Desde la Tarima

Gibraltar, sin barcos y sin honra

"Reputación" y "conservación", notas de nuestra vieja política exterior

Ante el último episodio acaecido en la zona marítima de Gibraltar, y tras la angustiosa demanda de protección por parte de algunos armadores españoles, y del propio Servicio de la Guardia Civil del Mar, para que el Gobierno adopte las medidas oportunas de protección a los pescadores españoles que faenan en aquellas aguas –seguro que desde los tiempos del mítico Argantonio, rey de Tartessos mucho antes de que se inventase lo de la Pérfida Albión-, me ha venido a la memoria otro episodio que narra Domínguez Ortiz en uno de sus ensayos incluido en Estudios Americanistas (RAH, 1998). En 1628, la flota de Nueva España, procedente de Veracruz con un valioso cargamento de plata y otras mercancías con destino a España, se topó con otra flota de bandera holandesa dispuesta a capturar su rico botín. Venavides, almirante de la española, al ver desplegarse “en media luna” al enemigo, puso inmediatamente rumbo Cuba con el propósito de protegerse y descargar allí el objeto de la codicia neerlandesa, logrando alcanzar la bahía de Matanzas. El caso es que, aun contando con una fuerza naval suficiente para afrontar la situación, Venavides dio la espalda al enemigo, e incluso cuando arribó a las playas antillanas abandonó en ellas su precioso cargamento huyendo hacia el interior. Barcos y carga se perdieron irremediablemente. Y la honra, también. La opinión que estos hechos merecieron a Felipe IV, está recogida en un escrito del monarca conservado en la Biblioteca Nacional. Dice así: “Os aseguro que siempre que hablo [del desastre] se me revuelve la sangre en las venas, no por la pérdida de la hacienda, que de ésa no me acuerdo, sino por la de la reputación que perdimos los españoles en aquella infame retirada”. Para que luego digan del Rey Planeta. Ciertamente, la política de la Monarquía hispana de aquella época se cifró siempre en lo que, contra toda idea belicista, sus contemporáneos denominaron reputación –el mismo sustantivo que emplea el Rey en su escrito- y conservación, términos ambos que R.A. Stradling traduce por “prestigio” y “seguridad”, y que D.B. Wyndham Lewis inscribe en el marco de la política exterior característica del Imperio español, fundada siempre “…en un principio defensivo, en modo alguno ofensivo”. Bueno, pues de todo aquello no parece quedarnos nada. Eran otros tiempos, sin duda.

Gibraltar queda un poco lejos de las Rocas blancas de Dover, ¿no?

Los modos del Imperio de Su Graciosa Majestad Británica han sido secularmente muy distintos, sobre todo en su relación con España y, en particular, en lo relativo a Gibraltar. Dos palabras bastan, quizá, para calificarlos: cinismo y desfachatez. En el Liber amicorum de Juan Velarde que, por iniciativa y con prólogo de Emilio de Diego, le dedicamos un grupo de amigos y discípulos (La búsqueda del saber, Actas, 2007), me ocupé en prolongar hasta la fecha un conocido ensayo del profesor Velarde escrito veintisiete años atrás: Gibraltar y su campo. Una economía deprimida. Imperialismo y latifundismo (Ariel, 1970). Como el título del libro de Velarde es suficientemente expresivo de la tesis que expone y demuestra, no es necesario insistir en ella. Como tampoco lo es abundar en la vergonzosa secuencia de los engaños, abusos y deslealtades que jalonan la historia de los más de trescientos años de presencia británica en lo que George Hills denominó El Peñón de la Discordia, y que otros han llamado de la Vergüenza. Son bien conocidos de todos. Pero sí importa destacar cómo desde la  gratuita apertura de la famosa verja que aislaba a LaRoca de su tradicional hinterland, el contencioso de Gibraltar ha ido tomando un cariz nuevo por parte de los gobiernos de nuestro país. Si hasta entonces España había mantenido una misma, firme y coherente actitud respecto al contencioso gibraltareño, con independencia de sus sucesivas formas de gobierno y regímenes políticos (Monarquía, República, Época de Franco), en 1985 se inicia una etapa de concesiones -expresas o tácitas- con el restablecimiento de la libre circulación entre la Colonia y La Línea de personas, vehículos y mercancías, y con la única contrapartida por parte británica de abrir una mesa de diálogo cuyos frutos brillaron por su ausencia. Lo que no ha sucedido con el Foro Tripartito de Diálogo impulsado por el Gobierno de Zapatero, en el que al admitirse la presencia de los llanitos como parte negociadora se dio el primer paso hacia el reconocimiento de la soberanía de Gibraltar, “hacia su plena independencia”, como señalaron Rafael Bardají y Florentino Portero. No ha de extrañar, así, que el artero proceso de expansión territorial del primitivo enclave colonial -la Roca “monda y lironda”- haya ido progresando impunemente hasta sus límites actuales, ni que por mar pretenda ahora consolidarse un pretendido derecho sobre aguas algecireñas que ni el Tratado de Utrech ni norma posterior alguna han reconocido jamás. Porque esto es lo que se pretende, no otra cosa, con el actual acoso a los pescadores españoles.

Un antro de escapismo fiscal que de paraíso tiene poco

¿Y cuál es el resultado de la blanda actitud española desde que, en 1985, se efectuara la incomprensible y gratuita apertura de la verja? Pues que Gibraltar es hoy una colonia que goza de un amplio autogobierno y que como parte de la Corona Británica pertenece a la Unión Europea, aunque no al mercado único, lo que  la libera del cumplimiento de un conjunto de normas comunitarias que perjudicarían su privilegiada e irregular “economía”. Sus actuales seis kilómetros cuadrados sirven de soporte físico para la domiciliación virtual de entre 55.000 y 80.000 sociedades mercantilesoffshore, según las fuentes, entre las cuales hay compañías de seguros, bancarias, especializadas en la formación de trust y de registro de buques, pudiendo estimarse en más de 5.000 las inmobiliarias propietarias de viviendas en la Costa del Sol y en el Algarbe portugués. Parece que las mafias rusas son las principales usuarias de las compañías offshore y que Gibraltar ha llegado a ser el quinto inversor en Rusia por orden de importancia, después de Estados Unidos, Chipre, Alemania y Holanda (J.M. Martínez Selva, Los paraísos fiscales, 2005). El intenso contrabando de tabaco y el tráfico de drogas son, por otra parte, sobradamente conocidos, como la conversión de su territorio en dique para arriesgadas reparaciones de los submarinos nucleares de la Royal Navy. Hay allí trabajo sucio hasta para los monos. Además, Gibraltar se ha convertido en lo que para algunos es la capital mundial de las ciberapuestas (bingo, póquer, apuestas deportivas y otros juegos de azar por internet), al margen de cualquier participación fiscal en sus sustanciosos rendimientos  por parte de países que, como España, mantienen el monopolio público del juego. En suma, que el Peñón de la Discordia se ha convertido en uno de los más prósperos limbos tributarios del mundo gracias a nuestra inexplicable tolerancia y al hecho de haberse renunciado a la firme estrategia política, económica y diplomática diseñada en los años sesenta del pasado siglo, antes de que la misma diera sus esperados frutos a favor de los legítimos intereses de España. ¡Ay, si don Fernando María Castiella levantara la cabeza!

Las consecuencias de haber perdido la “reputación”

Hace ya tiempo que la nación española, como tal, perdió su reputación, fuera y dentro de sus fronteras. Mucho se ha hablado de la famosa foto de Las Azores con Busch, Blair y Aznar como protagonistas. Pero lo que no cabe negar es que la misma sirvió para lanzar eso que ahora llaman la “marca” España en Estados Unidos y entre sus aliados de forma sorprendente (el episodio de la recuperación de la Isla de Perejil con la aquiescencia del Tío Sam fue, en efecto, una muestra simbólica de ello). Como también es conocido el rápido deterioro del prestigio de España  a raíz del estúpido desprecio de Zapatero a la bandera norteamericana y, sobre todo, desde su alineamiento, ya al frente del Gobierno, con lo mejorcito del concierto mundial de las naciones (la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo Morales, o lo más selecto del mundo árabe). El patrocinio de la “Alianza de Civilizaciones”, la súbita retirada de las tropas españolas de Irak y la exhortación zapateril para que hicieran lo propio los demás aliados de la coalición, constituyen, sin duda, otros tantos escalones en el descenso de nuestra cotización internacional.

No han de extrañar, pues, la arbitraria confiscación de YPF en Argentina, la de REE en Bolivia, el progresivo deterioro del servicio de la Deuda soberana, ni que el actual titular del Gobierno tenga que ir por ahí mendigando los recursos precisos para evitar la intervención de nuestra economía. Con independencia de su mayor o menor oportunidad, no deja tampoco de ser notable la pérdida de soberanía que supone la realización de toda clase de ajustes y reformas al dictado de las instancias decisorias de la UEM.

Tampoco cabe ignorar que el deterioro de la imagen de España en el exterior y su vulnerabilidad son también consecuencia de la profunda degradación de las instituciones del Estado, en permanente confrontación y escándalo; de la sistemática insubordinación de algunos de los estaditos en los que nos  hemos desorganizado; de la claudicación del Estado de Derecho ante el terrorismo infiltrado graciosamente en sus instituciones representativas y acogido a la mediación internacional como si de un “conflicto” entre partes igualmente legítimas se tratara. Para qué seguir, si en lo más trivial, como la final de un torneo futbolístico, España ofrece a millones de telespectadores extranjeros el espectáculo de una zafia pitada de los separatistas a su himno y su bandera, reducidos  de modo vergonzante a una mínima presencia por acomplejada decisión de la autoridad (¿) incompetente.

¿Cómo va a ser respetado un país que empieza por no respetarse a sí mismo? ¿Cómo no nos van a tomar por el pito del sereno si ante un conflicto como el de Gibraltar lo primero que se le ocurre al ministro García-Margallo es disponerse a ir a Londres a “dialogar”, en vez de llamar a consultas a nuestro embajador allí. ¿Y el espectáculo del PSOE acusando al PP de provocar intencionadamente la situación? Un diario madrileño informaba ayer mismo  de que la policía del Peñón, que persiste en su peligroso acoso a los pesqueros españoles  -entre ellos al pequeño Divina Providencia, nada menos-,“provocó a la Guardia civil con gestos obscenos”. Ha sido la Unión de oficiales de la Benemérita la que ha pedido la intervención de la Armada. Pero de barcos, nada; y de honra, menos. La única iniciativa con visos de ser atendida es de la que nos informa otro rotativo de la Villa y Corte: “Piden que el alioli sea declarado salsa nacional catalana”. Seguro.


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