Desde la Tarima

¿Madrid, España, no valían una misa?

De cómo Enrique de Borbón se convirtió en Enrique IV de Francia

La historia es bien conocida. Ha dado lugar incluso a una frase que solemos utilizar cuando queremos decir que merece la pena aceptar algo, aunque no nos sea  convincente, si ello es condición para alcanzar otra cosa que nos interesa sobremanera. Extinguida la Casa de Valois, parece que era Enrique de Borbón el pretendiente con mayor derecho al trono de Francia. Su condición de hugonote dificultaba, sin embargo, sus pretensiones pues a ello se oponía la Sagrada Liga Católica. Vencedor en Ivry,  no pudo apoderarse de París. Comprendió entonces que no conseguiría su propósito si no se distanciaba de los hugonotes y abrazaba de nuevo el catolicismo, “al cual seguía fiel la gran masa del pueblo”, como subraya R. Sternfeld. De ahí viene, como es sabido, la famosa frase, no demasiado propia de un fervoroso creyente –añade A.Guérard–, de: “París bien vale una misa”. ¿Y Madrid, España, no?

El mundo al revés o el triunfo del nacional-laicismo

Hemos asistido a los actos institucionales de la jura y proclamación del Rey Felipe VI. Quienes lo hicimos a la jura de su padre, Juan Carlos I, hemos advertido cambios sustanciales. No voy a entrar en el asunto de lo que entonces se juró, sino en que se hizo ante un crucifijo y sobre los Evangelios. Aquel acto en las Cortes españolas fue acompañado de una misa del espíritu santo en San Jerónimo el Real, donde tradicionalmente juraban los fueros los reyes de España. En aquella solemne misa se impetró el auxilio y la inspiración del espíritu: “Veni, Creátor Spíritus”. No en vano, los reyes de España ostentan el título de Reyes Católicos. Poco de lo mejor de nuestra historia puede entenderse sin el concurso de la hispánica monarquía católica, es decir, universal. Y quizá nada garantice mejor el futuro de esta institución que la fidelidad a su origen, de donde procede la auténtica legitimidad de su ejercicio. No nos engañemos. Como ahora se dice, la cultura cristiana, católica, forma parte de nuestro ADN colectivo: “Esa es nuestra gloria, no tenemos otra”, como diría don Marcelino Menéndez Pelayo.

Me temo que se están confundiendo aconfesionalidad y laicidad con anticatolicismo, e irreligiosidad con democracia. Los reyes eméritos, Juan Carlos y Sofía, se casaron por la Iglesia Católica. Los nuevos reyes hicieron lo propio en la estrenada Catedral de la Almudena y fueron después a la Basílica de Atocha para hacer a la Virgen la ofrenda tradicional. Pero ahora se evita celosamente cualquier manifestación religiosa con motivo de su proclamación. Se ha llegado por algún medio incluso a la ridícula manipulación de publicar las fotografías del acontecimiento escorzando la corona que lo presidía de manera que la cruz que a la misma corona –sí, que corona a la corona– pareciese, de perfil, una simple prominencia, como una aguja, y no como la cruz redentora.

Mal aconsejan al nuevo rey los que le son próximos si piensan que el Estado aconfesional y la democracia son incompatibles con la identidad secular de la Nación y con sus símbolos, porque la constitución histórica de los pueblos es anterior a su constitución política. La misma Constitución liberal de 1812 encabezaba así su texto: “En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad…”. No estaba mal esta invocación a un Dios que nos insta a amar al enemigo, a perdonar a quienes nos ofenden, a decir siempre la verdad, a no apropiarse de lo ajeno… ¿Pueden concebirse mejores principios para la convivencia?

Una falsa antinomia: cristianismo y democracia

Tengo a la vista un pequeño volumen publicado por Oxford University Press en 1944. Se trata de un documento de los que durante la Segunda Guerra Mundial se distribuyeron como propaganda de las democracias aliadas en contra de la Alemania nazi. En su página 26 puede leerse: “Nunca podremos comprender el desarrollo de la vida y la política inglesas, de no usar la clave de la religión para descifrarlas”. En el mismo volumen se da noticia de la promulgación, en 1928, de la Test Act, o ley exigiendo a los funcionarios británicos el juramento de fidelidad a la supremacía eclesiástica de la Corona. Tampoco creo que pueda tacharse de antidemocráticos a los Estados Unidos por celebrar con su presidente los famosos “desayunos de oración”, a uno de los cuales, por cierto, asistió solícito el presidente Rodríguez Zapatero cuando consiguió que le invitaran. Lo que sucede es que, como ha escrito Vaclav Havel, los europeos estamos empeñados en construir “la primera civilización atea de la humanidad”. O, como también ha escrito el profesor Dalmacio Negro, parece como si la Europa democrática del futuro que se nos propone construir haya de serlo sustituyendo el cristianismo por “una suerte de religiosidad democrática”.

Por lo que respecta a España, a esta España nacional-laicista que tratan de imponernos desligada de sus raíces cristianas, creo y espero que no ha de tener mucho futuro, pues, dicho con palabras de Juan Manuel de Prada: “quienes predican esa utopía de altares derruidos y cálices arrumbados en un desván no han debido leer muchos libros de historia; de lo contrario sabrían que los pueblos que han renegado de su religión (…) están condenados a ser devorados por quienes enarbolan una fe vigorosa (…). Al-Ándalus sucumbió ante el empuje de unos cristianos ásperos, menos reblandecidos por la molicie, a quienes enardecía una llama que sus enemigos habían ahogado en los aljibes de la Alambra. También nos enseña la historia que los pueblos que han alcanzado la prosperidad suelen arrumbar sus dioses; y que, ensimismados en los beneficios que les rinden sus riquezas, voluptuosamente entregados a su disfrute, se derriten en la inanidad, antes incluso de que el galope de los bárbaros pisotee su agonía”.


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