Desde la heterodoxia

Los chascarrillos de los patriotas de hojalata

La pobreza y la desigualdad no son inevitables, son consecuencia de la implementación de unas políticas económicas conscientes, ésas que tanto le gustan al “patriota” Luis María Linde, el actual gobernador del Banco de España. Sin despeinarse, el “patriota” Linde afirmó que "no tiene sentido llamar austeridad a la corrección de desequilibrios insostenibles" y actuar para corregirlos es "patriotismo". Sus afirmaciones, además de groseras y esperpénticas, denotan un profundo desconocimiento de la realidad económica patria y de la abundante evidencia empírica sobre los efectos de las políticas de “austericidio” -léase por favor los trabajos de los economistas Jaime Guajardo, Daniel Leigh y Andrea Pescatori del Fondo Monetario Internacional-. En cualquier país de nuestro entorno, este señor o habría pedido disculpas o estaría de patitas en la calle. Pero ya saben ustedes cómo se las gastan aquí, donde vivimos, sí, en ese Totalitarismo Invertido llamado España.

Aquellos que le auparon en 2012 a su actual poltrona, señor Linde, desde que llegaron al poder han incrementado la deuda pública y la deuda externa neta como nunca antes en nuestra historia reciente, situándola en niveles récord. Ósea que de corregir desequilibrios, nada de nada. Todo lo contrario. El montante de deuda de las administraciones públicas supera los 1,4 billones de euros, lo que supone un incremento de más de 593.000 millones de euros bajo “Rajoy el austero”. Por otro lado, la deuda externa neta se ha incrementado hasta superar el billón de euros, tal como se puede apreciar en las cifras de Balanza de Pagos, las mismas que publica la entidad que usted preside señor Linde. Le doy un dato: para un crecimiento del PIB nominal en 2014 del 0,89%, la deuda externa ha crecido a tasas del 3%.

Desigualdad, pobreza y políticas patrióticas

Sin embargo, la parte que a mí más me preocupa es la absoluta indecencia que supone el desconocimiento de la realidad social de nuestro país por parte de ciertos políticos y responsables públicos. Si realmente se percatasen de la radiografía de la pobreza y desigualdad patria, se abstendrían de realizar ciertos comentarios gratuitos. En realidad, el aumento de la pobreza y la desigualdad es la consecuencia inmediata de la implementación de las políticas económicas “patriotas” que estos personajes defienden.

A finales de este mes, el 23 de abril, Sir Anthony Atkinson, profesor del Nuffield College de Oxford y de la London School of Economics, publicará su último trabajo, “Inequality: What Can Be Done?”. En él, Atkinson, pionero en el estudio de la economía de la pobreza y la desigualdad, arremete duramente contra lo que las políticas de Rajoy y Linde representan. Su premisa es sencilla: la desigualdad no es inevitable, sino que es el producto de una conducta humana consciente. En realidad, la explosión de la desigualdad ha sido resultado de decisiones políticas intencionadas.

Si tomamos los Estados Unidos, desde finales de la segunda guerra mundial hasta finales de 1970 se redujo considerablemente la desigualdad y la pobreza. Sin embargo, en el año 2012, el 1% más rico había más que duplicado la proporción del ingreso nacional respecto a la que disfrutaban en 1979, recibiendo una quinta parte del ingreso bruto de Estados Unidos. En el Reino Unido, el porcentaje de los ingresos brutos que pertenecían al 1% más rico después de la primera guerra mundial era del 19%, y había caído al 6% en 1979. Desde entonces se ha más que duplicado. En realidad, la desigualdad aumentó el doble bajo la Gran Bretaña de Margaret Thatcher tal como sucedió en los Estados Unidos.

Culpables y propuestas

Atkinson identifica sin tapujos a los culpables. La globalización, en la que los más ricos pueden escoger y elegir fácilmente las naciones más favorables a sus cuentas bancarias; el rápidocambio tecnológico, que ha despojado de puestos de trabajo seguros a millones de trabajadores de ingresos medios; la financiarización de la economía, con una expansión brutal de un sector financiero rapaz; el debilitamiento programado de los sindicatos, que constituían un contrapeso formidable a la riqueza sorbida por los más ricos; y la erosión de la redistribución basada en una tributación progresiva. ¡Qué tropa quienes llaman a todo esto, reformas estructurales!

Algunas de las propuestas de Atkinson constituyen una auténtica herejía en una era como la nuestra. Sugiere elevar el tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta personal al 65%, pero con grandes exenciones a las rentas procedentes del trabajo. Con profunda ironía, critica cínicamente a todos esos estudiosLafferianos que afirman que dicha subida sería muy contraproducente para la recaudación de los ingresos. Exige a su vez políticas inteligentes que permitan implementar una represión adecuada frente a la evasión fiscal. Propone conceder a todos los ciudadanos un pago en herencia mínimo cuando alcancen la edad adulta, financiado por un impuesto del 2% sobre la riqueza personal. Con la vuelta a la precariedad laboral, el Estado podría garantizar el trabajo, con un salario mínimo que en realidad permita cubrir los costes de vida de las personas. A su vez reclama un salario máximo en las empresas que ponga fin a la política retributiva de ciertos consejos de administración de numerosas empresas que se autoimponen el pago de salarios y bonus ilimitados, mientras que sus trabajadores languidecen en salarios de pobreza.

Necesitamos una nueva forma de pensar. La riqueza de la nación no es el producto de la genialidad de unos pocos empresarios astutos. Se trata de un esfuerzo colectivo, el producto del trabajo de millones de personas y el apoyo del Estado. El Estado construye y mantiene la infraestructura, financia la investigación, educa a la nación, protege la propiedad... Por lo tanto, no se puede permitir que una gran parte de nuestra riqueza producida colectivamente quede encerrada en unas pocas cuentas bancarias. Mientras los libros de texto neoclásicos, esos que pusieron la base de la mayor crisis sistémica desde la Gran Depresión, consideran que existe una relación de intercambio o compensación entre la equidad y la eficiencia, la evidencia empírica actual rechaza esta hipótesis. Informes recientes del FMI y el Banco Mundial muestran que los altos niveles de desigualdad son nefastos para el crecimiento.

En una sociedad democrática y abierta, se debe esperar que lo que afirmen en público aquellos que ostentan cargos institucionales de responsabilidad se sustente con la evidencia de los datos. Las declaraciones de Luis María Linde, en este sentido, no dejan de ser meros chascarrillos de taberna alejadas de la realidad social y económica de nuestro país.


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