Desde la heterodoxia

¡Hay que subir los salarios ya!

Las subidas salariales constituyen, hoy más que nunca, una condición necesaria, aunque no suficiente, para evitar un colapso de la economía mundial. Es parte de la composición futura de todo antídoto que se pretenda elaborar para frenar el avance del veneno inoculado por la ortodoxia neoclásica a lo largo de tantos años de destrozo. El coctel preparado por el Consenso de Washington, y maquiavélicamente “mejorado” a lo largo de las últimas décadas, es una mezcla, en diferentes dosis, de moderación salarial, “financiarización” de la economía, repudio a la política fiscal, y uso y abuso de la política monetaria. La combinación ha dado lugar a una poción altamente nociva, cuyos efectos  son bien conocidos: incremento y persistencia del desempleo, ausencia de inversiones productivas, crecimiento económico mediocre acompañado de una mayor volatilidad –inestabilidad financiera-, descenso del peso de los salarios en la renta, incremento de la pobreza, aumento de la desigualdad, mayor peso de los rentistas y lobistas.

El actual proceso de “financiarización” en el que estamos inmersos se vio claramente precedido por una infravaloración programada del factor trabajo respecto al factor capital

Desde un punto de vista histórico, el actual proceso de “financiarización” en el que estamos inmersos, y que hay que revertir, se vio claramente precedido por una infravaloración programada del factor trabajo respecto al factor capital. Se pretendía de esta manera recuperar la tasa de retorno del capital. Se incrementaba de manera notoria la oferta de trabajo a la vez que se promovía desde un punto de vista económico unos sindicatos débiles, una mayor flexibilidad del trabajo y una reducción de salarios. Sin embargo, los efectos positivos de estas dinámicas rápidamente se agotaron al no permitirse una deflación a la Keynes y producirse un vaciamiento de la economía.  

Huida hacia adelante

A partir de aquí se inició una huida hacia adelante por parte de la superclase, en dos fases bien diferenciadas. En la primera, se compensó el vaciamiento de la economía, los bajos salarios y el aumento del subempleo, a través del crédito y la deuda, que se convirtieron en la solución para estimular la demanda y la tasa de retorno del capital. Ya sabemos como acabó todo ello. En la segunda fase o huida hacia adelante, en plena crisis sistémica, se subsidió, financió y rescató a terceros -bancos y acreedores- mediante una expansión de la deuda soberana, a la vez que se promocionaba la austeridad fiscal y la devaluación salarial en aras de la competitividad, aderezado todo con una política monetaria tremendamente injusta. Sin embargo, ello no se ha traducido ni se traducirá en nueva inversión productiva, incluida la formación de los trabajadores. Como consecuencia, la productividad del trabajo y del capital está cayendo y por ende el crecimiento económico potencial.

Fundamentos teóricos

El fundamento teórico para justificar una subida salarial tiene que ver con una de las mayores discrepancias entre la ortodoxia y la heterodoxia: la forma de la curva de demanda de trabajo. Para la ortodoxia, dado un gasto autónomo real, existe una relación negativa entre el nivel del salario real y la demanda de trabajo de las empresas. Por el contrario, para aquellos que defendemos el principio de demanda efectiva, bajo unos supuestos microeconómicos realistas, existe una relación positivaentre el nivel del salario real y la demanda de trabajo de las empresas. Un aumento del salario real comporta un desplazamiento a lo largo de la curva de demanda efectiva de trabajo, de manera que la subida del salario real acarrea por tanto un nivel de ocupación más elevado.

Por cierto, solo una precisión, la relación negativaentresalarios reales y empleo presentada por distintos autores neoclásicos conforma una correlación espuria. En economías que crecen vía deuda, los salarios reales caen. Por eso, las recomendaciones de la ortodoxia, la disminución del salario real llevará en realidad a una subida del margen de beneficios por unidad vendida, pero la masa de beneficios totales no cambia en modo alguno, mientras que la renta nacional, ventas y empleo global disminuirán. La propuesta de recortes salariales que defienden la mayoría de economistas acaba siendo contraproducente. ¡O aumentan los salarios, o la economía occidental en su conjunto se hundirá!

En realidad el efecto inmediato de una reducción general de salarios fue únicamente alterar la distribución de la riqueza

¿Cómo hacerlo?

Existen varias posibilidades, pero quizás dos de ellas sean las más relevantes. Por un lado, vía incrementos del salario mínimo. Por otro, mediante un reparto del trabajo a través de una reducción de jornada pero sin reducción de salarios –véase distintas experiencias exitosas en países nórdicos-. La salida a la actual crisis sistémica requiere de una defensa ineludible del salario. Disiento profundamente de quienes dicen que al Estado no le incumbe ocuparse del nivel de los salarios, ni del salario mínimo o máximo, ni de la jornada laboral, ni del salario de las mujeres. Todo lo contrario, el aumento de los salarios es un fin legítimo de la política económica. Elevar y mantener los salarios es el objetivo que deben buscar todos aquellos que viven de los mismos, y los trabajadores tienen el derecho de defender toda medida que conduzca a este resultado.

La verdad universal es que un bajo nivel salarial no significa un bajo coste de producción. Todo lo contrario. En líneas generales un país donde los salarios son más altos produce con mayores economías de escala, asociadas a una mayor formación, mayor ingenio, mayor habilidad. Los grandes avances tecnológicos se han producido allá donde los salarios eran comparativamente más altos. Y la eficacia del trabajo es mayor donde los trabajadores viven mejor, tienen más descanso, reciben salarios más altos. En realidad el efecto inmediato de una reducción general de salarios en cualquier país por parte de quienes lo promovieron fue únicamente alterar la distribución de la riqueza. Del conjunto de la producción iría menos a los trabajadores y más a aquellos que participan del resultado de la producción sin contribuir a ella, es decir, los rentistas.


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