Desde la heterodoxia

El final del ciclo de la deuda

A los inversores no les gusta reconocer la existencia de burbujas financieras. Justamente porque han sido tan propensos a negar la existencia de burbujas y sus consecuencias, éstas se han convertido en una parte recurrente del panorama financiero y económico de las dos últimas décadas. Y ahora estamos en los albores del estallido de la última de ellas.

A las autoridades políticas, económicas y monetarias no les entusiasma admitir que han sido ellas quienes con sus instrumentos de política económica han contribuido a generar las distintas burbujas financieras que se han ido desarrollando en las últimas décadas. El estallido de la actual burbuja supondrá básicamente finiquitar con una forma de crecimiento perversa. Observaremos, atónitos, el estallido y punto final del súper-ciclo deuda iniciado allá en los años 80, y que ha estado sazonado con políticas profundamente conservadoras, enormemente injustas, tremendamente ineficaces.

Los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo, mientras se cerraban empresas bajo el pretexto de buscar mayores ganancias a través de la explotación de mano de obra barata en el extranjero

Durante este súper-ciclo, los buscadores de rentas han actuado a sus anchas, con el consentimiento o aquiescencia del poder político. Durante esta fase, los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo, mientras se cerraban empresas bajo el pretexto de buscar mayores ganancias a través de la explotación de mano de obra barata en el extranjero. Durante este período, los grandes evasores de impuestos, muy ufanos ellos, se frotaban las manos observando cómo no se hacía nada contra los paraísos fiscales -Luxemburgo, Suiza, Singapur…-. Durante ese tiempo, excluyendo la tierra y la vivienda, el capital se mantuvo constante. Durante esos años, el principal motor de la actividad económica fueron actividades especulativas financiadas con deuda.

Las burbujas delante de nuestras narices

A lo largo de la burbuja tecnológica de finales de los 90, la mala inversión financiada con deuda se dirigió principalmente a empresas tecnológicas relacionadas con Internet. El resultado final fue un colapso del Nasdaq 100 del 83%, mientras que, por ejemplo, el Ibex 35 ó el S&P 500 se dejaron la mitad de su valor. Sin duda fueron los más ricos quienes más perdieron con el estallido de esta burbuja, mientras que apenas afectó al resto de grupos sociales, siendo el impacto en la actividad real limitado. Pero los más acaudalados aprendieron a “lavar” sus inversiones en balances bancarios. Las siguientes burbujas les afectarían, pero mucho menos.

Cuando en el período 2000-2002 estallan y caen todas las bolsas occidentales, ante los miedos renovados de entrar en un proceso deflacionista, los Bancos Centrales aplicaron una política monetaria ultraexpansiva, inundando de dinero al sistema, pensando que así se reactivaría el ciclo económico. Las consecuencias no se hicieron esperar. Por un lado, se generó la mayor burbuja inmobiliaria de la historia, y, por otro, los bancos apalancaron sus balances tomando excesivo riesgo de mercado y de crédito, de manera que, aplicando el principio “demasiado grande para quebrar”, se crearon auténticos monstruos que acabarían devorándonos a todos.

A mediados del 2007, y a diferencia de la mayoría de los ciudadanos, la élite bancaria y financiera tenía la mayor parte de su riqueza financiera en activos de deuda y derivados de todo tipo, que se hubiese evaporado si se hubiera dejado caer a los bancos. Si se hubiese reestructurado el sistema bancario y reducido su tamaño acorde con la economía real, hubiesen sido los más ricos y poderosos los grandes perdedores. Obviamente no lo toleraron. En su lugar, diseñaron una estructura de ahorro para la economía en la que su riqueza se mantenía, así como las instituciones que la controlaban, y lo hicieron a costa de la ciudadanía. Quedó meridianamente claro que las rebajas salariales, aumentos impositivos al factor trabajo, incrementos del IVA, recortes en la asistencia social, la salud, la educación, todo ello se hacía para mantener los privilegios de las élites extractivas.

Los objetos preferidos de la especulación durante la actual burbuja QE han sido la deuda de baja calidad crediticia y, de manera indiscriminada, todo tipo de mercado bursátil

La burbuja QE

Así que aquí estamos de nuevo, en lo que, en retrospectiva, probablemente, denominaremos la burbuja de las expansiones de los balances de los Bancos Centrales (QE), un momento en la historia en que el estímulo más imprudente e intencionadamente especulativo por parte de las autoridades monetarias en realidad llegó a ser visto no sólo como aceptable, sino como algo bienvenido. Evidentemente, no hemos aprendido absolutamente nada. Los objetos preferidos de la especulación durante la actual burbuja QE han sido la deuda de baja calidad crediticia y, de manera indiscriminada, todo tipo de mercado bursátil sin distinguir por tipo de industria, sector productivo, calidad crediticia o capitalización bursátil.

Ahora estamos empezando a observar las divergencias internas que señalan el aumento de la aversión al riesgo entre los inversores. La mayor víctima de la burbuja QE será probablemente la deuda de peor calidad crediticia e, indiscriminadamente, la totalidad de los mercados bursátiles. A los inversores no les gusta reconocer la existencia de burbujas. Pero de alguna manera no les quepa ninguna duda de que en un par de años a partir de ahora, esos mismos inversores mirarán hacia atrás al momento presente y se harán una pregunta trágicamente perenne: ¿en qué narices estábamos pensando?

Mientras tanto muchos de esos inversores, sus brazos políticos y sus acólitos intelectuales siguen ladrando a fecha de hoy contra la existencia de la Seguridad Social, que transforma la vida de las personas mayores de este país. Continúan voceando contra el salario mínimo, aduciendo que la existencia de un salario digno es una intromisión radical en el libre mercado. Continúan bramando contra el seguro de desempleo, la negociación colectiva, la regulación del sistema bancario, contra todo aquello que constituyó el tejido del Estado de bienestar y, de hecho, la base de la otrora clase media. Pero da igual, por mucho que bramen se acerca inexorablemente el final de un ciclo, el de la deuda.


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