande. En efecto, reconocía Paul Johnson que “escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos ocurra [en mi caso tendría que decir, sobre cualquier tema relacionado con la economía] es uno de los grandes privilegios de la vida”. Coincido plenamente con el sentir del historiador y periodista británico.

Pero vamos a lo nuestro. Pasados unos días desde la investidura de Rajoy y desvelado el misterio de la composición de su Gobierno, creo que pueden formularse algunas certezas y, sobre todo, algunas dudas y perplejidades. En cuanto al Ramo de la Hacienda y la Economía -como decían nuestros abuelos-, la mejora es evidente. Tanto Montoro como De Guindos tienen su “valor probado”. Y vuelven a la liza en el mismo puesto de combate que hace dos legislaturas, aunque el segundo de ellos en posición más destacada que entonces. Sin duda, muchas de las medallas otorgadas a Rato como vicepresidente del Gobierno debiera compartirlas con estos dos notables economistas. Del primer periodo de Cristóbal Montoro como ministro de Hacienda, me vienen a la memoria, a botepronto, realizaciones fundamentales, como las leyes General Presupuestaria, de Estabilidad Presupuestaria, de Subvenciones, y de Patrimonio de las Administraciones Públicas; así como los borradores para la declaración de la renta e importantes Textos Refundidos, como los del IRPF y del Impuesto sobre Sociedades. Pero, sobre todo, fue mérito de Montoro el retorno de nuestras finanzas públicas a la senda del equilibrio presupuestario, perdido desde 1976,… y vuelto a perder tras su ausencia. No en vano alguien le ha caracterizado como “el inventor del déficit cero”.

En cierta ocasión le hice notar que su paso por el Ministerio evocaba al del propio Bravo Murillo, consolidador de nuestro moderno sistema de Hacienda.

Al margen de materias bien diferenciadas, como las de agricultura, industria, comercio o turismo, la responsabilidad de la política económica general –la que ha de centrarse en el empleo, la consolidación fiscal, los equilibrios interno y exterior y el crecimiento económico- va a compartirse, como es sabido, entre diversos departamentos y organismos: los ministerios de Hacienda y Administraciones Públicas, de Economía y Competitividad, de Empleo, y la Oficina Económica del Presidente, regidos por Montoro, De Guindos, Báñez y Nadal, respectivamente. Además, Rajoy se reserva la presidencia de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos. ¿Responde este esquema a un planteamiento organizativo lógico, diseñado de antemano, o es, más bien, la solución galaica –disfrazada de respuesta salomónica- a las aspiraciones hegemónicas de algunos de los personajes citados? En algún medio se ha aventurado una historia de ofrecimientos previos, renuncias y asunción condicional de tareas parlamentarias durante la etapa opositora del PP, finalmente defraudadas. Poco importa eso ahora. Lo relevante es si un esquema organizativo como el que se nos presenta es el adecuado para instrumentar armónicamente las medidas necesarias frente a la crisis, o si, por el contrario, las fricciones competenciales que el mismo implica restarán coherencia, agilidad y eficacia a la acción del Gobierno.

La vicepresidenta Sáenz de Santamaría ha aclarado que a Hacienda y Administraciones Públicas se le ha asignado, básicamente, la función de control del déficit (de ahí la fusión de ambos ministerios anteriores), mientras a Economía y Competitividad se le encomienda la adopción de las medidas y reformas precisas para la mejora de la competitividad, así como la reestructuración del sistema financiero. La Oficina Económica del Presidente hará, por su parte, de “contrapoder económico (sic) frente a Montoro y De Guindos”. Y la misma fuente añade que “Rajoy asumirá en primera persona – el subrayado es mío- la coordinación de la economía” (de ahí que se reserve la presidencia de la Comisión delegada correspondiente). De modo que lo que en su momento correspondió, con muy buen criterio, a un sólo ministerio (Economía y Hacienda), con rango de vicepresidencia, queda ahora repartido entre diversos órganos e instancias del Gobierno bajo la supervisión y autoridad de su primer ministro.

En suma, que Rajoy se ha nombrado vicepresidente económico de sí mismo. Y en aras de la agilidad, coherencia y eficacia de las políticas a instrumentar para salir de la crisis, sólo se me ocurre formular un ferviente deseo: ut unum sint, que todos sean uno. Porque, en efecto, escasas han de ser las medidas coadyuvantes a la mejora de la competitividad, por ejemplo, que no hayan de traducirse en algún aumento de los gastos públicos o en una minoración de los ingresos (en forma éstos de beneficios tributarios). Sustraídas al Gobierno las competencias en materia de política monetaria y cambiaria por el BCE, y teniendo que respetar escrupulosamente el marco normativo propio del mercado único, poco margen de maniobra queda a una política fiscal cada vez más dependiente de la tutela y supervisión eurocomunitarias. Aparte de los famosos “recortes” (Montoro ha dicho que no volvía para hacer recortes, sino para acometer reformas), ese margen sí existe. Otro día trataremos de la reforma tributaria que nadie propone.


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