Desde la heterodoxia

Es ideología y no economía

El pasado 18 de enero, la Reserva Federal publicó las transcripciones de las ocho reuniones y de las tres conferencias telefónicasde su Comité de Mercado Abierto (FOMC) que tuvieron lugar durante 2007. La conclusión es muy clara: no tenían ni idea de lo que se les venía encima. A pesar de tratarse de personas altamente inteligentes, y estar en la cúspide del poder económico y financiero, han demostrado tener exactamente los mismos errores analíticos que cualquier simple mortal. Muchas veces dan la impresión de disponer de un gran poder de maniobra, con toda esa cantidad de información de que disponen en sus manos, y parecen decirnos: “si supiera lo que yo sé, usted entendería la suprema sabiduría de mis acciones”. Nada más lejos de la realidad.

La falta de visión de la FED en 2007 refleja, por un lado, la arrogancia de la ortodoxia económica dominante, muy elegante a nivel teórico y matemático, pero incapaz de predecir las dinámicas del ciclo económico actual, en definitiva, de muy escasa utilidad. Pero, por encima de todo, pone de manifiesto la falsedad de los supuestos bajo la que se sustentan la mayoría de las hipótesis y teorías neoclásicas o neoliberales dominantes. Y ello es especialmente grave porque son esas políticas y esas directrices las que se están imponiendo en el momento actual a la mayoría de los ciudadanos. Y los resultados, digámoslo suavemente, dejan mucho que desear.

Las falsedades de la ortodoxia neoliberal

Para poder valorar la teoría neoclásica dominante hay que partir de lo que el economista sueco Axel Leijonhufvud llamaba los presupuestos o conceptos esenciales de una escuela de pensamiento, que no pueden ser formalizados y que son previos a la constitución de hipótesis y teorías. Pues bien, la ortodoxia neoliberal nos está imponiendo una serie de recetas basadas en unas teorías cuyos presupuestos esenciales son falsos.

La epistemología dominante de la economía neoclásica es el instrumentalismo: una hipótesis es pertinente con tal de que permita hacer predicciones. El realismo de los postulados no tiene importancia. Y eso es mentira. Se debe partir de la realidad, con sus principales hechos estilizados, y no de una situación hipotética ideal.

La teoría neoclásica parte en su análisis del individuo o agente económico. La macroeconomía dominante utiliza y reduce todo a bases microeconómicas fundadas en un agente representativo, a la vez consumidor y productor, que maximiza una determinada función con determinadas restricciones. Es una falacia intelectual. El individuo un ser social poderosamente influido por el entorno, las clases sociales, y la cultura que le ha impregnado.

La teoría neoclásica parte en su análisis de la racionalidad absoluta, de manera que los agentes disponen de una información y capacidades de cálculo casi ilimitadas. Detrás de la hipótesis de mercados eficientes está la hipótesis de expectativas racionales que ha supuesto un auténtico disparate. Los agentes e instituciones tienen capacidades limitadas respecto a conseguir y manejar la información, de manera que la información no es que sólo sea imperfecta, sino que es a veces insuficiente y obliga a postergar la toma de decisiones.

Intervención Estatal frente a Libre Mercado

La mayoría de los economistas neoclásicos tienen un prejuicio favorable con respecto a los mecanismos de mercado, la libre empresa, y el “laissez-faire”. Si fuera posible eliminar las imperfecciones que entorpecen la libre competencia o la circulación de una información perfecta, la perfecta flexibilidad de precios permitiría llegar al mejor de los mundos. El Estado es percibido como una fuente de ineficiencias: si bien la intervención del Estado puede a veces ser necesaria a corto plazo, a largo plazo preconizan un mínimo de intervención o de legislación reguladora. Y así nos ha ido.

Es necesario poner en cuestión a la vez la eficacia y la equidad de los mecanismos de mercado. Por un lado, los mercados no pueden ser abandonados a su suerte, ya que no pueden autorregularse (ver los fraudes y fiascos del sector financiero, Enron, Worlcom, Madoff,…). El mercado, y muy especialmente el sistema financiero, debe ser vigilado y regulado por el Estado, al igual que debe ser protegida por el Estado la propiedad privada, base del sistema capitalista.

Pero hay algo más profundo. La competencia pura, favorable para todos, no es más que una situación transitoria que lleva a la constitución de monopolios u oligopolios. Por lo tanto, el Estado tiene que intervenir y tomar posiciones en la arena privada para evitar que la economía se vea abocada a una inestabilidad demasiado grande y a un enorme despilfarro de recursos.

El fracaso del pensamiento económico dominante

El ritmo de deterioro económico y social se está acelerando, ya no solo en nuestro país sino también en las principales áreas geográficas. La mezcla de políticas económicas auspiciadas por la ortodoxia académica ha fracasado. Se propuso para salir de la crisis una combinación de política fiscal restrictiva, política monetaria expansiva (ampliación de los balances de la FED o del BCE), y deflación salarial, bajo una serie de hipótesis que han resultado ser falsas. Se ha hecho un diagnostico erróneo de lo que está pasando en el mundo. Como consecuencia, las recetas económicas no tienen el impacto deseado, y, como corolario, no paran de revisar de manera continuada y adaptativa sus previsiones de crecimiento económico  la baja.

El multiplicador monetario no ha funcionado, al estar la economía en trampa de la liquidez. El impacto negativo de las restricciones presupuestarias sobre el crecimiento económico ha sido casi cuatro veces superior al estimado por los modelos del FMI. El abaratamiento generalizado de los salarios y del despido ha acabado hundiendo la demanda efectiva, es lo que se conoce como paradoja de costes.

Todas estas políticas parten de unas hipótesis sustentadas en unos presupuestos esenciales absolutamente falsos. Con razón se puede afirmar que las políticas que nos están imponiendo son pura ideología y no economía. El análisis serio así lo corrobora.


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