OPINIÓN

Sí, me declaro populista

El imperativo de rescatar el statu quo contra el populismo ha alcanzado su apoteosis en ciertos líderes socialdemócratas que frente al hartazgo de sus militantes y votantes no dudan en cargar contra líderes como el senador Bernie Sanders o el actual líder laborista, Jeremy Corbyn.

Franklin Delano Roosevelt.
Franklin Delano Roosevelt. FDR Presidential Library & Museum

Cada día en los medios de comunicación convencionales se alerta del peligro que supone para las democracias occidentales los populismos crecientes. Sin embargo, cuando uno pasa del título al texto, se produce un cambio notable pero sutil a la hora de definir lo que realmente está bajo amenaza. El significado básico de democracia, esto es, el gobierno del pueblo o la soberanía popular, no se encuentra por ninguna parte. En cambio, la democracia parece estar constituida por una serie de instituciones y normas, no todas ellas elegidas democráticamente.

Vivimos bajo un nuevo feudalismo económico, los esclavos de la deuda, obedientes y serviles, mientras los que se dedican a emitirla no dejan de enriquecerse

Quienes hablan de populismos en realidad, aunque sea indirectamente, son copartícipes de la actual situación donde es la democracia la que se encuentra secuestrada, pero no por populistas. El poder corporativo hace varias décadas se despojó de su identificación como un fenómeno económico para entrometerse en ámbitos y esferas de la vida pública que solo competen al Estado y a la ciudadanía, dentro de lo que se conoce como soberanía nacional. De alguna manera hemos retrocedido varios siglos a una especie de soberanía compartida donde ese poder corporativo ha secuestrado a las otrora democracias occidentales. Vivimos bajo un nuevo feudalismo económico, los esclavos de la deuda, obedientes y serviles, mientras los que se dedican a emitirla no dejan de enriquecerse.

Se ha ido desmantelando el entramado que de alguna manera garantizaba la soberanía popular y la supremacía del Estado frente a intereses privados espurios. Es evidente que han tomado las riendas del Estado en el nombre del progreso y de la globalización, cuando en realidad lo único que les importa es la acumulación de poder y riquezas. No han dudado en promocionar un cuerpo legislativo débil, un sistema legal obediente y represivo, y, sobretodo, un sistema de partidos que de manera persistente se empeña en reconstituir el sistema existente con el objetivo de favorecer de manera permanente a la clase dominante. Y la reacción, obviamente, es el ascenso del populismo. Cuestión de supervivencia.

Nuestra economía simplemente reparte miseria, convive con un ejército de reserva de parados y el empleo que se crea es de muy baja calidad, muy precario

Pensemos por un momento en la situación de fondo de nuestro país que, a pesar de todos los intentos por ocultarla, es preocupante. Nuestra economía simplemente reparte miseria, convive con un ejército de reserva de parados y el empleo que se crea es de muy baja calidad, muy precario y, como tal, inestable y poco productivo. Salarios bajos, hundimiento productividad de los factores productivos, brusco descenso de la población activa, unido a la demografía y la falta de voluntad política amenaza nuestro sistema público de pensiones. Y las aves carroñeras frotándose las manos. Por eso cuando después de la que ha caído por estos lares, algún banquero o ejecutivo colocado a dedo por ser amigo del político de turno habla y nos cuenta lo que está bien o está mal, simplemente exacerba la rabia contenida de la gente de este país, especialmente de los más jóvenes. Al menos que se abstengan de hablar.

Desvirtuando la historia

Enfatizar instituciones y normas como la esencia de la democracia tiene una historia que viene de negar otras definiciones mucho más radicales. La idea de la democracia como un sistema elaborado de controles y equilibrios forzados por una combinación de leyes constitucionales, normas informales y la distribución del poder socioeconómico a través de una pluralidad de grupos, cristalizó por primera vez en los años treinta, en contraste explícito con el totalitarismo. Pero elaboraciones posteriores fueron aprovechadas para proporcionar una alternativa al sentido real de lo que debería ser la democracia, gobernar por y para el pueblo.

En la década de los 60 se acuñó un término, poliarquía, en contraste explícito con las teorías populistas de la democracia basadas en la igualdad política, soberanía popular y gobierno de las mayorías

Ya por la década de los 60 se acuñó un término, poliarquía, en contraste explícito con las teorías populistas de la democracia basadas en la igualdad política, soberanía popular y gobierno de las mayorías. La poliarquía simplemente supone reconocer que estamos gobernados por una élite de poder que ataca deliberadamente el pluralismo político y justifica las relaciones de poder existentes y las instituciones antidemocráticas que los mantienen.

En la actualidad, el resultado neto de quienes dicen defender la democracia contra el populismo es, inevitablemente, una defensa del centrismo político. La democracia, bajo este análisis, se reduce a la búsqueda de un consenso bipartidista donde, según ellos, se abandonen las políticas de resentimiento. A buenas horas mangas verdes. Después del destrozo social, económico, moral y político braman que no hay que tener resentimiento. El imperativo de rescatar el statu quo contra el populismo ha alcanzado su apoteosis en ciertos líderes socialdemócratas que frente al hartazgo de sus militantes y votantes no dudan en cargar contra líderes como el senador Bernie Sanders o el actual líder laborista, Jeremy Corbyn. El objetivo último es evitar la implementación de sus propuestas económicas. Y si hace falta promocionar populismos de derechas, se hace, y punto.

"Ahora sabemos que un gobierno en manos del capital organizado es igual de peligroso que un gobierno en manos del crimen organizado” Franklin Delano Rooslvelt

Por todo eso me declaro populista y reclamo políticos que asuman lo que ya hacía y decía el Franklin Delano Rooslvelt: “Hemos tenido que enfrentarnos a los tradicionales enemigos de la paz social: los monopolios empresariales y financieros, los especuladores, los banqueros sin escrúpulos, aquellos que promovieron los antagonismos de clase o el secesionismo y quienes se enriquecieron a costa de la guerra. Todos habían llegado a pensar que el gobierno de Estados Unidos no era más que un mero instrumento al servicio de sus propios intereses. Ahora sabemos que un gobierno en manos del capital organizado es igual de peligroso que un gobierno en manos del crimen organizado….” Este discurso hoy sería tildado de populista, cuando fue Franklin Delano Rooslvelt es, ha sido y será el presidente más votado de la democracia estadounidense. Paradojas de la vida.


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