Desde la Tarima

De Pentecostés a Babel, montados en el separatismo

LenguarazEspaña

La señora Sánchez Camacho, líder de lo que parece ser el PP en Cataluña, ha dicho hace unos días: “El catalán es la lengua de mi país [por Cataluña], es la lengua con la que hablo a mi hijo. […] Pero creo que el castellano también forma parte del patrimonio cultural de todos como lengua oficial de España y que también los niños pueden tener en la escuela un incremento [sic] del castellano en las mismas aulas”. Generosa concesión la de doña Alicia. Pero la señora Sánchez Camacho ha dicho, al parecer, algo más. Ha dicho que en todas las benditas Comunidades autónomas debería garantizarse la enseñanza en todas las lenguas del Estado (parece ser que el Estado habla y, además, es políglota porque lo hace en varias lenguas). Eso si que es una huida hacia adelante. Yo no sé si la señora Sánchez Camacho está bien de la cabeza ni si ha echado cuentas acerca del número de idiomas, lenguas, dialectos, parlas y fablas que se usan en España. Porque no creo que su luminosa propuesta vaya referida sólo al catalán, el gallego y el vascuence, lo que ya sería bastante disparatado. Puestos a garantizar el uso y fomento del habla de cada cual en cualquier parte, no veo razón para marginar a quienes podrían exigir idéntico trato con todo el derecho del mundo. Un somero repaso de los manuales de dialectología española de los profesores Alvar, García de Diego o Zamora Vicente, permite identificar, cuando menos, doce variantes dialectales del viejo castellano sólo aquí, en la todavía más vieja Península Ibérica y en las Islas Canarias: riojano, hablas asturianas (al parecer, varias), leonés (lo mismo), mirandés, extremeño, andaluz, barranqueño, aragonés, navarro, murciano (el cual posee su propia variedad dialectal, el panocho) y canario.

¿Y por qué no ampliar la lista al español de México, las Antillas, América Central, Sudamérica o Filipinas? Al cabo, sus naturales pueden acceder a la doble nacionalidad con la nuestra propia, la española (por cierto, en materia de lenguas, convendría insistir, una vez más, en la necesidad de distinguir entre el español y las demás lenguas de España, como lo hace el profesor Gregorio Salvador). O sea, que añadiendo todo esto al catalán, al gallego y al vasco (es decir, a la lengua “complex” -el batúa- creada in vitro por los filólogos nacionalistas sobre la base de ocho de las variantes dialectales de la región), además de al aranés –modulación gascona del idioma occitano, que también merece un respeto-, España puede convertirse en la academia de idiomas más grande del mundo. Y siguiendo esta misma línea de exaltación del particularismo lingüístico, no resisto la tentación de transcribir lo que Julio Camba –el gran pontevedrés de cuya muerte se ha cumplido el cincuentenario este mismo año, sin pena ni gloria- decía del filólogo Michelena. Al corriente Camba de que éste era, al parecer, el “[…] único depositario [del] rico vocabulario vascuence”, se preguntaba: “¿Qué hará con el vascuence Mourlane Michelena? Yo me explico que se tenga una casa para uno solo, y una botella para uno solo, y una mujer para uno solo; pero no me explico que nadie tenga un teléfono ni un idioma para usarlos exclusivamente consigo mismo”. El humor, en efecto, ha sido siempre una eficaz manera de expresar la realidad de algunas cosas. No hay que insistir en que las lenguas son instrumento para la comunicación entre las personas, no para su aislamiento y estabulación que es lo que quieren a toda costa los separatistas, quiero decir, sin que les importen los euros ni la lesión de los derechos más elementales. Claro que a fuerza de “inmersión lingüística” deben ser ya algo más numerosos los que pueden manejarse, por ejemplo, en el artificial constructo realizado con los rescoldos léxicos preindoeuropeos de las españolísimas Provincias Vascongadas.

España deslenguada

Sí, para los separatistas -y para quienes irresponsablemente colaboran con ellos por no se sabe qué complejos y cálculos electorales siempre defraudados- es fundamental el monopolio de la lengua. Pues es sabido, el monopolista tiene en todo la sartén por el mango. ¡Y de qué manera, cuando ese mango es el instrumento para entenderse! Parecen seguir una pobre interpretación de las palabras de Wittgenstein, el creador la teoría figurativa del lenguaje: “Mi mundo se acaba donde mi lengua”. Y eso es lo que pretenden, someter a todos a su estrecho mundo identitario a través del idioma que les conviene, del idioma que propicia la separación, reprimiendo el uso del que nos une. Sorprenden por su valor actual, especialmente para nosotros los españoles, las reflexiones del gran economista austriaco Ludwig von Mises, escritas en 1938-39: “Según el principio de nacionalidad, cada grupo lingüístico debe formar un Estado independiente, y ese Estado debe comprender a todo el pueblo que habla dicho idioma. El prestigio de este principio es tan grande que un grupo de hombres que, por alguna razón, quisiera formar un Estado propio, que, por otro lado, no se ajustara al principio de la nacionalidad, desearía vehementemente cambiar de idioma con el objeto de justificar sus aspiraciones a la luz de este principio” (Gobierno omnipotente. En nombre del Estado, 2002). Los noruegos –señalaba Mises-, hablan un idioma casi idéntico al danés; sin embargo, con el objeto de justificar su independencia política, han construido un soporte lingüístico propio sobre la base de sus dialectos locales. ¿Nos suena esto a algo a los españoles?

En La Zarzuela parecen estar por la labor

Mal han aconsejado al Rey al hacerle contribuir a la bíblica confusión de lenguas con su mensaje de Navidad. Leo en un periódico madrileño: “[…] esta Nochebuena, por primera vez, el texto [del mensaje] ha sido traducido a todas las lenguas oficiales españolas: catalán, vasco, gallego y valenciano. En la televisión autonómica vasca […] también se retransmitió –subtitulado en vasco-, ya que la dirección de ETB todavía no ha sido sustituida por el rodillo nacionalista. El mensaje también fue traducido al lenguaje de signos para sordos en el Canal 24 horas de TVE”. Probablemente hayan sido estos dignísimos conciudadanos nuestros los únicos que precisaban de tal atención. Hemos de lamentar, sin embargo, que algún panochoparlante separatista de la Huerta murciana –pongo por disparatado acaso, pues no hay nadie más universal que un trabajador de la tierra- haya podido quedarse a dos velas acerca del contenido de la regia alocución pascual. Otra vez será. Paciencia.

Y mientras tanto, ayer mismo, día de Navidad, el Honorable Mas –que ha tapado el retrato oficial del Monarca en la escenificación de su toma de posesión como primer magistrado de Catalonia- arengaba en catalán a sus huestes en el Castillo de Montjuic, recientemente cedido por el Ejército a la Generalidad de Cataluña. Se trataba de la conmemoración de la muerte de Francisco Maciá, el militar nacionalista que proclamó la República Catalana en 1931. Más o menos –más bien Mas, naturalmente-, el president catalá ha respondido cortésmente a la llamada del Rey a la unidad nacional aclarando que “Cataluña está por la unidad, pero con Europa”.

Y la Biblia tenía razón

Así reza el título del conocido libro de Werner Keller. Y esta es la narración bíblica que viene a cuento: “[Después del Diluvio] Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras […] Bajó Yaveh a ver la ciudad y la torre [de Babel] que habían edificado los humanos [en un gesto de soberbia, con el propósito de alcanzar el cielo], y dijo Yabvéh: ‘He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje […] confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo […]’” (Gen 11, 1-9). Tal fue el castigo de Dios a los hombres por su soberbia. Aunque yo prefiero otro texto, éste neotestamentario. En la fiesta de Pentecostés, dice ese pasaje, estando reunidos los apóstoles, “[…] quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse […] Había en Jerusalén […] hombres piadosos venidos de todas las naciones […] la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua […] las maravillas de Dios” (Hechos 2, 1-11).

O sea, que aquí en España vamos como en la Biblia pero al revés. Partimos de Pentecostés y nos encaminamos presurosos hacia Babel. Y ello gracias a la impasibilidad de quienes se han sucedido en el Gobierno de la nación; a la transferencia de competencias a las Comunidades autónomas que jamás debieron ser transferidas; a la inaplicación de la Constitución y de las sentencias del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional; al sistema electoral y a la partitocracia resultante –que tiene que sobrevivir procurándose el apoyo de los separatistas, a costa del interés general; y, en fin, a la dramática descomposición de las instituciones del Estado, de arriba a abajo.


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