Desde la heterodoxia

¡Sí a las reformas! ¡No a las prebendas!

En el último blog explicamos como el estallido de la actual burbuja financiera global supondrá básicamente finiquitar una forma de crecimiento económico perversa, basada exclusivamente en la generación de burbujas financieras e inmobiliarias, condimentada a su vez con políticas profundamente conservadoras, enormemente injustas y tremendamente ineficientes. Si en aquel blog nos centrábamos en la propia naturaleza de las burbujas financieras, me gustaría ahora retomar y profundizar un poco más el desarrollo económico, político e ideológico que está detrás del súper ciclo de deuda que está a punto de terminar.

Desde estas líneas mantenemos que en realidad la crisis sistémica que se generó en 2008, y de la cual nunca hemos salido, estaría entrando en una nueva fase de profundización de la misma. Los datos económicos y financieros muestran una parálisis del ciclo de inversiones productivas privadas; la contracción del comercio mundial; la inefectividad de la política monetaria global, incapaz de generar rentas, mientras activa burbujas de activos de riesgo por doquier; la vulnerabilidad de los balances bancarios; y la pérdida del poder adquisitivo de los salarios de los trabajadores. Ese es el escenario de fondo. Pero volvamos a los orígenes.

Las élites económicas y políticas diseñaron una huida hacia adelante a través de una política monetaria expansiva que conllevó procesos de endeudamiento y la activación de distintas burbujas

Las élites detrás de las burbujas

Las élites económicas y políticas, tras una larga secuencia de raquíticos crecimientos económicos, diseñaron, a mediados de los 90, una huida hacia adelante a través de una política monetaria excesivamente expansiva que conllevó procesos de endeudamiento y la activación de distintas burbujas financieras a cual más grande. Primero la tecnológica, después la inmobiliaria, ahora la de los balances de los Bancos Centrales. Además de sostener una expansión artificial de la demanda, que sortea en realidad la caída de la tasa de ganancia del capital, permiten, sobre todo, la financiación de un gigantesco proceso de acumulación y adquisición de riquezas por todo el globo a favor de las grandes multinacionales y capitales. Sin embargo, la desigual distribución de la renta, junto a los límites físicos y energéticos del planeta, abortaron y abortarán cualquier intento de fuga hacia delante vía burbujas, que incluso las mismas elites tecnócratas financieras valoran peyorativamente: “las burbujas financieras, no son sino una vía para sortear artificialmente los limites que la desequilibrada distribución de la riqueza en el mundo”, decía Strauss-Kahn allá por 2010.

En realidad, la huida hacia adelante emprendida por la superclase presenta dos fases bien diferenciadas. En la primera, se compensóel vaciamiento de la economía, los bajos salarios y el aumento del subempleo, a través del crédito y la deuda, que se convirtieron en la solución para estimular la demanda y la tasa de retorno del capital. Mientras duró, los beneficios empresariales se multiplicaron, a la vez que se deprimían los salarios. Una vez que el colateral que alimentaba esa deuda estalla, entramos en una recesión de balances privados iniciándose la actual crisis sistémica. En la segunda fase o huida hacia adelante, en plena crisis sistémica, se subsidió, financió y rescató a terceros (bancos y acreedores) mediante una expansión de la deuda soberana, a la vez que se promocionaba la austeridad fiscal y la devaluación salarial en aras de la competitividad, aderezado todo con una política monetaria tremendamente injusta. Sin embargo ello no se ha traducido ni se traducirá en nueva inversión productiva. Pero, ¿se podían haber hecho otras políticas? Evidentemente sí. Veámoslas.

Las reformas pendientes

Con la crisis sistémica no se hizo aquello que era óptimo y eficiente, económica y socialmente. Las razones son obvias, por ineficiencia económica de las élites, por ideología y por defensa de los intereses de clase. Como condición necesaria, aunque no suficiente, se debería reducir el tamaño del sistema bancario occidental acorde con la economía real y todo ello a costa de gerencia, propietarios y acreedores. A la vez se debe reestructurar una deuda total impagable.

Se debe promover la separación plena entre la banca comercial y banca de inversión, mediante el restablecimiento global de la Ley Glass-Steagall

Pero, adicionalmente, son necesarias otras reformas en el sistema financiero. Había que poner bajo supervisión pública los principales centros financieros internacionales, tal como se ha hecho. Sin embargo, no es suficiente, se debe promover la separación plena entre la banca comercial y banca de inversión, mediante el restablecimiento global de la Ley Glass-Steagall. Es necesario también un control de la expansión del crédito ex ante en lugar de castigar a los deudores a posteriori –cualquiera que conozca la naturaleza endógena del dinero lo entiende-. Aprovechándose del riesgo moral de que son “demasiado grandes para quebrar”, los bancos sistémicos, cada día mayores y más sistémicos, están siendo subsidiados por los contribuyentes de las distintas naciones. Es necesario acabar con ello. Se debe estudiar la necesidad de imponer límites a la concentración de depósitos, préstamos u otros indicadores bancarios; en definitiva, al tamaño de los bancos.

Pero la parálisis actual y la ausencia de inversión productiva privada solo se corregirán cuando de una puñetera vez el Estado inicie procesos de inversión masivos centrados en energía, transporte, educación, investigación y desarrollo en infraestructuras de tratamiento del agua,… que sirvan posteriormente de arrastre al sector privado. En un entorno de deuda desorbitada como el actual, esa expansión la deberán financiar los bancos centrales vía señoreaje. Todo ello se debería completar con otras reformas adicionales necesarias, tales como lucha contra los paraísos fiscales, un nuevo sistema monetario internacional y una reforma radical de las composiciones del capital y de los órganos rectores de las principales organizaciones mundiales multilaterales. Además, los gobiernos deben reconocer que la pobreza y la desigualdad son temas cruciales a solucionar, de manera que promuevan políticas que permitan compartir los beneficios del crecimiento de manera más amplia. De todo ello dependerá el futuro de nuestros hijos. ¡Ah! Por cierto, se me olvidaba, todo lo demás, eso que algunos llaman reformas estructurales, son en realidadprebendas a las élites extractivas.


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