Desde la heterodoxia

El saqueo de Grecia y el poder del dinero organizado

El 5 de junio The Wall Street Journal adelantó un documento interno confidencial donde el FMI reconocía que la troika –FMI, Comisión Europea y el BCE- subestimó los efectos negativos de las políticas de austeridad aplicadas en Grecia. Siendo muy grave las consecuencias perversas del austericidio, hay algo todavía peor, que roza la desvergüenza y deslegitima el papel de las instituciones europeas y de los gobiernos nacionales.

El FMI admite en dicho informe que incumplió sus propias reglas al no darse cuenta que la creciente deuda de Grecia era insostenible. A partir de esta idea, el organismo multilateral se muestra muy crítico con el retraso en la reestructuración de la misma, que se produjo en mayo de 2012, dos años después del acuerdo inicial de rescate a Grecia. Ello se debió a la actitud indeseable de algunospaíses de la Eurozona, cuyos bancos tenían demasiada deuda soberana helena. Nos referimos, claro está a Alemania y a Francia. Y sólo después de que sus bancos redujeran considerablemente su exposición a dicha deuda gubernamental, aceptaron, mejor dicho, promovieron, una reestructuración de la deuda estatal griega, que se trasladó básicamente a los ahorradores griegos, ya de por sí suficientemente vilipendiados y humillados por las políticas de la troika.

Se hizo todo lo contrario a fomentar políticas económicas de crecimiento y estabilidad, tendentes a rescatar de facto a los ciudadanos griegos. En realidad se favoreció a todos aquellos que tomaron posiciones de riesgo -bancos alemanes, franceses, estadounidenses e ingleses- con el fin de obtener rendimientos más altos a los de su deuda soberana. Y son ellos quienes deberían haber asumido las consecuencias de la insostenibilidad de la deuda pública griega. Cuando lo único que se hace es someter a la población a un durísimo programa de austeridad, con el fin de evitar pérdidas a inversores privados que asumieron mucho riesgo, la situación, además de inmoral, roza lo delictivo. Por eso escuchar las excusas de la Comisión, de aquellos comisarios y funcionarios que no asumen las consecuencias de sus actos, es simplemente nauseabundo.

Crisis Eurozona, una mera relación acreedor-deudor

La actual crisis sistémica que afecta a Occidente es consecuencia de una acumulación de deuda, que no se podrá pagar, y, como corolario, la insolvencia de su sistema bancario. Surgen dos focos de conflictos. En primer lugar, las tensiones entre acreedores y deudores, por ejemplo entre Alemania y los países periféricos del Sur de Europa. Los países acreedores demandan constantes recortes a los países deudores con el fin de cobrar sus deudas. Por otro lado, nos encontramos ante el típico ejemplo de lucha de clases: la élite dominante, la financiera, quebrada, presiona para que sea la sociedad quien pague sus desaguisados. Resulta curioso como después de las tropelías que han cometido continúan exigiendo sin ningún rubor sangre, sudor y lágrimas al resto de los ciudadanos.

Ideología, intereses de clase, y política económica

Si el problema de la economía de la mayoría de los países occidentales es la deuda, y como corolario la insolvencia bancaria, por qué se opta por restricciones fiscales, o ajustes salariales. El reconocimiento de que el problema actual de la economía es la deuda privada y la insolvencia bancaria supondría poner de manifiesto el vacío intelectual y el escaso soporte empírico de la mayoría de las teorías macroeconómicas y microeconómicas bajo las que las élites políticas y económicas actuales se educaron. Pura cuestión de supervivencia. A ello se une además la presión de la clase dominante, la financiera, para que sea la sociedad quien pague sus desaguisados.

No debemos olvidar, en última instancia, que son las cuestiones ideológicas las que marcan la política económica de la mayoría de gobiernos y organismos supranacionales. Lo que ellos presentan como verdades indiscutibles, en realidad reflejan juicios de valor, alimentados por la ideología dominante, el “Consenso de Washington”. Lo estamos viendo cada día, por ejemplo, en el fracaso de los ajustes fiscales y salariales, o de las expansiones monetarias.

En el fondo, lo que subyace es la incapacidad política de las democracias para liberarse de la soga de las oligarquías occidentales dominantes, que se han consolidado en las últimas tres décadas tras una patológica aplicación de políticas que mejoran las condiciones de los propietarios del capital. Las elites capitalistas occidentales a base de sacrificios de los trabajadores, y de espaldas a las aspiraciones de las poblaciones del resto del mundo, quieren imponer un decrecimiento real de las condiciones de vida. Hoy más que nunca es necesaria una reconstrucción del poder político soberano y democrático. Serán inútiles todos los esfuerzos si no se orientan prioritariamente a conseguir que las grandes corporaciones transnacionales, que depredan sin límites el ecosistema económico y político planetario, sean controladas.


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