Desde la heterodoxia

Lo que nos ocultan del TTIP

Desde estas líneas hemos escrito largo y tendido sobre el Tratado Transatlántico de Libre Comercio e Inversión, más conocido por su acrónimo en inglés TTIP. Por encima de todo destaca el ocultamiento de información a la ciudadanía. Con alevosía, bajo una oscura tiniebla, tenuemente iluminada por la luz de las velas donde se esconden, las élites, por enésima vez, negocian a nuestras espaldas temas fundamentales para el devenir de la ciudadanía. Los escasos argumentos esgrimidos en defensa del Tratado de Libre Comercio, repetidos como mantra a través de los medios voceros patrios, simple y llanamente son mentira, espurios.

Los líderes políticos involucrados en la negociación del TPPI se sientan en una misma mesa con representantes de los lobbies industriales y financieros, decidiendo bajo exclusión de la opinión pública, el futuro de la protección de los consumidores y del medio ambiente a ambos lados del Atlántico. Los ciudadanos europeos están al margen de este proceso, que conlleva graves retrocesos democráticos. Las democracias occidentales atraviesan, sin duda, uno de los peores momentos de su historia. La mayoría están atrapadas en un Totalitarismo Invertido “a la Sheldon Wolin”. Nos la están metiendo doblada. Solamente cuando la miseria, la pauperización y las desigualdades se generalizan, la sociedad reacciona -véase Grecia-.

Compañeros de cama, aquí y allá

En Europa el TPPI es apoyado por conservadores, liberales y la inmensa mayoría de la socialdemocracia -¿y luego se preguntan los viejos partidos socialdemócratas por qué se están hundiendo en toda Europa?- En España, PP, PSOE y Ciudadanos lo apoyan abiertamente, o al menos no se oponen. La información que esgrimen es muy limitada, pobre o inexistente. Además, los argumentos parecen haber sido redactados en algún bufete de abogados de esos que tanto usan los grupos de interés, con la colaboración estrecha de economistas pertenecientes a la ortodoxia neoclásica, aquella que cree que se puede aplicar el libre comercio a cualquier país, al margen de su nivel de desarrollo.

En el caso estadounidense, paradójicamente, las cosas no están tan claras, las discusiones son más intensas que aquí, en la vieja Europa. En apoyo al TPPI están el presidente Obama y la mayoría de los republicanos en el Congreso. Contra el TPPI claman la mayoría de los demócratas del Congreso, prácticamente todos los sindicatos, grupos medioambientales, y grupos de vigilancia –como Public Citizen-. Aliados habituales de Obama muestran una feroz oposición, como la senadora por Massachusetts Elizabeth Warren o el senador por Ohio Sherrod Brown, que, en una carta abierta muy dura pidió a Obama mayor transparencia. La oposición, además, es bastante transversal, va desde gente progresista como Noam Chomsky, pasando por el candidato presidencial demócrata Bernie Sanders, republicanos como Mike Huckabee, hasta grupos del Tea-Party. 

 La oposición es bastante transversal, va desde gente progresista como Noam Chomsky, pasando por el candidato presidencial demócrata Bernie Sanders, republicanos como Mike Huckabee, hasta el Tea-Party

El TPPI socava garantías constitucionales y la soberanía nacional. Se pretende, en realidad, eliminar los impedimentos comerciales no tarifarios, es decir, que los estándares de producto, las obligaciones relativas a la protección del clima y todas las demás limitaciones comerciales, excepto los aranceles, den mayor facilidad a la compraventa de mercancías y servicios entre la Unión Europea y los Estados Unidos. Se ansía eliminar todas las garantías que en Europa se han conseguido de protección del consumidor y del medio ambiente.

Entonces, ¿quién se beneficia realmente del libre comercio? Sólo aquellas empresas multinacionales establecidas libremente a lo largo del planeta para buscar y escrutar los talleres de explotación más crueles y la mano de obramás barata. El libre comercio, tal como le entienden, es una carrera global que arrastra al factor trabajo al fango, a la cuasi-esclavitud.

La heterodoxia y el libre comercio

Hace tiempo que vengo comentando los estudios del economista coreano Ha-Joon Chang, posiblemente el mayor experto mundial en Economía del Desarrollo, y sin duda alguna uno de los economistas heterodoxos más relevantes en el panorama actual. Chang se burla del libre comercio. Sostiene que los países desarrollados que hoy claman por la apertura de los mercados y la desregulación – Reino Unido, Estados Unidos, y el G7- históricamente utilizaron políticas proteccionistas para desarrollar sus industrias y aprovechar sus ventajas comerciales. Una vez que lograron posiciones de privilegio, se “olvidaron” de cómo ellos alcanzaron la riqueza, evitando que otros países en desarrollo sigan el mismo camino.

Por eso, es profundamente democrático exigir a quienes no se ha opuesto, que expliquen el porqué, y que asuman, en el caso hipotético de su aprobación, las consecuencias históricas de su aplicación

Pero va más allá. Chang destroza una de las hipótesis centrales de la economía clásica: la creencia que la libertad de comercio, los mercados privados y la inversión internacional mejoran los niveles de vida. Aquí su crítica es brutal, irónica. Tal como señala, es totalmente ingenua y simplista la manera en que las instituciones financieras internacionales establecen recetas homogéneas para el desarrollo económico en todo el mundo. Cuestiona la comprensión ideológica del libre mercado dominante, lo que unido a la poca atención que prestan a la historia la mayoría de los economistas, les lleva a imponer políticas erróneas. La propuesta uniforme de reducción del tamaño del gobierno, privatización de empresas públicas, inflación baja, y disciplina fiscal que promueve el FMI, hacen un flaco favor a países en desarrollo, y un tremendo favor a los “malos samaritanos”.

Por lo referente a lo que nos toca, la ciudadanía patria está cada día más desinformada. Los temas apenas se discuten de manera sosegada. Sólo importa el chascarrillo, la anécdota, mientras el fondo de la cuestión se oculta miserablemente. Por eso, es profundamente democrático exigir a quienes no se ha opuesto al TPPI –PP, PSOE y Ciudadanos-, que expliquen el porqué, y que asuman, en el caso hipotético de su aprobación, las consecuencias históricas de su aplicación. 


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