OPINIÓN

Tal como estamos, no podemos continuar

Si nada cambia, sólo queda una alternativa, presionar, y empezar a analizar la opción de la salida del euro.

Tal como estamos, no podemos continuar.
Tal como estamos, no podemos continuar. EFE

España está atrapada en una espiral perversa. Nuestra deuda pública, sin soberanía monetaria, es insostenible. Nuestros acreedores nos tienen cogidos por donde más duele. Los salarios son muy bajos y los empleos profundamente precarios, consecuencia de un modelo productivo intensivo en mano de obra, centrado en actividades de poco valor añadido (turismo, construcción y burbujas varias). La vivienda cada día es más inaccesible para la ciudadanía, especialmente los más jóvenes, tanto en propiedad como en alquiler. Los precios de la luz, el agua, las telecomunicaciones, es decir, aquellos fijados por oligopolios procedentes de antiguos monopolios naturales, no paran de subir. Pero además determinados servicios públicos como la sanidad, la educación, o la dependencia, se deterioran a conciencia forzando a muchos conciudadanos a acudir a la iniciativa privada.

Lo más triste de nuestra querida España es que hace tiempo que dejó de funcionar el ascensor social

La dejación de responsabilidad de los poderes públicos respecto a los más desfavorecidos empieza a ser criminal. Lo más triste de nuestra querida España es que hace tiempo que dejó de funcionar el ascensor social: el niño que nace en un barrio y familia humilde lo tiene francamente complicado para salir de esa situación. El fracaso escolar se la trae al pairo a nuestra clase política, esa que se llena la boca hablando de esfuerzo, o de cómo van a imitar la educación de Finlandia. Estamos en manos de auténticos incompetentes, sino psicópatas.

El papel de cierta clase media y pasiva

Pero para ello quienes nos desgobiernan cuentan con el sustento político de una parte de la población, cierta clase media y pasiva, cuyo impacto en la renta y riqueza no se ha visto afectada durante la crisis. Pero estos votantes parece que aún no se han enterado que sus rentas y riquezas en realidad se la han estado financiando los trabajadores por cuenta ajena, los autónomos, los pequeños empresarios de este país, y, sobretodo, sus hijos y nietos, cuyas condiciones de vida se deterioran a marchas forzadas para que dichas rentas no decaigan.

Son esa parte de la población que “ha comprado” la nueva versión de Robin Hood redactada por los poderosos. Según ésta, los otrora pobres y débiles -desempleados, discapacitados, refugiados…- han sido recolocados en el cuadro conceptual donde solíamos situar a los más ricos y poderosos. Son ellos, la categoría social previamente etiquetada como "pobre", a quienes se les acusa de no tener ganas que trabajar. Les presentan como vagos, perezosos, parásitos. Mientras que los que antes se consideraban ricos, ahora, por obra y gracia del lenguaje, se les presenta como aquellos que trabajan muy duro para obtener una recompensa más o menos justa. Y bajo ese lenguaje perverso, “hay que apoyar a esta nueva categoría de pobres”, los otrora ricos. No existe nada peor que olvidar nuestros orígenes, de dónde venimos cada uno de nosotros.

¿Qué debemos hacer?

Si echemos la vista atrás, el origen de los problemas actuales se remontan a mediados de los 80, justo con la entrada en vigor del Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea, cuando las élites patrias cedieron antes las del norte y centro de Europa. Asumieron sin más una reconversión industrial y una liberalización y apertura de nuestros mercados de bienes y servicios, que unidos a la libre movilidad de capitales, acabó siendo absolutamente nefasto para nuestro devenir futuro. El papel que nos “asignaron” implicaba una desindustrialización masiva, una tercerización de la economía y una bancarización excesiva. Sólo el País Vasco resistió, al aplicar una política industrial activa.

El problema se agudizó cuando el Banco Central Europeo, allá por 2002, implementó una política monetaria excesivamente expansiva, con el objetivo último estimular la economía teutona

El problema se agudizó cuando el Banco Central Europeo, allá por 2002, implementó una política monetaria excesivamente expansiva, con el objetivo último estimular la economía teutona para que Alemania no tuviera que expandir su crecimiento vía política fiscal. Ello aceleró e infló hasta límites insospechados la burbuja inmobiliaria patria. Pero no contentos con tanto dislate, nos dieron doble ración de cicuta, ya que los pasivos bancarios garantizados se acabaron convirtiendo en deuda pública, impidiendo una restructuración privada de la deuda a costa de acreedores, básicamente foráneos.

En realidad, la Unión Monetaria Europea es un sistema defectuoso desde sus orígenes. Se hizo caso omiso de los informes precedentes (Werner, 1970; MacDougall, 1977) donde se avisaba de la necesidad de una instancia fiscal federal y de los peligros de dejar todo en manos de una Banco Central, como una parte no constituyente del gobierno, y de establecer, en este contexto, unos tipos de cambio fijos entre los estados miembros. Y de aquellos barros estos lodos.

Es obvio que necesitamos un cambio radical de modelo productivo, que requiere tiempo. Pero, ahora España tiene otro problema más gordo e inmediato, “esta pillada” a la griega

Es obvio que necesitamos un cambio radical de modelo productivo, que requiere tiempo. Pero, ahora España tiene otro problema más gordo e inmediato, “esta pillada” a la griega. Nos tienen cogidos por donde más duele. Entonces ¿qué podemos demandar? En primer lugar, el establecimiento de una verdadera federación política y económica que permitiera mutualizar y reestructurar de manera coordinada las deudas. Para ello debemos salvar las reticencias de ciertas naciones europeas que no quieren asumir dicha federación política y económica.

Pero además el BCE podría utilizar su capacidad de emisión de moneda para financiar los déficits fiscales de los Estados miembros, con el fin fomentar el crecimiento y el empleo en sus economías nacionales sin encontrarse con las restricciones que los mercados de bonos privados ejercen en sus gastos. Sin embargo, se opone con contundencia Alemania y la propia Comisión Europea. En este contexto, si nada cambia, sólo queda una alternativa, presionar, y empezar a analizar la opción de la salida del euro y que puede ser, o bien mediante un desmantelamiento ordenado de la moneda y una restauración de la soberanía monetaria individual, con el restablecimiento de su propio banco central; o bien una salida unilateral de cada nación, mediante el restablecimiento de su propia soberanía económica y política. Pero lo que queda claro, que tal como estamos no podemos continuar.


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