OPINIÓN

Las élites patrias no subirán los salarios

Cuando entremos en la Segunda Fase de la Gran Recesión, bajo el statu quo actual, las élites volverán a exigir nuevas devaluaciones salariales en nombre de palabra huecas como competitividad y productividad.

Las élites patrias no subirán los salarios.
Las élites patrias no subirán los salarios. EFE

Las estadísticas de los países más desarrollados confirman dos tendencias que se iniciaron allá por la década de los 70. Por un lado, el hundimiento del peso de las rentas del factor trabajo en la renta nacional. Por otro, un aumento sin parangón de la desigualdad. ¿Quieren ustedes un triste ejemplo? Sí, nuestra querida España. Y ahora cuando parecía que tocaba subir salarios, los muy sinvergüenzas dicen que aún no es la hora. Cuando entremos en la Segunda Fase de La Gran Recesión ya saben lo que tocara, ¿verdad? Sí, sin duda, nueva dosis de devaluación salarial. ¿Hasta cuándo?

Existen diversas tendencias globales que en nuestro país simplemente se agudizan por factores idiosincráticos. Por un lado, un salario mínimo y una tasa de sindicación de las más bajas de la OCDE. Por otro, los efectos del diseño del Euro en nuestro país (burbujas financieras e inmobiliarias; deuda; desindustrialización; devaluaciones salariales; superávits por cuenta corriente de Alemania; ausencia de soberanía monetaria). Pero en el origen de todo, el sistema de gobernanza económica denominado "neoliberalismo”. Su rasgo más relevante, la vuelta a un neo-feudalismo.

Lo primero que se promovieron fueron políticas económicas encaminadas a flexibilizar los mercados laborales, controlar y reducir los salarios en los países desarrollados con el fin de aumentar la tasa de retorno del capital. Pero para compensar el vaciamiento que ello suponía para la economía global -menores salarios y un aumento del subempleo-, en una segunda fase, se recurrió al crédito y a la deuda como la solución para estimular la demanda y la tasa de retorno del capital. Mientras duró, los beneficios empresariales se multiplicaron, a la vez que se deprimían los salarios. Una vez que el colateral que alimentaba esa deuda estalla, entramos en distintas fases de recesión de balances privados concatenadas.

El problema es que los defensores a ultranza del liberalismo, no solo no han manifestado especial interés hacia el bienestar de las clases trabajadoras, sino que han negado toda justicia al empleo de los poderes gubernamentales con ese propósito

El problema de fondo es que los defensores a ultranza del liberalismo, aquellos que se alzan contra el papel del Estado en la economía, no solo no han manifestado especial interés hacia el bienestar de las clases trabajadoras ni deseo de elevar sus salarios, sino que han negado toda justicia al empleo de los poderes gubernamentales con ese propósito. Por ello los liberales condenan la intervención gubernamental respecto de las horas de trabajo, del tipo de los salarios, del empleo de las mujeres, de la acción de los sindicatos, proclamando que la ley de la oferta y la demanda es el único regulador verdadero y justo. Han ignorado de manera sistemática la monstruosa injusticia de la distribución actual de la renta y la riqueza.

Los datos invalidan lo que se está haciendo

Los principales economistas nos dicen que los mercados laborales flexibles producen resultados óptimos. El problema con esta teoría es que no está apoyada por la evidencia. Si la teoría fuera correcta, entonces cabría esperar que la tasa de sindicalización de los trabajadores se correlacionara positivamente con la tasa de desempleo. Pero este no es el caso en absoluto. De hecho, cuando la tasa de sindicalización en los Estados Unidos y en el resto de los países occidentales estaba en niveles relativamente altos, había tasas muy bajas de desempleo y cuando se encontraba en niveles muy bajos, había tasas muy altas de desempleo. Lo contrario de lo que la teoría predice.

Otro componente del dogma de la flexibilidad del mercado de trabajo es que no debe haber salario mínimo

Otro componente del dogma de la flexibilidad del mercado de trabajo es que no debe haber salario mínimo. El argumento contra el salario mínimo es idéntico al argumento contra los sindicatos: el salario mínimo constituye una barrera arbitraria para los trabajadores y los empleadores que forman los acuerdos sobre lo que debe ser el salario. Pero de nuevo la historia no encaja con los hechos. Si esto fuera cierto, cuanto más alto fuera el salario mínimo (relativo al salario medio) más personas se verían desempleadas. Pero cuando volvemos a los datos nos encontramos con que este no es el caso. Si la teoría fuera cierta, se esperaría una fuerte relación positiva, indicando que los países con salarios mínimos más altos tenderían a tener un mayor desempleo. Pero tal relación no se observa.

Los efectos del Euro

Pero además el Euro contribuyó a una caída adicional de nuestros salarios. La Unión Monetaria Europea (UME) es un sistema defectuoso desde sus orígenes. Se hizo caso omiso de los informes precedentes (Werner, 1970; MacDougall, 1977) donde se avisaba de la necesidad de una instancia fiscal federal y de los peligros de dejar todo en manos de una Banco Central, como una parte no constituyente del gobierno, y de establecer, en este contexto, unos tipos de cambio fijos entre los estados miembros.

El problema de fondo de la Unión Europea y del euro es que se hizo a medida de Alemania. Por un lado, la entrada del sur de Europa en el Euro, con el consentimiento de sus élites, acabó destrozando nuestro sector industrial que no estaba preparado para el libre mercado. Por otro lado, Alemania a fecha de hoy sigue sin querer reducir sus superávits por cuenta corriente mediante políticas que faciliten un mayor consumo de sus familias. Tampoco asumió las consecuencias del riesgo precio de las inversiones de sus bancos.ç

Alemania ha jugado con sus socios europeos antes de la creación de la Unión Monetaria y siguió haciéndolo después de la introducción del euro

Alemania ha jugado con sus socios europeos antes de la creación de la Unión Monetaria (a través de la manipulación del tipo de cambio) y siguió haciéndolo después de la introducción del euro. Una vez establecida la Unión Monetaria, Alemania, al darse cuenta de que ya no podía manipular el tipo de cambio, se esforzó por mejorar su competitividad mediante una devaluación interna controlada. Mientras que atornillaba a los trabajadores alemanes, también colocaba a sus socios en una posición difícil. Alemania violó el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en 2003, forzando un cambio de normas, y luego ha estado violando sistemáticamente, desde 2011, los límites de excedente externo, quedando absolutamente impune. Por el contrario no para de exigir austeridad y devaluación salarial al resto de países, empobreciéndolos de manera sistemática, cuando si estuvieran fuera del euro el mecanismo de ajuste menos traumático sería una depreciación de sus divisas.

Conclusión

Cuando entremos en la Segunda Fase de la Gran Recesión, bajo el statu quo actual, las élites volverán a exigir nuevas devaluaciones salariales en nombre de palabra huecas como competitividad y productividad. Y a pesar de todo ello, las tasas de paro corregidas por precariedad, temporalidad, parcialidad no deseada y falta de expectativas se sitúan en España alrededor del 30%. La pregunta es la de siempre, ¿hasta cuándo los trabajadores, especialmente los  más jóvenes, lo van a permitir?


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