Desde la heterodoxia

Los mitos del mercado

Recientemente, en un discurso en la Universidad de las Naciones Unidas, el otrora economista de la síntesis keynesiana y premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz, criticó los enfoques occidentales para hacer frente a la crisis económica sistémica mundial. El argumento que esgrimió, de manera acertada, es que las soluciones de mercado no funcionan. Así de fácil, así de sencillo. Dicho discurso precedió a la publicación por parte de Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) de sus últimas previsiones macroeconómicas donde se constataba una desaceleración profundamente preocupante en el comercio mundial, que ha caído a niveles asociados a recesión global.

Pero lo más interesante es que Stiglitz entró a fondo a desmontar las profundas falsedades que subyacen en los modelos neoclásicos que describen el comportamiento de la economía. Para ello se basó en los avances recientes en la investigación económica y en la nueva evidencia empírica que directamente culpan del estancamiento económico en curso al llamado "Consenso de Washington", es decir, al conjunto de políticas neoliberales que emergieron con la llegada al poder en los ochenta de los neoconservadores en Estados Unidos y Reino Unido, y que después incluso fueron abrazadas en parte por la socialdemocracia.

Se nos venden una serie de recetas económicas basadas en una serie de “verdades indiscutibles”, cuando en realidad no representan nada más que juicios metodológicos previos

Como ya hemos expuesto hasta la saciedad, desde estas líneas, el Consenso de Washington se compone de una serie de políticas interrelacionadas que requieren reducciones en el gasto público; desregulación desenfrenada para reducir las restricciones a los bancos, las empresas y otros actores financieros; una amplia privatización de los servicios sociales y públicos; y la liberalización basada en la reducción de impuestos, aranceles y barreras no tarifarias al comercio. Todo ello con la intención aparente de impulsar el crecimiento y mejorar la distribución de la riqueza. Pero en realidad han producido todo lo contrario. Se nos venden una serie de recetas económicas basadas en una serie de “verdades indiscutibles”, cuando en realidad no representan nada más que juicios metodológicos previos.

Estos modelos no logran captar el comportamiento real ni de las personas ni de las empresas, incluyendo temas como el ahorro, el consumo y la inversión. Pero además pasan por alto el papel crucial de las instituciones en la reducción de la eficiencia y que sirven en realidad para preservar las estructuras de poder que benefician a una pequeña minoría. Contrariamente a la opinión prevaleciente entre los políticos, los fallos del mercado son generalizados, asociados a la competencia, las externalidades, el riesgo y los mercados de capitales. El mercado por sí mismo da lugar a un endeudamiento excesivo y conduce a instituciones financieras demasiado grandes para quebrar. Los mercados no son eficientes, ni siquiera estables. Las externalidades negativas son económicas, políticas, sociales y ambientales. Surgen múltiples necesidades de intervención del gobierno ya no solo para una estabilización macroeconómica, sino también en las políticas industriales, comerciales, necesidad de fuertes regulaciones del sector financiero, y el fomento de la igualdad de oportunidades. Se requiere además un sistema de frenos y contrapesos sólido, incluyendo una mayor transparencia, restricciones a la influencia del dinero en las campañas electorales, restricciones a las puertas giratorias. Los esfuerzos convencionales para hacer frente a la nueva recesión global que viene, si no cambian las cosas, volverán a fracasar.

La ausencia de inversión productiva

Nos damos cuenta, en definitiva, que el gobierno es esencial, y una parte central de la política de desarrollo es mejorar la actuación del sector público. Hay nuevos estudios y evidencias empíricas, como los de Mariana Mazzucato o los economistas Ha-Joo Chang o Richard Koo, y ya no hablemos de los postkeynesianos, que desmontan multitud mitos extendidos en los medios de comunicación convencionales como si fueran dogmas de fe.

El sector privado sólo se atreve a invertir después de que el Estado ha realizado las inversiones de alto riesgo

Cuando se habla, por ejemplo, de innovación, por parte de políticos y expertos, generalmente se argumenta que la innovación reside en las fuerzas del mercado, en el empresariado innovador con su capacidad para afrontar riesgos y asumir el futuro desconocido. Sin embargo, la realidad de la innovación no parece ser así. La innovación no reside en el mercado sino en el Estado, el gobierno. Mariana Mazzucato, profesora de la Universidad de Sussex, en el libro El Estado Empresarial analiza varios estudios de casos sobre el crecimiento impulsado por la innovación, y describe la situación opuesta, el sector privado sólo se atreve a invertir después de que el Estado ha realizado las inversiones de alto riesgo.

En este libro, Mazzucato, sostiene que en la historia del capitalismo moderno, el Estado ha generado actividad económica que de otro modo no habría sucedido, y ha abierto activamente nuevas tecnologías y mercados en los que los inversores privados más adelante pueden entrar. Lejos de las críticas a menudo escuchadas al Estado de que potencialmente “desplaza” las inversiones privadas, el Estado hace que sucedan, formando y creando mercados, no sólo “corrigiendo” sus fallos. Ignorar esta realidad sólo sirve a fines ideológicos, y perjudica a la formulación de políticas eficaces. Un ejemplo es la situación actual, donde la ausencia de inversión productiva solo se corregirá cuando de una puñetera vez el Estado inicie procesos de inversión masivos centrados en energía, transporte, educación, investigación y desarrollo en infraestructuras de tratamiento del agua,… que sirvan posteriormente de arrastre al sector privado. Mientras tanto, más pobreza. ¡Porca miseria!


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