OPINIÓN

La degradación de la economía como ciencia social (I)

Nunca la economía, como ciencia social, ha estado en un nivel tan bajo como en las últimas décadas.

La degradación de la economía como ciencia social (I)
La degradación de la economía como ciencia social (I) EFE

La percepción que tiene la ciudadanía de nosotros, los economistas, es negativa. Se nos trata, con razón, como charlatanes de feria que explicamos muy bien lo que ha pasado, pero absolutamente incapaces de prever nada. Diría, incluso, algo más. Leyendo ciertos análisis, y viendo y escuchando a determinados tertulianos que aparecen de manera frecuente en los “mass media patrios”, se puede afirmar que la mayoría de los economistas son incapaces de ofrecer un diagnóstico medianamente decente de la última crisis sistémica, La Gran Recesión. Se nos empieza a tratar como meros chamanes. Nunca la economía, como ciencia social, ha estado en un nivel tan bajo como en las últimas décadas.

Los economistas más dañinos son aquellos cuyo trabajo no está sujeto a las necesarias restricciones que marcan la realidad de los datos

La mayoría de los economistas para hacer que sus modelos funcionen de manera coherente tienden a reducir significativamente la complejidad y los detalles más finos de la economía a través de un conjunto de premisas completamente alejadas de la realidad. Los economistas más dañinos son aquellos cuyo trabajo no está sujeto a las necesarias restricciones que marcan la realidad de los datos, a pesar de lo cual se animan a extraer conclusiones y hacer recomendaciones de política económica. Esto ha dado lugar a determinados modelos apriorísticos, generados en su inmensa mayoría por think tanks conservadores bien financiados, sobre cómo funcionan los mercados. Las economías que describen son fruto de una imaginación febril, y rara vez se han visto en el mundo real. Hay escuelas de pensamiento que dedican enormes esfuerzos a erigir un homenaje a su locura particular, a partir de análisis estadísticos espurios. Sin embargo, ahí siguen, impertérritos.

Sabemos que el sistema de gobernanza económica dominante, el neoliberalismo, creado por las élites para implementar y justificar sus políticas, se encuentra completamente roto. Es totalmente inservible. A pesar de ello, sus manuales siguen siendo los utilizados en la mayoría de las universidades. No les ha bastado su completa inutilidad a la hora de predecir La Gran Recesión. Va a ser necesario un destrozo social, económico y político adicional, al ya producido, para que definitivamente finiquitemos la teoría económica ortodoxa dominante, con sus distintas facciones. Pero veamos de donde emana tanta estupidez académica. Para ello voy a utilizar como referencia el libro Can We Avoid Another Financial Crisis?, publicado este año por la editorial Polity, del economista postkeynesiano australiano Steve Keen, actual responsable de la Escuela de Economía, Historia y Política de la Kingston University.

La macroeconomía no puede derivarse de la microeconomía

Desde 1976, la escuela de Chicago, con Robert Lucas a la cabeza, fiel sustituto de Milton Friedman, ha dominado el desarrollo de la macroeconomía convencional, bajo la proposición de que la buena teoría macroeconómica sólo podría desarrollarse a partir de fundamentos microeconómicos. Argumentando que "la estructura de un modelo econométrico consiste en reglas óptimas de decisión de agentes económicos", Lucas insistió en que un modelo macroeconómico para ser válido debía derivarse de la teoría microeconómica basada en la maximización de la utilidad de los consumidores y de los beneficios empresariales. Pero, como explica Steve Keen en su libro, el precepto metodológico de Lucas, que los fenómenos a nivel macro pueden y de hecho deben derivarse de fundamentos micro, ya había sido invalidado antes de que él lo declarara.

Las funciones individuales de demanda solo pueden agruparse si el cambio de los precios relativos no cambia sustancialmente la distribución del ingreso dentro del grupo

El razonamiento es muy sencillo. Las funciones individuales de demanda solo pueden agruparse si el cambio de los precios relativos no cambia sustancialmente la distribución del ingreso dentro del grupo. Pero esto solo es válido si se agrupan a todos los asalariados en un grupo llamado Trabajadores; a todos los que generan ganancias de capital en un grupo llamado Capitalistas; y a todos los rentistas en un grupo llamado Banqueros. Supone comenzar el análisis desde el nivel de las clases sociales. Alan Kirman propuso tal respuesta hace casi tres décadas: “Si queremos progresar más, deberíamos elaborar las teorías en términos de grupos que tienen un comportamiento colectivamente coherente. Por lo tanto, las funciones de demanda y gasto para ajustarse a la realidad deben definirse en un nivel razonablemente alto de agregación. La idea de que deberíamos comenzar en el nivel del individuo aislado es algo que debemos abandonar.”

Desafortunadamente, la reacción de la corriente económica dominante fue mucho menos ilustrada: en vez de aceptar este descubrimiento, buscaron las condiciones bajo las cuales podría ser ignorado. Estas condiciones son absurdas, equivalen a suponer que todos los individuos y todas las mercancías son idénticos. Pero el deseo de mantener la metodología dominante, por razones ideológicas, de construir modelos a nivel macro a partir de modelos a nivel individual ganó sobre el realismo. El primer economista que derivó este resultado, William Gorman, sostuvo que era "intuitivamente razonable" aquello que en realidad es una absurda suposición, el hecho de que cambiar la distribución del ingreso no altera el consumo. El texto avanzado de doctorado de Hal Varian “Microeconomic Analysis”, que tuve que sufrir, nos aseguraba que la racionalización intuitivamente ridícula de Gorman era razonable.

Los economistas tienen que adoptar un concepto que hasta la fecha la ortodoxia dominante ha evitado: la complejidad y, concretamente, los sistemas complejos

Con estos mimbres, como señala Steve Keen, no es de extrañar que, décadas más tarde, los modelos macroeconómicos, minuciosamente derivados de fundamentos microeconómicos, no previeran el mayor evento económico desde la Gran Depresión, es decir, la Gran Recesión.

Conclusión

La conclusión más importante es que la macroeconomía no puede derivarse de la microeconomía. Pero esto no significa, tal como afirma Olivier Blanchard, que "la búsqueda de un núcleo macroeconómico analítico ampliamente aceptado, en el que se puedan localizar las discusiones y las extensiones, pueda ser un sueño". Existe una manera de derivar modelos macroeconómicos partiendo de fundamentos sobre los cuales todos los economistas deben estar de acuerdo. Pero para hacer esto, los economistas tienen que adoptar un concepto que hasta la fecha la ortodoxia dominante ha evitado: la complejidad y, concretamente, los sistemas complejos. Donde ya han empezado a utilizarse estos sistemas es en economía financiera, pero no tanto en el mundo académico, sino en el mundo real, donde se juega la pasta de verdad y las hipótesis irreales no tienen sentido. Pero de ello hablaremos en el siguiente blog.


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