Desde la heterodoxia

El poder corporativo se ha apropiado del Estado

Echando una ojeada a las distintas reformas del sector financiero, energético, o la del mercado laboral, e incluso el intento de creación de un regulador único, al margen del derecho comunitario, cada día queda más claro que nuestra querida España se ha transformado en un ejemplo de libro de Totalitarismo Invertido, término creado por profesor emérito de filosofía política de la Universidad de Princeton, Sheldon Wolin.

El totalitarismo invertido es el momento político en el que el poder corporativo se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el Estado. Mientras que las corporaciones se vuelven más políticas, el Estado se orienta cada vez más hacia el mercado, y se olvida de los ciudadanos.

Pero lo peor de todo es que este mismo poder corporativo lanza a sus perros de presas para acabar con todo aquello que, bajo un mínimo de dignidad, sugiera un Estado en defensa de su ciudadanía. Eso no es guay, no es moderno, no es liberal. Si quiebra un banco hay que rescatarlo, en cambio si una familia es desahuciada, que apechugue, no haber tomado riesgos innecesarios. Si existen ciclos de apalancamiento, lo que hay que hacer es controlar ex-ante el crédito, que no se dispare como pasó en nuestro país, y no castigar ex-post a los deudores, como está ocurriendo ahora.

El Estado debe de intervenir y tomar posiciones en la arena privada para evitar que la economía se vea abocada a una inestabilidad demasiado grande y a un enorme despilfarro de recursos. Cuando eso ocurre el poder en la sombra habla de rigideces, de falta de flexibilidad, de lo vagos que son los funcionarios, y un largo etcétera de improperios. El problema es otro, se han apropiado de los distintos poderes del Estado para sus intereses espurios.

Los gobiernos como apéndices de sus negocios

En realidad el papel del poder corporativo de nuestro país, mejor dicho el de ciertos grupos de empresarios que actúan con absoluto desprecio hacia sus conciudadanos, es el origen y fuente de la nauseabunda corrupción política que invade nuestra querida España. Al margen de cualquier control democrático, este auténtico poder en la sombra, además de controlar al Estado, se ha apropiado directamente del mismo. Por lo tanto el papel del Estado se desvirtúa, y hace que en última instancia la propia ciudadanía se sienta desprotegida frente a los abusos de todos aquellos que nos han arrastrado hacia el actual precipicio.

Ejemplos como la ausencia de responsabilidades en las mayores quiebras empresariales de nuestra dilatada historia, la colocación de preferentes, los abusos de las empresas dominantes en los sectores bancarios y los que engloban antiguos monopolios naturales –telecomunicaciones, eléctricas, agua...- son una muestra de cómo aquellos que han generado la mayor crisis sistémica de nuestra historia hace ya tiempo que habían comenzado a considerar al gobierno como un mero apéndice de sus propios negocios.

Como señala el propio Wolin en el totalitarismo invertido, "los elementos clave son un cuerpo legislativo débil, un sistema legal que sea obediente y represivo, un sistema de partidos en el que un partido, esté en el gobierno o en la oposición, se empeña en reconstituir el sistema existente con el objetivo de favorecer de manera permanente a la clase dominante, los más ricos, los intereses corporativos, mientras que dejan a los ciudadanos más pobres con una sensación de impotencia y desesperación política y, al mismo tiempo, mantienen a las clases medias colgando entre el temor al desempleo y las expectativas de una fantástica recompensa una vez que la nueva economía se recupere”. En esto se ha transformado nuestra querida España, con una clase media que en su momento miró a otro lado y ahora experimenta en sus carnes las consecuencias de su pasividad y escasa exigencia crítica a nuestra casta política.

Reconstrucción del poder político

En el fondo, lo que subyace es la incapacidad política de las democracias para liberarse de la soga de las oligarquías occidentales dominantes, que se han consolidado en las últimas tres décadas tras una patológica aplicación de políticas que mejoran las condiciones de los propietarios del capital. Las elites capitalistas occidentales a base de sacrificios de los trabajadores, y de espaldas a las aspiraciones de las poblaciones del resto del mundo, quieren imponer un decrecimiento real de las condiciones de vida. Hoy más que nunca es necesaria una reconstrucción del poder político soberano y democrático. Serán inútiles todos los esfuerzos si no se orientan prioritariamente a conseguir que las grandes corporaciones transnacionales, que depredan sin límites el ecosistema económico y político planetario, sean controladas.

Se necesitan políticas y acciones encaminadas a cambiar la inercia en la que estamos inmersos. En este sentido, el ingrediente más importante para una recuperación económica sostenida es la reforma de los abusos que permitieron una burbuja espectacular, una mala asignación del capital productivo y los efectos negativos de los monopolios y los fraudes financieros en la economía real. Por lo tanto, una auténtica política reformista exige hacer frente a los monopolios empresariales y financieros. En caso contrario, seguiremos inmersos en el lodazal actual.


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