Desde la heterodoxia

Esos economistas correveidile

Recientemente un rotativo económico patrio entrevistó a uno de esos economistas representativo de la deriva moral y de la profunda decadencia en que se ha convertido la ciencia económica. Nos referimos a Arthur Laffer, tristemente célebre por la famosa curva que lleva su nombre, y rápidamente adoptada por los neoconservadores de medio mundo. A través de ella se justificó, sin ninguna demostración empírica, la bondad de rebajar masivamente los impuestos de aquellos que más tienen, e implícitamente justificar de paso la existencia de paraísos fiscales, con el objetivo último de liquidar el Estado del Bienestar. Y en esas están, vaya si lo están.

Lo peor sin embargo no es solo asistir impávidos a la defensa que estos individuos hacen de sus dogmas. Es que encima no se cortan un pelo. Han fracasado, han montando a nivel global una profunda crisis sistémica, donde las desigualdades, la pobreza y la acumulación de la riqueza en pocas manos alcanza niveles desconocidos en las democracias maduras. Pero ahí no para su ignominia.

En vez de estar calladitos, retirarse algún lugar donde hacer acto de penitencia por el daño causado a tanta gente, deciden contraatacar. En vez de ocultar las falacias de sus hipótesis y teorías, se atreven a dar un paso más dentro de la impunidad intelectual de la que disponen, como patente de corso. Se dedican a insultar y a desprestigiar a economistas que al menos han hecho una labor ingente por acumular, recopilar y compartir datos históricos sobre la evolución de la riqueza y de la renta, como Thomas Pyketti. Y eso que la propuesta de Pyketti de crear un impuesto global sobre la riqueza es una distracción. Necesitamos un enfoque más pragmático que incluya salarios mínimos, protección social, mejores sistemas educativos, preocupación medioambiental...

Economistas al servicio del Totalitarismo Invertido

Pero ahí siguen, inagotables al desaliento, financiados generosamente por lobbies y fundaciones neoconservadoras, espoleados y entrevistados por unos medios de comunicación al servicio de las élites. ¡Y miren ustedes que sus teorías no aguantan la prueba del algodón! Son la parte académica que da soporte intelectual al Totalitarismo Invertido en el que vivimos.

Recuerden que el término Totalitarismo Invertido fue acuñado por Sheldon Wolin, profesor emérito de filosofía política de la Universidad de Princeton. Se trata de ese momento político en el que el poder corporativo se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el Estado. Mientras que las corporaciones se vuelven más políticas, el Estado se orienta cada vez más hacia el mercado. La antidemocracia, y el dominio de la élite son elementos básicos del totalitarismo invertido. Desde un punto de vista económico los economistas de la oferta, entre ellos Laffer, se han convertido en sus correveidile.

Estos correveidile han dado soporte y justificación económica a lo que constituye el núcleo duro de lo que según Wolin es el totalitarismo invertido, "... se empeña en reconstituir el sistema existente con el objetivo de favorecer de manera permanente a la clase dominante, los más ricos, los intereses corporativos, mientras que dejan a los ciudadanos más pobres con una sensación de impotencia y desesperación política y, al mismo tiempo, mantienen a las clases medias colgando entre el temor al desempleo y las expectativas de una fantástica recompensa una vez que la nueva economía se recupere”.

La falsedad de la hipótesis de eficiencia de los mercados

La Teoría Neoclásica alimenta y da soporte teórico a la mayoría de los gobiernos y escuelas económicas dominantes, entre ellas la economía de la oferta de Arthur Laffer. Dentro de sus hipótesis considera que los mercados son eficientes, es decir, los recursos se colocaran automáticamente de manera óptima en línea con los objetivos de largo plazo de la sociedad. Más aún, mientras que el concepto inicial de la Economía de la Incertidumbre de Kenneth Arrow consideraba que los agentes tenían diversas opiniones sobre el futuro, y regularmente se equivocaban en sus previsiones, la Escuela de Chicago impuso el dogma de las expectativas racionales: los agentes saben y están de acuerdo sobre la distribución de probabilidad verdadera de las noticias futuras, de manera que los mercados ciegamente valoran correctamente los activos.

Detrás de ello está el origen de toda una familia de teorías que predecían que el riesgo de los mercados financieros era muy pequeño, completamente valorable y manejable. Mediante este razonamiento, se justificaba intelectualmente los extremadamente peligrosos niveles de endeudamiento y apalancamiento que han llevado al colapso de la economía, mientras que en el mundo real la mayor parte del riesgo era endógeno. ¡Menudos linces!

Las autoridades económicas y financieras a lo largo del mundo han utilizado estos argumentos para legitimar decisiones económicas y políticas, que acabaron generando una superabundancia de bienes de consumo, una sobreoferta de productos agrícolas, desempleo, pobreza, y stress medio ambiental, y que en el fondo han constituido el germen de la actual crisis económica y financiera. ¿Qué podemos esperar por lo tanto de las recetas económicas de economistas como Arthur Laffer? Nada bueno. Ojalá la ingente cantidad de papel utilizada para explicarlas se destinara a otros menesteres más provechosos.


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