Desde la heterodoxia

Del dinero ficticio al dinero basura

La actual crisis económica se debe al papel que juega la deuda privada en la economía, mucho más importante del que están dispuestos a concederle la mayoría de los economistas. Es fundamental analizar el nivel y la tasa de variación del crecimiento de la deuda privada y el efecto desestabilizador de la misma.

Después de una fase de acumulación de deuda, siempre retroalimentada por una burbuja financiera, en el momento en el que esas tendencias al crecimiento de la deuda privada terminan, la economía se desploma, y los precios de los activos financieros y de las casas se hunden, produciéndose una recesión de balances. El dinero ficticio genera dinero basura.

El crecimiento del crédito puede expandir la demanda agregada. Entonces, en vez producirse necesariamente una equivalencia entre la demanda agregada y la oferta agregada, la demanda agregada excederá a la oferta agregada, si crece la deuda, y caerá por debajo de la oferta agregada, si cae la deuda.Por lo tanto, el volumen nominal del dinero importa, y las dinámicas bancaria y de deuda han de incluirse en los modelos macroeconómicos, en vez de ignorarlas como hace la teoría económica neoclásica.

Sobreendeudamiento retroalimentado por una burbuja

El papel de la aceleración de la deuda en la conducción de burbujas de activos lleva a una serie de conclusiones relevantes que hay que entender antes de aplicar cualquier medida de política económica. A pesar de la incapacidad de la ortodoxia para asimilarlo, la crisis no terminará hasta que la deuda privada se haya reducido substancialmente, preferiblemente mediante una reestructuración de la misma. Paralelamente, los precios de los activos caerán con la reducción de la deuda. Los esquemas Ponzi, endeudarse alrededor de un activo sobrevalorado, son la causa de las burbujas de activos. Como la deuda no puede crecer permanentemente, todas las burbujas de activos acaban estallando.

Todas estas ideas se resumen en una sola. Los beneficios bancarios son impulsados por el volumen de deuda. No vale con confiar en que los bancos aprenderán de la crisis y se comportarán de manera más responsable. Tienen un deseo innato de extender deuda y tratarán de convencer a sectores no bancarios para asumirla.

Por lo tanto, hay que implementar una serie de reformas del sistema financiero que limiten los excesos derivados de la desregulación que tuvo lugar desde los años 80, como una parte más del pensamiento único que se derivó del “Consenso de Washington”.

Reducir el apalancamiento del sistema

Es necesario reducir los niveles de apalancamiento del sistema, poniéndoles límites. Debemos exigir a nuestros políticos que pongan fin al poder ilimitado de la banca para generar dinero, incrementar irracionalmente la deuda y retroalimentar inflaciones de activos.

Los economistas Jaromir Benes y Michael Kumhof en el artículo “The Chicago Plan Revisited” consideran que se podría a la vez reducir la deuda privada, impulsar el crecimiento, estabilizar los precios, y convertir a los banqueros en meros comparsas de la realidad económica. Se podría hacer limpiamente, sin dolor, por mandato legislativo, mucho más rápido de lo que nadie imagina. Para ello habría que acabar con la banca de reserva fraccional. Si los prestamistas se ven obligados a respaldar con reservas el 100% de los depósitos, la banca pierde el privilegio exorbitante de crear dinero de la nada. El país recuperaría el control soberano sobre la oferta monetaria. No habría más quiebras bancarias, y los ciclos de expansión y contracción del crédito serían mucho más suaves.

El economista postkeynesianoSteve Keen considera que hay que romper el nexo precio de activos-deuda para frenar las burbujas. Para ello hay que reducir el atractivo de la especulación apalancada en los precios de los activos, pero sin ahogar la demanda de deuda para inversión. Propone, entre otras cosas, establecer el máximo que se puede prestar para comprar una casa no en base al salario, lo que genera burbujas, sino como un múltiplo del potencial de rentas que genere la propiedad en sí misma, el alquiler. El exceso del precio sobre el préstamo sería realmente los ahorros del comprador, y un aumento en el precio de una casa significaría una caída en el apalancamiento, en lugar de un aumento en el apalancamiento, como ahora. No sería un bucle de retroalimentación.

Ley Glass-Steagall, supervisión y paraísos fiscales

Debe haber una separación clara entre banca de inversión y banca comercial. Se trata de volver a la Ley Glass-Steagall, donde los bancos comerciales no asumían riesgos excesivos. El objetivo es facilitar un adecuado proceso de expansión múltiple de los activos bancarios, de manera que la economía no se vea sometida a una restricción de crédito como la actual. La banca de inversión puede asumir más riesgos, siendo la gerencia, sus propietarios y acreedores quienes se responsabilicen de las consecuencias de los mismos.

Se necesita una fuerte e independiente supervisión. La autorregulación no funciona. La actividad supervisora de los reguladores debe intensificarse y quedar al margen de intereses económicos y políticos espurios. Como corolario se debería fijar una nueva política de retribución de los banqueros, mayor salario fijo, y un bonus muy inferior.

Hay que eliminar los paraísos fiscales.Hasta ahora no ha tenido ningún éxito, porque no había una firme voluntad política para hacerlo; y sobre todo porque no es el paraíso fiscal quien hace la especulación sino el gran banco que lo utiliza. Por ello, en primer lugar, hay que poner bajo el control público parcial o completo a la totalidad de los principales establecimientos financieros mundiales.

Moral hazard, control de riesgos, e impuesto a las transacciones financieras

Los Bancos Centrales deben eliminar el problema de “riesgo moral”.El regulador no debe adoptar el paradigma de gestión del riesgo en su aproximación a la política monetaria. Sólo acaba generando inflaciones de activos y procesos de sobreendeudamiento.

Se necesita un mayor control de los riesgos que asume la banca.Hay que buscar nuevos modelos de valoración que sobrepasen, por caducos, y justificación teórica falsa, a los actuales. En la literatura de la nueva economía financiera ya se ofrecen alternativas mucho más realistas que los idílicos modelos de control de riesgo utilizados por la banca, y que infraestimaron el peligro real.

Se debe aplicar a nivel global un impuesto las transacciones financieras a un tipo muy bajo. Permitiría recaudar, de forma estable y previsible, un volumen considerable de fondos para el desarrollo, sin interferir en el funcionamiento del mercado. Con tipos impositivos muy reducidos (0,1%) podrían obtenerse ingresos elevados, siempre que se apliquen de forma relativamente coordinada entre los principales centros financieros.

Este impuesto podría establecerse sobre el propio cierre de la transacción o sobre los pagos a que dé lugar en los sistemas de liquidación del activo financiero objeto de la transacción. En ambos casos sería necesario declarar la transacción. Si el impuesto grava el cierre de la transacción, existe la posibilidad de que los back-office se trasladen a jurisdicciones offshore. Esto será menos probable si el impuesto se establece sobre los front-office (traders), puesto que estos gozan, en mayor medida que el back office, de externalidades positivas en los lugares en que están establecidos (mano de obra cualificada, acceso a la información).

Con todas estas medidas, se trataría, en definitiva, de evitar que el dinero ficticio, fruto de de la desregulación del sistema financiero, acaba transformándose en una deuda que no se podrá pagar, es decir, en dinero basura. Como afirmó el otrora segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams, “Hay dos formas de conquistar y esclavizar a una nación, una es con la espada, la otra es con la deuda.” El sistema financiero, en definitiva, genera muchas ilusiones que suelen acabar en pesadillas.


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