Desde la heterodoxia

¿De qué narices alardea el Gobierno?

El análisis de los datos de empleo correspondientes a agosto de 2013 es tremendamente representativo de lo que está ocurriendo en nuestro mercado laboral, un futuro sombrío en términos de crecimiento económico potencial y de sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones público. Por eso no se entiende el triunfalismo y la algarabía del actual ejecutivo, y muchísimo menos el de sus voceros mediáticos. Además de la manipulación en la interpretación de las cifras queda claro que todos ellos necesitan unas clases de ciertos conceptos básicos de economía.

Los datos de agosto recogen dos cifras aparentemente contradictorias pero que en realidad no los son. Por un lado, el número de parados baja en 31 personas; por otro, el número de afiliaciones a la seguridad social desciende en 99.069 ocupados con respecto a julio, un 0,60% menos. En términos interanuales, el descenso acumulado en el número de ocupados es de 568.290 cotizantes (-3,3%). ¿Cómo es posible que se reduzca, aunque muy tímidamente, el número de parados y disminuya fuertemente la ocupación?

Cae la población activa

El número de parados más el número de ocupados nos da la población activa, cifra que recoge, de entre los mayores de 16 años, aquellos que trabajan y los que activamente quieren trabajar y no lo consiguen. El resto, de ente los mayores de 16 años, constituye la población inactiva. El dato de agosto, por lo tanto, lo que nos dice es que disminuye la población activa, y se incrementa la suma conjunta de población inactiva, parados y jubilados.

Para analizar las razones del descenso de la población activa voy a utilizar los gráficos del link adjunto de Banco de España, elaborados a partir de la Encuesta de Población Activa (EPA). En ellos se observa que desde la llegada al poder del actual ejecutivo, la población activa no ha hecho otra cosa que caer. Sólo existen dos razones para explicar cualquier descenso en la misma. Por un lado el descenso poblacional, y, por otro, él que se deriva de la falta de actividad y de expectativas, y que fuerza a que aquellos que están en edad de trabajar, hartos de esperar, deciden abandonar el mercado laboral y formar parte de la población inactiva.

Como se puede observar en las cifras recopiladas por Banco de España a partir de la EPA, en el último dato disponible la variación interanual de la población activa supone un descenso próximo a las 350.000 personas, de los cuales 143.000 se debe a descenso poblacional, y el resto, 206.000 a la falta de expectativas.

Por lo tanto, en el apartado de la actividad los datos dibujan un país con un gran problema de crecimiento potencial. Alcanzamos los 15.465.000 de personas inactivas, lo que sumado a los 5,976 millones de parados de la EPA y los 8 millones de jubilados, resulta que más de 28 millones de personas están fuera de la actividad, algo incompatible con alcanzar una economía de pleno empleo y con un crecimiento potencial cercano a la media de la UE.

Esto se traduce en que tenemos una tasa de empleo, número de ocupados sobre la población en edad de trabajar, del 50%, es decir solo trabajan la mitad de las personas que podrían hacerlo (entre 16 y 64 años). Esta tasa es muy inferior a los países más avanzados del norte de Europa. Por ejemplo, Francia tiene un 65%, Noruega o Suecia y Dinamarca alcanzan tasas superiores al 70%.

Crecimiento potencial y pensiones futuras.

El crecimiento económico tendencial es la suma del crecimiento de la fuerza laboral más el crecimiento de la productividad. Dicho de otro modo, la tasa de crecimiento económico es igual a la tasa de crecimiento del número de trabajadores que producen más la tasa de incremento de la producción por hora y persona.

A su vez el crecimiento de la productividad se puede producir por una mejor formación de los trabajadores (crecimiento de la productividad del trabajo en sentido estricto) o por un incremento en la inversión por trabajador (crecimiento en la productividad de los factores)

Por lo tanto, las políticas basadas que tienen como objetivo aumentar el crecimiento económico deben operar a través de dos canales: incrementar el crecimiento de la productividad (formación e inversión), y/o incrementar la fuerza laboral. Sería necesario, por lo tanto, que las políticas propuestas recogieran una estructura de incentivos compatible con el crecimiento económico.

Sin embargo las políticas económicas del actual ejecutivo han ido en el sentido contrario. No han afrontado el problema estructural de nuestra economía, la brutal acumulación de deuda privada y pública. Por el contrario, en aras de la defensa de las élites financieras y de los acreedores foráneos, se han dedicado a plantear ajustes salariales y fiscales, estos últimos basados exclusivamente en aumentos impositivos y en la reducción de los gastos sociales, educación y sanidad, básicos para garantizar la estabilidad del ya de por sí esquilmado factor trabajo.

Si a ello además sumamos el concepto de productividad erróneo utilizado por el gobierno y sus asesores, de carácter anticíclico, basado exclusivamente en la destrucción de empleo, el coctel no puede ser más explosivo en el medio plazo. Por un lado, hundimiento de nuestro crecimiento potencial que se sitúa próximo al 0%. Por otro, derivado del descenso en la población activa, caída de la masa salarial, y hundimiento del crecimiento económico, insostenibilidad de nuestro sistema público de pensiones. A lo que habrá que añadir, algo no contemplado por los llamados “expertos sobre las pensiones”, la deflación por deuda en la que ya estamos inmersos. Por lo tanto, ¿de qué alardea el actual ejecutivo?


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