Desde la heterodoxia

Los rescates bancarios disparan la miseria social

Después de cinco años, la ciudadanía en general está más confundida que nunca. No puede entender por qué políticos, banqueros centrales, tecnócratas, y académicos siguen insistiendo una y otra vez en que es esencial mantener las ayudas a los bancos con cantidades cada vez más grandes, independientemente de la deuda en que incurre los Estados por ello. Mientras, con igual fervor insisten en que es absolutamente imperativo recortar el gasto en todo aquello que no sea el rescate bancario, ya que tenemos un problema de deuda. Nos están hundiendo en un pantano de confusión sofocante, donde prevalece la mentira y el fraude. Y nos arrastran a una crisis total, económica, social, y moral.

Nuestros líderes ni siquiera consideran que podrían estar equivocados. Siguen insistiendo, como lo han hecho desde el principio, en que "no hay alternativa". Llámenlo rescate bancario, expansión cuantitativa, política monetaria, o suicidio. Lo que importa es que todavía siguen haciendo lo mismo, es decir, depositar miles y miles de millones de euros de nuestros bolsillos para mantener bancos totalmente zombis, que jamás volverán a hacer aquello para lo cual fueron creados.

Algunos ingenuos pensaban que cuando aquellos líderes se embarcaban en una política de rescate de las deudas de los bancos privados, al menos eran sinceros, que realmente trataban de arreglar las cosas a favor de la ciudadanía en general. La realidad es bien diferente. Ahora queda terriblemente claro que banqueros, políticos, y expertos, ninguno de ellos, tiene la menor intención de estar al lado de la ciudadanía en todo aquello que se nos está imponiendo. Las rebajas salariales, aumentos impositivos al factor trabajo, incrementos del IVA, recortes en la asistencia social, la salud, la educación, todo ello se hace para mantener los privilegios de las elites extractivas. Eso sí, los impuestos adicionales sobre los más ricos tendrán que esperar. Prometieron y prometen que el reparto será equitativo. Mentira.

El lavado de cerebro

El mundo financiero, sus amigos políticos, y los medios de comunicación que controlan, la inmensa mayoría, han pasado los dos últimos años tratando de lavarnos el cerebro. “El problema ya no son los bancos, sino que es una crisis de exceso de gasto y endeudamiento público, soberano”. Mentira, las cifras no engañan.

En su felonía venden machaconamente que poner el dinero en los bancos es una cuestión meramente técnica, y que el público en general no debería preocuparse. Según las elites extractivas, la ciudadanía no tiene derecho a preocuparse sobre aspectos meramente técnicos, porque no van a entender aquello que es correcto. Lo único que la opinión pública debería comprender, tal como explican aquellos que se autoproclaman expertos económicos, la mayoría pertenecientes a lobbies bien alimentados, es que el auténtico problema es el de la deuda causada por el exceso de gasto público. De nuevo mienten como bellacos.

Estos mismos incompetentes insisten en que no hay conexión entre las enormes sumas que las distintas naciones han inyectado a los bancos y el globo repentino de la deuda soberana en dichas naciones. Se niegan a ver cualquier conexión entre las políticas de reducción del gasto público en la economía real y una contracción de esa economía.

La conexión entre la desigualdad y las ayudas a los bancos

De acuerdo con un reciente informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso de los Estados Unidos, en el período 1979-2007 el ingreso promedio del 1 por ciento de los hogares de más renta más que ha triplicado su participación en la renta nacional antes de impuestos. Mientras, el ingreso promedio del 80 por ciento de los hogares apenas creció un 20 por ciento durante casi 30 años.

Si los grandes bancos norteamericanos quebrados se hubieran disuelto el 80% de los estadounidenses no habrían perdido casi nada. Por el contrario, el 5% habría perdido la gran mayoría de su riqueza y por lo tanto su poder. Pero hay mucho más. Cuando analizamos el dinero, en principio hay dos formas del mismo. Por un lado, los billetes y depósitos para los cuales existe respaldo moneda, y, por otro, los sustitutos del dinero, es decir, los créditos respaldados por activos de deuda y derivados de todo tipo. Éstos últimos son las formas de dinero, ya sea electrónico, o dinero bancario, en el que los ricos tienen la mayoría de su riqueza. Y, obviamente son también los que se eliminarían si los bancos no fueran rescatados.

Esto es lo que asusta a las elites extractivas, y, por ello decidieron de una manera antidemocrática, salvo la honrosa excepción de Islandia, que los bancos fueran rescatados. A diferencia de nosotros, la elite bancaria y financiera tiene la mayor parte de su riqueza financiera en activos de deuda y derivados de todo tipo, que se evaporarían si se dejasen caer a los bancos.

Si se reestructura el sistema bancario y se redujera su tamaño acorde con la economía real, serían los más ricos y poderosos los grandes perdedores. Obviamente ni lo han tolerado ni lo tolerarán. En su lugar, han diseñado una estructura de ahorro para la economía en la que su riqueza se mantiene, así como las instituciones que la controlan, y lo ha hecho a nuestra costa.

Por lo que nos toca, esto mismo está pasando en nuestra querida España. Mientras que se rescata con dinero público a una casta financiera y política quebrada, se somete a la ciudadanía al mayor empobrecimiento de los últimos cuarenta años. España en 2011 se ha convertido por primera vez en el país de los Veintisiete donde hay una mayor distancia entre las rentas altas y bajas. Desde que arrancan las series estadísticas de Eurostat, en 1995, dicha brecha se mantenía estable, hasta que la crisis atacó con virulencia.

Así que la simple razón por la que nuestros gobernantes insisten en el rescate de los bancos es que al hacerlo los ricos y los poderosos simplemente se rescatan a sí mismos y garantizar la continuidad de un sistema que les conviene perfectamente. Sin embargo, no solo es el egoísmo, hay algo más, detrás se oculta toda una teoría de legitimación para confundir a los críticos y adormecer a los incautos. ¡Porca miseria!


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